Casco histórico – zgz rebelde https://sindominio.net/zaragozarebelde zaragoza rebelde - 1975, 2000 - movimientos sociales y antagonismos Wed, 07 Apr 2010 10:51:42 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.4.1 MANDAR OBEDECIENDO https://sindominio.net/zaragozarebeldemandar-obedeciendo https://sindominio.net/zaragozarebeldemandar-obedeciendo#respond Fri, 29 Apr 1994 09:52:49 +0000 https://sindominio.net/zaragozarebelde?p=1855 Las noticias sobre la rebelión zapatista causaron fuerte impresión en Zaragoza. Una manifestación solidaria, convocada en la ciudad pocos meses después del alzamiento, contó con la participación de varios miles de simpatizantes de la causa indígena.
La relación del movimiento solidario aragonés con Chiapas es anterior al alzamiento indígena del 1 de enero de 1994. Pero tal vínculo no se produce con las comunidades indígenas zapatistas, totalmente desconocidas antes del 1994, sino con los miles de refugiados guatemaltecos, huidos de la guerra sucia a México desde 1980.
En varios campos de refugiados instalados en territorio mexicano, en Chiapas y en otros estados limítrofes, permanecían desplazados varios miles de familias indígenas provenientes del Quiché, Altas Verapaces, Quetzaltenango, etc. Tanto con los refugiados externos, como con las Comunidades en Resistencia que se habían escondido en el corazón de la selva del Petén. El CSI (Comité de Solidaridad Internacionalista de Zaragoza) estuvo realizando misiones de acompañamiento, muy meritorias y arriesgadas, dado el carácter brutal de la dictadura guatemalteca.
En diciembre de 1993, un equipo de internacionalistas acompañaba el primer campo de refugiados en tierra del Ixcan, retornados a Guatemala en plena guerra civil y bajo el amparo de ACNUR. Finalizada su misión en este Campamento de la Victoria, algunos miembros extranjeros marcharon en visita turística al vecino estado de Chiapas para pasar el fin de año. Allí les agarró la entrada de las columnas zapatistas en San Cristóbal de las Casas, antigua capital de Chiapas. El ruido de los combates en la periferia de la ciudad despertó a más de una de los tequilas de Noche Vieja.
En las reuniones del CSI (Comité Internacionalista de Zaragoza) nuestra perplejidad fue total. Pese a tener destacados varios cooperantes en Chiapas, en apoyo a los refugiados guatemaltecos, nada pudimos sospechar de lo que se estaba gestando en el sureste mexicano. Tras conocer algunos aspectos del levantamiento, decidimos apoyar la rebelión indígena. Este paso tuvo sus dificultades. Resultaba extraño ver al gobierno mexicano, muy significado en la acogida de refugiados políticos de todo el continente, convertido en azote de las comunidades indígenas.

La ofensiva federal del 95
La primera visita del Comité Internacionalista a territorio de conflicto tuvo lugar en febrero de 1995. Los compañeros desplazados a Chiapas en esa fecha llegaron poco antes del inicio de la gran ofensiva militar-gubernamental de 1995. En esa fecha varias decenas de miles de soldados federales, en operativo combinado tierra-aire, se adentraron hacia la selva en persecución de las columnas zapatistas. Desde esa fecha, todo el territorio de conflicto quedó intensamente militarizado, permaneciendo las unidades y campamentos de EZLN en sus santuarios de la Selva Lacandona, a los cuales el ejército no se ha atrevido a internar.
La ofensiva militar del 95 provocó un enorme desplazamiento de población civil, bases de apoyo del EZLN, que huyeron a la montaña ante la violenta irrupción del ejército federal. El potente movimiento solidario con el zapatismo se agrupaba, en Chiapas, en torno a la Coordinadora de ONG,s por la Paz CONPAZ. Desde esta plataforma y en particular desde el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas se articula una estrategia de vigilancia ante la multitud de violaciones a los derechos humanos que comporta la ofensiva del 95. De aquí nacen los llamados Campamentos Civiles por la Paz, grupos de acompañamiento e interposición que se afincarán en las propias comunidades zapatistas.
El movimiento de la solidaridad del estado español da su respaldo a esta estrategia, dado que contaban con un amplísimo historial de acompañamientos en América Central y sobre todo en Guatemala. Además, en un gesto de generosidad política incuestionable, el CSI apoyará la creación de una amplia Plataforma de Solidaridad con Chiapas en Aragón, a la que darán absoluto protagonismo.
Desde la creación de la Plataforma numerosas personas vinculadas al internacionalismo y la solidaridad comienzan a viajar a Chiapas para participar en los grupos de acompañamiento a las comunidades amenazadas (Campamentos Civiles de Paz).
Mesas de diálogo en San Andrés Sakanchem de los Pobres
El formidable movimiento nacional e internacional de apoyo al zapatismo obligará al gobierno mexicano a abrir un foro de debate con los insurgentes, en la búsqueda de una solución política al conflicto. En estas conversaciones, desarrolladas en una localidad de Los Altos denominada San Andrés, participará la dirección insurgente con los comandantes indígenas a la cabeza. Estos, se verán arropados por un amplísimo equipo de asesores mexicanos, provenientes de la sociedad civil y de la izquierda. Las comunidades indígenas organizaron multitudinarias cadenas humanas alrededor de la sede de las conversaciones para garantizar la seguridad física de los líderes insurgentes. En estos cordones solidarios participarán voluntarios aragoneses vinculados a la Plataforma. Las conversaciones entre gobierno e insurgentes se verán plasmadas en documentos pactados, denominados Acuerdos de San Andrés para la autonomía indígena. Estos acuerdos se consideran la estocada final al decrépito régimen de Partido-Estado, vigente en México desde los años cuarenta. Sin embargo, el final del gobierno del PRI (Partido Revolucionario Institucional) arrastrará una sangrienta carga de asesinatos y violaciones a los derechos humanos por cuenta del ejército, las distintas y corruptas agencias policíacas y, sobre todo, los grupos paramilitares priistas.

La matanza de Acteal
Recompuesto el gobierno mexicano del primer impacto provocado por la rebelión zapatista, comenzará a articular una estrategia de aniquilamiento de la resistencia basada en los manuales contrainsurgentes de la llamada Escuela de las Américas, del ejército USA. En esta estrategia se reservan papeles diferenciados a los distintos agentes de la contrainsurgencia:
El ejército federal actuará como cordón sanitario, acorralando a los insurgentes y sus bases sociales en la selva, en espera de órdenes para entrar al aniquilamiento definitivo del EZLN.
Las distintas policías estatales y federales realizarán una labor de vigilancia y hostigamiento selectivo sobre el movimiento indígena, en coordinación con el alto mando militar.
Los grupos paramilitares, constituidos desde las bases caciquiles del priismo, se convertirán en el azote de la población civil para sembrar el terror y obligarles a abandonar sus comunidades.

La materialización de esta política en las distintas zonas del conflicto provocará cientos de muertos, a manos de policías y paramilitares, y decenas de miles de desplazados internos. En este paroxismo de sangre y violaciones a los derechos humanos se producirá la matanza masiva de los habitantes de una comunidad de Los Altos, Acteal, donde fueron asesinados a sangre fría cuarenta y cinco hombres y sobre todo mujeres y niños tzotziles, pertenecientes a la Asociación Campesina Las Abejas. Esta masacre tuvo lugar el día 22 de diciembre de 1997.

La matanza de Acteal levanta una oleada de indignación en México y también en muchas ciudades del mundo. Activistas de la Plataforma ocuparán, días después, los balcones de la embajada mexicana en Madrid, en protesta por los asesinatos. Serán desalojados violentamente por antidisturbios y detenidos en una comisaría del centro. La represión de la protesta no inhibe a los activistas aragoneses, que de inmediato se desplazarán a Acteal para integrarse en un campamento civil junto a los supervivientes de la masacre.

Aragoneses y aragonesas en los campamentos civiles
La represión contra las comunidades anima a viajar a Chiapas a miles de voluntarios de todo el mundo, que se integran en los grupos de acompañamiento a las comunidades. Esta marea solidaria, con fuerte presencia aragonesa, no podrá impedir que entre 1998 y 2001 se ejecuten constantes y sangrientas operaciones represivas, combinadas entre los tres actores del gobierno: Ejército, Policía y paramilitares.
La acción solidaria con Chiapas no solo se circunscribe a labores de acompañamiento a las comunidades hostigadas y de observación de los derechos humanos. Numerosas iniciativas desde reuniones estatales, continentales e incluso intercontinentales han contado con la presencia con la participación de la solidaridad aragonesa. Y no solo desde la Plataforma de Solidaridad con Chiapas. Otros colectivos como el Comité Oscar Romero, Apoyo Mutuo o el Colectivo de Apoyo Zapatista han contribuido dar protagonismo a la presencia aragonesa en el conflicto. En la actualidad, la constitución de Caracol Zaragoza, especie de delegación del movimiento indígena en nuestra comunidad, vuelve a articular de forma unitaria la acción solidaria en una fase que augura nuevos ataques sobre la autonomía indígena autoconstituída.

José Luis Martínez, El Negro

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CAMBIAR LA VIDA https://sindominio.net/zaragozarebeldecambiar-la-vida https://sindominio.net/zaragozarebeldecambiar-la-vida#respond Wed, 29 Apr 1987 10:08:14 +0000 https://sindominio.net/zaragozarebelde?p=1863 Guinda

En 1975 militaba en el PCE. Me gustaba colaborar con su aparato de propaganda, pese a sentirme un poco encorsetado. Me apasionaba elaborar llamadas útiles para carteles ilustrados, como «Ven con nosotros a cambiar la vida» (contra la asfixia totalitaria) o «Ven con nosotros a matar la muerte» (en alusión al terrorismo). Había comprendido que no es misión de un poeta lírico transformar el mundo sino poetizarlo. Me sentía muy bien propiciando el abrazo entre pensamiento y acción.
Pero más que una militancia de partido, la mía era una militancia de conciencia individual en constante manifestación, convencido de que expresarse es vivir. Necesitaba desarrollarla dentro y fuera de mí, dentro y fuera del partido, desde una libertad insobornable y siempre a voz armada.
Recuerdo muchas acciones de lucha fértil para mí mismo y ojalá para los demás. Como aquellas iluminadas noches de pintadas urbanas, pincel en mano (el spray llegaría poco después) recorriendo en solitario determinadas calles del centro de Zaragoza a la caza y captura de una tapia propicia en la que sembrar una frase, un lema, un solo verso. Mínimos textos rematados por una guinda que la prensa llegó a reproducir y a identificar con una granada.
Algunos de esos textículos (sic), como irónicamente los nombraba, surgían de un fondo existencialista tan de la época, de un vitalismo juvenil arrollador: «Para morir toda la vida es poca». Otros nacían de un afán hedonista que nos resarciera de tanta tristeza, de tanta privación y de tanto sufrimiento provocados por la dictadura: «Sólo si he de gozar quiero vivir». Otros crecían desde un impulso amoroso, pues consideraba que el amor era el máximo motor del mundo: «Si tú me faltas ya me sobra todo». Y los había de pura intención solidaria: «Repartiremos la compañía para estar menos solos», «Repartiremos la vida para estar menos muertos».
Ausente ya el dictador, no se acabó la rabia; se desató. Y mi pecho de cristal estalló en frases exigiendo la amnistía general («La libertad no se mendiga: se alcanza») o forzando la mayoría de edad a los dieciocho años.
Tras las primeras elecciones democráticas, en 1977, mis pintadas callejeras comenzaron a ajustarse a reivindicaciones más concretas. Recuerdo dos que reclamaban la ley de divorcio meses antes de que el ministro de justicia Fernández Ordóñez preparase la suya: «Libertad afectiva», «Libertad sexual».
Determinadas acciones las realizaba instalando paneles en el suelo con textos de compromiso humanitario o en defensa del paisaje y de los animales: «Cuando acaricias a un animal, toda la selva te acaricia a ti». También oralmente: junto a un panel rotulado «Poesía en la calle», y sobre un taburete plegable, leía poemas de activismo social y político en espacios abiertos, como en la Plaza de Santa Cruz, los domingos al mediodía; o los repartía en mano a la salida de los encuentros del Real Zaragoza en La Romareda.
Pero hay dos acciones que marcaron mi memoria social en Zaragoza. La primera de ellas, el poema de militancia contra el general Pinochet, escrito por encargo de Emilio Ubieto, reproducido en calles zaragozanas, y que las Juventudes Comunistas de Aragón editaron en el reverso de la entrada que daba acceso al acto de solidaridad con Chile celebrado una noche de Septiembre en el coso taurino de la Misericordia, donde lo leí, tras la actuación de cantautores como Pi de la Serra, Labordeta, Paco Ibáñez, y la intervención del diputado Guastabinos de la Unidad Popular de Salvador Allende. Titulado «Mi personal homenaje a un general muy particular: Augusto Pinochet Ugarte», decía así: «Pinochet, pedo de trueno, / matón del pueblo chileno. / Valiente bufón de U.S.A. / con la pistola en la blusa. / Gigante de los escombros / con la sangre hasta los hombros. / Cuando te masturbas echas / ríos de pólvora y mechas. / Cuando estornudas salpicas / mocos que luego masticas. / Fracasado de torero, / cloaca del mundo entero, / la mierda no es negociable / por más que asuste tu sable. / Pinochet, pedo de trueno, / matón del pueblo chileno.»
La reacción de la ultraderecha, con la que mantuve una encendida polémica en los medios, y las amenazas de muerte de la Triple A (también había realizado pintadas contra el argentino general Videla) me reafirmaban en mi conciencia democrática y en mi actitud progresista ante la vida.
La otra acción fue un mural de interior que el pintor Alejandro Molina, propietario del Café de la Infanta, en la calle San Jorge, me encargó en 1987, con motivo de su inauguración: era una fruta enorme que titulé «Guinda del espermento (sic)» rematada por esta frase solidaria con la diferencia sexual de lesbianas y gays: «Eyaculad en el ano de Dios hasta su conversión al placer». Una denuncia del arquitecto Jesús Echechiquia Petit me sentó en el banquillo para concederme el honor de ser el primer escritor condenado de la democracia en un claro atentado a la libertad de expresión. Presentado el correspondiente recurso, meses más tarde fue sobreseído el caso. Harto del sofocante ambiente adverso y preso de desencanto, me trasterré a Madrid, donde resisto.


Ángel Guinda

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BAILAR https://sindominio.net/zaragozarebeldebailar https://sindominio.net/zaragozarebeldebailar#respond Wed, 29 Apr 1987 10:05:15 +0000 https://sindominio.net/zaragozarebelde?p=1860 Tuvimos suerte. Nos coincidió la adolescencia con la transición. El gris de los últimos años de Franco no nos había empañado la vista. Llegamos con los ojos cristalinos y se nos ofreció el mundo, un sinfín de cosas por hacer, aunque todos los días encontráramos cosas recién hechas.

Empezamos a viajar. No había que irse muy lejos: Cataluña, Navarra, Euskadi, Francia. Gabachos y polacos, ¿por qué despreciar lo que se envidia? La envidia no es siempre mala, a nosotros nos marcaba un reto.

Había que bailar. En Aragón se daba la sublimación de la jota, según parecía, los últimos mil años. Mirábamos con envidia cómo una plaza entera se unía en círculo y danzaba con pasos suaves al ritmo de una música tranquila. Nada de piernas de acróbatas ni venas a punto de reventar.

Tuvimos que desempolvar muchas memorias. Tuvimos que contárselo a mucha gente. Y todos estaban tan ávidos como nosotros de cogerse de las manos y danzar juntos. Sólo querían que alguien les dijera qué hacer.

Así llegamos al día. Nos habíamos atrevido, a pesar de algunos ánimos contrarios, y, a través del CIPAJ, sacamos un cartel con una convocatoria hermosa: venid y bailaremos juntos, estaremos todos.

Quedamos pronto en La Milagrosa, luego en el local de la PAI, en el centro. Allí dejábamos las fundas de las gaitas y los guitarricos y echábamos a andar hacia la plaza, llenos de incertidumbre. No habíamos pedido nada, ni escenario, ni micros, sólo que viniera la gente. Y vaya si vino. Casi no podemos entrar en la plaza Santa Cruz. Nos tuvimos que acabar subiendo a un banco y gritábamos las instrucciones de cada baile: el ball plla, el tin-tan, el tatero… Parece mentira pero, a pesar del gentío, todo el mundo escuchaba los pasos y seguía la música.

Estábamos muchos tocando también, así que, de vez en cuando, podíamos salir a bailar. Viejas ya frustraciones de músico que algunos habíamos querido superar siguiendo cursillos de baile de salón, toda una modernidad entonces.

Recuerdo elevarme del suelo bailando el vals con Chema, aprender la rumba siguiendo los pies de Jota o desmayarme de gozo con una habanera en los brazos profesionales de Carles Mas. Era un 22 de noviembre, pero no recuerdo el frío o la niebla, sólo las emociones, una detrás de otra, como mis pasos dóciles detrás de los de mi pareja.

Aquello había que repetirlo, que perpetuarlo. Siguieron muchas veladas más al refugio, más tarde, de la capilla del antiguo mixto 4; resultaba un marco mágico. Allí se forjaron idilios y compañías que aún hoy perduran.

Bailar es desatar el último nudo del alma. Vuelvo a desatarlo cada vez que el recuerdo de esa primera tarde llega hasta mí.

Leonor Bolsa Remón

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AVENTURAS DEL FRENTE FANZINISTA DE LIBERACIÓN LITERARIA https://sindominio.net/zaragozarebeldeaventuras-del-frente-fanzinista-de-liberacion-literaria https://sindominio.net/zaragozarebeldeaventuras-del-frente-fanzinista-de-liberacion-literaria#respond Mon, 29 Apr 1985 10:11:29 +0000 https://sindominio.net/zaragozarebelde?p=1867 poesia fanzinista

«Poetopía es universo, poliverso, multibeso», poetopía es el nombre de nuestros sueños y desengaños, temores, espasmos o allí donde-nadie-pasa-ya-nunca»…

La txapela y perilla venidas del Moncayo, un cuchitril de alumnos de cierta Facultad, un toque de asamblea en el 85. Y de aquella «Kakástrofe» (abstencionismo activo) nació la «Klaustrofobia», un mundo variopinto de poetopía y otros delirios. Autoservirse noches de páginas de tinto, de ponerse estupendos y luces de alcoholemia en triciclo, o en pianolas del Temple y alguna que otra tasca. Y transmutose en hada postmoderna filósofa. Soplaron unos vientos, viajamos en la bruma, siguió elevándose humo y hasta ciertos vapores (llegó a llover y todo), luego tocó sudar y se disipó el hada.

Cosecha de otro otoño (la tribu cirbonera) trajo aquel instrumento fancinista, fascinante: La Nueva «En-cíclope-di-a de Nuevos y Lustrados». ¡Ardan corazones huecos!.

El Frente Fanzinista con todas sus facciones: el «Expíritu Libre», aquel «Comando Rosa» y el «Adiós que me voy»… El recital no basta. Hay que poner a Cristo dibujando en la calle e insultado en un bar, rodeado de Mozart y de Nietszche, de Marx (de Groucho y Karl), de Lanzarote y Perceval, de Janis y de Lorca y de la «Polla Records» (eso hay que hacerlo aún). Licor en la «Petaca» y crecen ¿afiliados? al Frente fancinista.

Aquel viaje a Zentroniko…Ginebra está volando con ecos de Jim Morrison. La mente, la menta, el pipermint, la absenta…en el Ifi (aurrera!), «agitaos» en el «Casco». Las pelotas de goma volaban en el campus, mientras la gaita suena (en casa del vecino broncas a «tutiplén»), «empalmes» y gaupasas de fría madrugada, irrintxis en Guernika, lágrimas del incendio. Romanos kanporá!!. Y siguen los encierros y alguna que otra cópula allí en el aula 3. Y Victoria de Cádiz hace su aparición.

La «Banda del tío ése». El rechazo académico «por ser irreverentes». Congresos comarcales sobre la intracultura, madrugadas furtivas. Y retoñó un Cronopio. Recitales poéticos, viaje a la «Madalena», el homenaje a «Anónimo», y homenaje a República que durmió con la reina…
y el verbo se hizo bar y llegó al «Candombé», quejándose en flamenco o bailando en porteño y el verbo se hizo vino y humo inspirador.

¡Abajo las fronteras del Espíritu! Poetopía eres tú. *

* Estos delirios no habrían sido posible sin el plagio descarado de ciertas «poetopías» de quienes ya saben (y lo que queda en la memoria de quien escribe y suscribe) y si no te ha gustado, que te devuelvan el dinero, pero no te preocupes.

¡»Kustra» el Espíritu Libre!

Glosario

– «Agitao»: Combinado de vodka y tónica, que se ingiere tras golpe en la mesa (o barra de taberna). También conocido como «machacao» o «slam».

– Aurrerá: Arriba, adelante. (voz euskérica)

– Candombe: Ritmo típico de Uruguay, de origen africano. Dio nombre a una célebre taberna de los años 90 del siglo XX en la calle San Lorenzo.

– Cirbonero/a: Gentilicio de Cintruénigo/Zentroniko, localidad navarra.

– Cronopio: Ser fantástico, que actúa más por la intuición, la inspiración y el corazón que material y racionalmente (consultar Julio Cortázar).

– Fancinista/Fanzinista: Relativo al fancine o fancines (revistas que aunaban creatividad y reivindicación en los años 80 y 90 del siglo XX.

– Gaupasa: Trasnoche, «empalmada» (voz euskérica).

– Ifi: Legendaria taberna, pub de la zona de Moncasi en los años 70, 80 y 90.

– Irrintxi: Grito pastoril, también de carácter guerrero (voz euskérica).

– Kakástrofe: Colectivo universitario de la facultad de Filosofía y Letras, surgido a principios del curso 1985-1986, de carácter anarquista, literario, artístico, irreverente y multidisciplinar.

– Kamporá: Fuera (voz euskérica).

– Klaustrofobia: Órgano de propaganda del colectivo Kakástrofe.

– Txapela: Especie de boina vasca (voz euskérica).

– Tutiplén: Coloquialmente mucho, bastante de algo.

Celta

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PARASITOS: UN TORRENTE CAYENDO POR UNA MONTAÑA HACIA NINGUNA PARTE https://sindominio.net/zaragozarebeldeparasitos-un-torrente-cayendo-por-una-montana-hacia-ninguna-parte https://sindominio.net/zaragozarebeldeparasitos-un-torrente-cayendo-por-una-montana-hacia-ninguna-parte#comments Fri, 29 Apr 1983 11:27:03 +0000 https://sindominio.net/zaragozarebelde?p=1897

Los Parásitos nacieron y ellos mismos se juntaron, podía haber sido diferente, de otra manera, otras vidas…
Con 3 años ya había Parásitos, y con 11 años, y con 14, y 16…, en el 83 quizás fue el momento en el que decidimos «desaprender» (y probablemente seguimos desaprendiendo); El grupo se forma, se le va dando forma, ¿qué hacemos?, ¿música?, pues habrá que conseguir instrumentos y…¿aprender a tocar?, bueno, no es imprescindible ¡tu dale…!:

clon, clon, clon, clon, clon ….
quiero que te vayas que
me dejes en paz…
quiero que te vayas o te voy a matar…
si a ti te digo puta sociedad…
no te das cuenta de que chupo de ti
de que soy un parásito y te voy a destruir…
fuera largo vete de aquí…
¿te doy algo a cambio…?
Noooooooooo………
clon, clon, clon ,clon……
no te das cuenta
que no te dejaré en paz
hasta que no traigas en un círculo la A

Cada semana en una habitación de cada casa…
Una de las cosas que le contaba a los amigos era que, siendo un crío, estaba en Pamplona, en los Sanfermines (julio del 79,creo…), en casa de mis tíos, que vivían frente al Gobierno Civil y había una movida que no entendía muy bien de qué iba: mi tío con las persianas bajadas, sólo dejando una rendija… y le veía haciendo gestos como si llevara una escopeta y disparando con la boca, con el ruido de retroceso y todo… Yo, de vez en cuando, miraba por la rendija y alucinaba con la cantidad de furgonetas de policía con sus sirenas y lucecitas azules a todo trapo que había… Al día siguiente por la mañana salí con mi tío a dar un paseo por la calle y lo que vi me dejo impactado, con la boca abierta. Un montón de coches cruzados, algunos volcados, motos quemadas, cristales de bancos y comercios rotos, farolas, cabinas de teléfono… Mi tío me explicó que había habido «disturbios», y llegamos a una calle donde había un coche con un manchurrón de sangre en una puerta; yo alucinaba, mi tío me explicó que la policía había matado allí a un tal Germán.- ¿Cómo que la policía ?- le dije,- si, la policía- me contestó. Me quedé confundido y triste, muy triste…

Y así fue que nos atrapó el punk estando en el instituto Goya (con las ganas del antimilitarismo, del policía no, del nazis fuck off, del OTAN no… y de que no nos gustaba la moto que el aire fresco de los socialistas, después de haber ganado las elecciones, nos quería vender), y con la mili acechando… ¡pues habrá que objetar, pero ojo no se nos pase el plazo! Bueno, al final se probó de todo, la objeción, la deserción… y hasta la excedencia de cupo.
Entre el 83 y el «hace poco»… ha habido Parásitos.
De aquellos años del way to nowhere hasta el «ninguna parte» de hoy en día, me vienen flashes de los conciertos-espectáculo que dábamos, de la reacción del respetable cuando la orquesta nos cortó la corriente y nos echó del escenario en un concierto en el mixto 4; de la cara de los colegas de Asturias de las JCR que nos recogían en Zaragoza para ir a Barcelona y les decimos que esperaran un poco porque la UVE se ha llevado al Mono (nuestro cantante) que estaba escalando por la fachada del Ayuntamiento… (al rato lo trajeron); de la grabación de la primera maqueta en el local de Doctor Simón y los Enfermos Mentales; de los botellones (antes no se llamaban así), del callejón, al lado del mixto 4 (ahora las ruinas del Teatro Romano)… De la facilidad con la que se organizaba cualquier cosa y de que, con el paso del tiempo, en el fondo, los cambios son imperceptibles y muy aparentes en la forma.
Allá donde hubiese ganas de protestar por algo, divirtiéndose, estaba Parásitos con la diversión protestando; es algo que siempre hemos sentido como una sola cosa, y me parece que era el sentir de mucha gente a la hora de organizar lo que fuese.
Parásitos estuvo en ese momento de la historia… o de la vida… contagiando perplejidad, no aceptando que las cosas fuesen de una determinada manera, que la forma de luchar contra el «sistema» fuese de una determinada manera, ni siquiera aceptando que el sistema fuese el culpable de todo; y con el paso de los años, reacios a pensar que ir a contracorriente (desde el punk o desde la gaita de boto) significase forzosamente que todo debía ser cutre o desorganizado.
La cáscara de Parásitos era el local, fuese cual fuese, después de «nuestras habitaciones» fue el de IV Reich (en la plaza San miguel), el del Culto a la Cruz (en el barrio Oliver), el de La Cruzada(c/ Hernán Cortes), el Central (c/ Comandante Santapau), el de «Carmen y sus perros»(cº de Cascajares) y el ultimo, La torre del diablo (cº de miraflores).
En el año 84 grabamos la primera maqueta, subvencionada por el CIPAJ, con el apoyo de un incansable «remero a contracorriente» (Alfredo Sáez), que por esas fechas veía como la censura afloraba a la superficie cuando retiraron del mercado la publicación «600 centrax» porque era «muy fuerte» para entonces…
Estuvimos en el Pabellón Francés de la antigua feria de muestras, en la «1ª Muestra de Pop-Rock y otros Rollos»… para ver a nuestros grupos favoritos: Ortopedia Acústica, Cocadictos, IV Reich…
Como si de una antena parabólica se tratara, estábamos por «Discos Piratas» (con Viriato, c/Moncasi), allí llegaban las «ondas» de lo que se cocía con la música cañera (punk entre otras…), y veíamos pasar a los «Ainri»…
En «Discos Cara 2» (frente a la iglesia de San Miguel), a recoger la llave del local de ensayo de los IV Reich; muchos días no salíamos de la tienda, para nosotros era un centro de reunión y de cultura musical.
El Escaparate (c/ Moncasi), el Paradis (junto a la Enbruto), La Tortuga y La Via Láctea (Madalena), la casa ocupada de Sagasta (edificio Venus), el Pedal (ahora Berlín), la Stone (c/ La Ripa)… por ahí nos divertíamos…
En un momento dao, conocemos a unos tipos que no llevan cresta, ni chupas con clavos, llevan otras pintas… y encima están «organizaos» en un piso detrás de Capitanía, y piensan mas o menos como nosotros, que si mili kk, que si la policía, que si el sistema parriba… el sistema pabajo… La gente de las JCR nos dieron su perspectiva de las cosas (…no solo de punk puede vivir el punk…)
Las canciones, sus letras, los discos, los conciertos, las vivencias y experiencias durante veinte años de Parásitos: ¡se lo vamos a contar a Irene, Lola y Valentina!

Carlos Freire

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LOS HILOS DE LA MEMORIA https://sindominio.net/zaragozarebeldelos-hilos-de-la-memoria https://sindominio.net/zaragozarebeldelos-hilos-de-la-memoria#comments Fri, 29 Apr 1983 11:17:16 +0000 https://sindominio.net/zaragozarebelde?p=1890 La memoria es una caja llena de hilos. No es posible deslizar uno de ellos sin que todos los demás se muevan. Si tiro del extremo del hilo rojo que me lleva a 1975, no puedo evitar el movimiento de los hilos cercanos.

El año en que murió el dictador Franco yo vivía en el Barrio Oliver. Entonces, como ahora, había más bares que farmacias y todos tenían nombre propio. Como ahora, los bares eran pequeñas metáforas del mundo. Muerto el perro, se manifestó la rabia y los bares del barrio -no las farmacias- recetaron antídotos: un plato de aceitunas y, como mínimo, una copa de cava tomada a sorbos rápidos o lentos, según el caso, pero siempre acompañados de un irrefrenable deseo de libertad. Tomé mi antídoto en el mismo bar en el que el 19 de marzo del año anterior, sólo dos semanas después de la ejecución de Puig Antich, fui detenida junto a otras diecisiete personas tras una manifestación por la mejora del transporte público.

Quizás como consecuencia del antídoto contra la rabia, me trasladé a Vigo donde de nuevo fue un bar el escenario de mi detención -a punta de metralleta- junto a otros militantes del Partido Comunista, tras la manifestación del 1 de Mayo de 1976. Y en la barra del bar en el que desayunaba antes de entrar a la fábrica se produjo mi tercera detención. Llegaron después la legalización de los partidos políticos, las primeras elecciones -en las que no pude votar porque todavía no existía una Constitución que recogiese la mayoría de edad a los dieciocho años- y mi regreso a Zaragoza.

Los bares habían tenido, sin duda, una presencia importante en mi vida. Eran y son lugares de encuentro, válvulas de oxígeno distribuidas por la ciudad, por las ciudades. Si hasta la muerte del dictador habían sido espacios en los que poder compartir en voz baja palabras prohibidas, con la llegada de la democracia se convirtieron en muchas ocasiones en auténticos generadores de cultura. Rara es la persona que no identifica una etapa determinada de su vida con un lugar de encuentro, con un bar frecuentado por razones de afinidad con una propuesta musical, gastronómica o, simplemente, humana.

Lo que desde luego no podía prever es que, de manera en principio azarosa, los bares fueran a convertirse en mi medio de vida. El Monaguillo -una maravillosa y abandonada bodega del siglo XVI, que había formado parte de la desaparecida Iglesia de San Juan y San Pedro, en el corazón mismo de la ciudad- se abrió en 1983 con la música clásica y los bocadillos vegetales como reclamo. Santo Dominguito de Val sobrevolaba la barra mientras unos coloridos angelitos de cartón piedra ocultaban, sobre nubes de paja, los impertinentes tubos del desagüe. La Iglesia, tan acostumbrada históricamente a sacralizar los eventos populares y laicos que hubieran sobrevivido a su intento de extinción, era, en este caso, objeto de desacralización, lo que en aquel momento significaba, cuando menos, una toma de posición anticlerical. Durante esa primera etapa de gestión compartida con Alejandro Molina, el Monaguillo fue lugar de encuentro de muchas personas relacionadas con el mundo del arte y la cultura. Cuando, más adelante, el Ayuntamiento exigió una nueva escalera, el espacio se amplió, la música clásica cedió su lugar al baile y se construyó un pequeño escenario por el que desfilaron la mayor parte de los músicos y músicas de la ciudad de la mano de Dani Clemente que se encargaba de las programaciones con el visto bueno de la entonces jovencísima Ivana Molina.

Pero nunca suena a gusto de todos. Y si el disgusto es de alguien con poder suficiente para imponer silencio, el Ayuntamiento te exige callar. Y así fue. El Monaguillo, tras duras peleas por sobrevivir, fue clausurado por orden municipal en junio de 1997, dejando un gran vacío y empobreciendo todavía más el escaso escenario ciudadano para la música en vivo.

Y si, tiempo antes, no podía prever que los bares fueran a convertirse en mi medio de vida, mucho menos que se convertirían en mi modo de vida. Porque el Sopa de Letras, pequeño local de la calle de San Félix que convivió durante un tiempo con el Monaguillo, llegó a convertirse en un modo de vida. Se abrió en abril de 1995 y sobrevivió hasta 1999. Era un espacio mínimo en el que cabía todo: la música, el cine, la palabra… «Solo de letras. Quince minutos de poesía con Luis Felipe Alegre», decía un cartel amarillo. Y todos los miércoles, Luis Felipe ponía su generosa voz al servicio de la poesía y de nuestros oídos. Preparábamos esos quince minutos con tanto mimo y entusiasmo como si se hubiera tratado de un estreno en el Teatro Principal. Confeccionábamos poemas-servilleta y toda clase de poemas-objeto. Ofrecíamos, elaborada con la insuperable receta de Fernando Dolado, sopa de letras caliente que alimentó estómagos tan ilustrados como los de Nancy Morejón, Javier Sádaba, Carlos Grassa, nuestro inclasificable Pedro Savirón o Leopoldo María Panero (poeta que ya había dejado su poso de cordura en el Monaguillo). También Ángel Gracia, Manuel Asín y todos aquellos que tenían exceso de palabras en sus bibliotecas o escasez de monedas en sus bolsillos, nos ilustraban en el rastro que un día a la semana se organizaba en el bar.

Con la llegada de Mariángeles Cuartero -con quien, junto a Mariana Ventura, abrí más tarde La caja de los hilos-, el Sopa de Letras se refrigeró, se llenó de magia y se convirtió en una indiscutible alternativa para los amantes de la psicodelia, de la música de los sesenta y de la buena música de cualquier época. El Sopa de Letras olía a libertad y a cannabis. Quizás eso fue lo que condujo hasta allí a Antonio Escohotado una noche de noviembre de 1996 para dejar a quienes en ese momento se encontraban fumando, doblemente flipados.

La caja de los hilos heredó el olor y el sabor del Sopa de letras, mejorado con ingredientes tan potentes como Pedro Bericat, que nos regaló muchas horas de música y pensamientos. Comenzó a hilvanarse en junio de 1998 con la aguja de Álex Carretero (más conocido como Plasticland entre los locos de la música) y fueron muchos hilos los que intervinieron en su confección. Nos movimos al compás que marcaron Más Madeira (grupo formado por Sergio Algora, Enrique Moreno, Manuel Recacha y Simonzico), Jesús Pastor, Luis Marco, Raphita, por supuesto Mariángeles… tantas costureras y sastres diseñando y cosiendo un traje a la medida de una caja de los hilos donde todo era posible, donde giraba una bola de espejos que iluminaba rostros de todos los colores.

Nuestra oferta gastronómica era limitada pero revolucionaria: sabrosos bocadillos a la plancha de la ropa, elaborados sobre la barra de un bar que, en muchas ocasiones, se convertía en escenario para la presentación de una película o de un libro, lo que nos permitió contar con camareros ocasionales tan variados y exóticos como Isidro Ferrer, José Antonio Labordeta, Miriam Reyes, Ismael Grasa, Túa Blesa, Vícky Calavia, Dionisio Sánchez, Alfredo Saldaña o Elena Pallarés, por recordar algunos.

El botón de lujo lo constituyó nuestro escaparate, la galería de arte Tutú, una ventana abierta a la ciudad por la que pasaron gran cantidad de artistas que no dejaron de sorprender a quienes por azar o por voluntad se aproximaban a ella. Nos gustaba entenderla como una galería permanente de bolsillo. Cada tres o cuatro semanas, coincidiendo con la inauguración correspondiente, la ventana se abría y quienes estábamos en el interior pasábamos a formar parte de la exposición durante unas horas. Del mismo modo, la calle y quienes la transitaban se convertían en efímeros objetos artísticos para quienes mirábamos desde dentro. En complicidad con el artista invitado, vestíamos el bar para cada ocasión y ofrecíamos comida y bebida acorde con la propuesta artística del escaparate. El éxito de las inauguraciones lo demostraba el hecho de que no había agente comercial o repartidor que no deseara dejarse caer por el bar el día que tocaba abrir la ventana.

Pero nos tropezamos de nuevo con el toque de queda y la orden de silencio que nos empujaron hacia la puerta trasera y el timbre clandestino. Una vez más nos convirtieron en delincuentes. Porque aunque la leyenda diga otra cosa, salir airoso en un bar abierto a golpe de préstamo bancario es complicado. Una orden temporal de clausura o una multa pueden significar el cierre definitivo si no tienes una economía fuerte que te permita hacerles frente. El único modo de sobrevivir es, a veces, escapar por la puerta de atrás. Y aunque era una bella imagen la de la convivencia de ciudadanos de todos los continentes jugando al parchís con Sergio Carabias, envueltos en humo de hachís, tomando un refresco o una copa -según las religiones- en la zona oscura y a la hora prohibida, no era nuestro deseo la clandestinidad.

Naturalmente que el ruido en las ciudades es un problema serio, pero no más que el del silencio a golpe de burocracia, cuando la falta de sentido común, las normas absurdas o la ausencia de normas te arrinconan contra la pared.

Tras cierres temporales del bar, precinto del equipo de música, denuncias policiales (la más disparatada por tener funcionando un pequeño transistor colocado a modo de escultura dentro de un zapatito de niño), agotadas las fórmulas poéticas de colocar sobre la barra conchas de mar o cajitas de música, en un último intento de ganar la batalla al silencio por orden municipal, solicitamos del Ayuntamiento de Zaragoza permiso para colocar auriculares inalámbricos y poder, de ese modo, escuchar música y bailar en un bar silencioso. Nos fue denegado por, según ellos, tratarse de «obras mayores», lo que exigía un camino burocrático distinto. Emprendimos ese nuevo camino y volvimos a encontrarnos con un muro, suma de falta de previsión, falta de agilidad y, sobre todo, de una escandalosa falta de valentía para asumir el riesgo de apoyar iniciativas que subviertan el soporífero orden municipal establecido, que, al menos hasta ahora, ningún color político ha sido capaz de cambiar.

Helena Santolaya

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ZETA, LA ÚLTIMA LETRA https://sindominio.net/zaragozarebeldezeta-la-ultima-letra https://sindominio.net/zaragozarebeldezeta-la-ultima-letra#comments Wed, 29 Apr 1981 12:10:56 +0000 https://sindominio.net/zaragozarebelde?p=1936

Tras la insistencia de mi amigo Paco Rallo, decido rememorar lo acontecido en los primeros años de la Transición a un grupo zaragozano de dibujantes de cómics al que tuve la suerte (mala y buena, como todo lo azaroso) de pertenecer. He leído diversas versiones de lo sucedido al Colectivo Zeta con motivo del secuestro del número tres de nuestra revista de cómics, también llamada Zeta, y posterior juicio al conjunto del Colectivo por «escarnio a la religión católica». Este es mi relato.

El Colectivo Zeta -y su publicación homónima- comenzó su andadura en el año 1977.[1] En él participaron un conglomerado de jóvenes zaragozanos a los que unía el gusto por dibujar historietas, partiendo de premisas conceptuales y formales muy heterogéneas, aunque también emparentados por una cercanía ideológica tirando a izquierdosa, en una amalgama que iba desde los encuadrados en organizaciones marxistas -en cualquier caso, una minoría- hasta aquellos con actitudes menos militantes, pero decididamente anarcoides. Vamos, lo que entonces se llamaba contracultura, hija tardía del mayo francés y del underground norteamericano, a partes iguales. También, por qué no, éramos herederos ideológicos de una gran parte de los vencidos en la Guerra Civil y represaliados durante la dictadura franquista.

Desde luego, la revista Zeta no era el órgano de ninguna vanguardia revolucionaria, sino un medio de expresión libérrimo y desenfadado de un grupo de jóvenes vitalistas con ganas de disfrutar y hacer partícipes a otros jóvenes, en su misma onda, de su ingenio y de su creatividad. Tampoco había en ella nada de clandestino, pues no hacíamos sino ejercer el derecho a la libertad de expresión, que reivindicamos desde el primer momento y que, en breve, fue refrendado por la Constitución, aprobada el mismo año del secuestro del tercer número de Zeta.

La llamada Transición y los Pactos de la Moncloa no hicieron sino cerrar en falso una ominosa etapa política sin ningún tipo de revisión y devino en una amnesia-amnistía que permitió seguir en su puesto y ejerciendo su poder a todo el aparato político-social-económico-policial-judicial-religioso y militar de la dictadura. Con el tiempo todo se iría diluyendo lentamente, y no habría sino esperar a la jubilación de los personajes más significados del viejo régimen para que la Democracia transmutase a sus herederos en acérrimos demócratas.

Nadie sabe cómo llegó a manos de un juez nuestra humilde publicación, de la que no editábamos ni un millar de ejemplares, y que distribuíamos a pedal, porque no teníamos recursos para permitirnos los servicios de una empresa distribuidora. Aunque, curiosamente uno de los apellidos del juez coincidía con el de un joven fan del grupo y aficionado a los cómics que pululaba, junto a otra media docena de simpatizantes, por el local que utilizábamos como redacción y taller editorial de la revista. Pero bueno, no son sino suposiciones sin fundamento que no van a ninguna parte. En el susodicho local ejercíamos nuestra democracia asamblearia para la toma de decisiones y practicábamos, sin saberlo, terapia de grupo. También, hay que decirlo, hacíamos un uso responsable de elixires e inhalaciones con el objeto de ampliar tanto nuestra percepción introspectiva como nuestra sociabilidad.

El juicio, con todas las garantías para el tribunal, tuvo lugar en octubre de 1979. Se nos acusó de «escarnio a la religión católica». Inicialmente actuaron contra Antonio Soteras, autor de una ilustración que pareció ser el detonante del secuestro. Pero inmediatamente, tras exculpar con nuestras declaraciones a los que figuraban como editor y director del Pollo Urbano, y por ende de la revista Zeta,[2] se nos encausó a todos los componentes del Colectivo como gestores de la publicación. Y, en fin, para que no quedara la cosa en una mera responsabilidad subsidiaria, el fiscal amplió el delito flagrante de «escarnio a la religión católica» a todos los que aparecíamos (ocho miembros del Colectivo) en una fotografía en la contraportada del número secuestrado, parodiando alegremente la iconografía de la Última Cena, con el slogan «esta no es la última Zeta»[3] (¡y tanto que lo fue!). Fíjate, unas tiernas víctimas del adoctrinamiento del nacional catolicismo son censuradas por utilizar con exquisito comedimiento la simbología sacra como socorrido recurso publicitario. Está claro que nos querían trincar a todos solidariamente, aunque lo que realmente les había indignado era el dibujo de Soteras que de una forma poco habilidosa, pero contundente, denunciaba la connivencia de los poderes fácticos en la secular y desigual lucha de clases, que se empeñaban en negar como si sólo se tratara de un constructo marxistoide y antisistema de las resentidas capas inferiores en la perfecta pirámide social. O, con otras palabras, el capital, con el apoyo de las fuerzas públicas, y amparado espiritualmente por la iglesia, exprime al proletariado. Aunque otros sólo vieron una imagen soez de la Virgen del Pilar.

La intervención del fiscal dejó clara su adscripción y la nuestra en estos asuntos, y su decisión de cercenar los miembros gangrenados para evitar la extensión de un mal absoluto y satánico de los que no éramos sino la cabeza de la serpiente, más a más, financiados con el oro de Moscú. El castigo debía ser ejemplar y ejemplarizante. El alegato de la defensa fue ingenuo y acobardado, pues habiendo recabado la asistencia de un señalado gabinete de abogados, cuyo titular tenía resonancias progresistas, nos enviaron a un pardillo con poco más que buena voluntad.[4] La suerte estaba echada. Se nos imponía una pena carcelaria de cuatro meses y un día y la extinción de nuestro derecho a votar y ser votados o ejercer cualesquiera cargo o empleo público por un periodo de siete años. El abogado presentó un recurso de casación que pospuso el cumplimiento de la sentencia.

El número cuatro de la revista Zeta estaba prácticamente terminado, y decidimos sacarlo adelante con un hábil cambio de cabecera y portada. Ahora se llamaría Bustrófedon, nombre «raro y feo, para mayor seguridad», como decíamos en un encarte inserto en la publicación que explicaba los avatares del Colectivo en su encuentro con la administración de justicia. La revista se vio enriquecida con los trabajos de un nutrido grupo de humoristas gráficos y dibujantes de cómic de primera línea de toda España, y su editorial estaba ilustrado con un dibujo realizado ex profeso por el afamado autor francés Moebius. Para entender estas desinteresadas y espontáneas colaboraciones hay que recordar el eco que este triste acontecimiento tuvo en la prensa nacional y el apoyo desbordante de artistas e intelectuales de todo el país, pero especialmente de Zaragoza. Volveré sobre ello más adelante.

Esta publicación fue el canto del cisne del Colectivo Zeta, aunque todos continuamos de un modo u otro vinculados durante más o menos tiempo al mundo de los cómics, y, sobre todo, mantuvimos una buena amistad. Pero este desagradable tropiezo, que no había hecho más que empezar, nos deparó a todos más de un mal rato. En este punto, sólo os puedo contar mi experiencia personal.

Por aquel entonces cursaba Ciencias de la Comunicación en Barcelona, y a causa de este asunto no pude renovar la prórroga por estudios de que disfrutaba, y me llegó la carta de llamada a filas para el cumplimiento del servicio militar obligatorio a finales de ese mismo año 1979. Llevaba ya varios años viviendo de forma independiente, disfrutando de una agradable libertad, y no fue fácil elegir entre la deserción o el alistamiento. Opté por esta segunda opción creyendo que desbarataría menos mis proyectos vitales… Sólo sería un paréntesis. Lo cierto es que el impacto del periodo inicial de campamento en Palma de Mallorca fue como un viaje a los infiernos. Pero me rehice rápidamente. El resto de mi estancia en el destino de Menorca fue bastante llevadero. El grueso de los compañeros (conocí a gente estupenda) no pensaban sino en pasarlo lo mejor posible dentro de la gravedad, y los mandos eran una cuadrilla de seres absurdos e inmaduros muy fáciles de torear. Bueno, no es mi intención contaros la mili. Llegó el mes de febrero de 1981, y se acercaba la fecha de licencia para los de mi reemplazo, el día veinte de ese mes. Pero una orden de capitanía decretaba un misterioso estado de alerta, sin más justificación, que acuartelaba a todo el personal hasta el día veinticinco. Se posponían todos los permisos y licencias. Si algo práctico aprendí durante este periodo fue a falsificar documentos, sellos y firmas. No había perdido el tiempo. Me fabriqué un montón de papeles falsos y me autolicencié el día veinte, cogí mi petate y me largué del cuartel con todas las bendiciones del cuerpo de guardia.

Abandoné la isla y me fui a esperar la suelta de mis compañeros a Barcelona. Ahí me pilló el intento de golpe de Estado del 23-F. Fue aquel un angustioso día y una noche en blanco, organizando mentalmente mi salida del país. Pero, afortunadamente, como recordaréis, todo quedó en agua de borrajas en muy poco tiempo. Volví a Zaragoza. Poco más de una semana más tarde me llegó la sentencia firme de nuestra condena por el asunto Zeta. El recurso no había prosperado. Se me conminaba a presentarme en un plazo de una semana para mi ingreso en prisión, en compañía, claro, de los otros siete secuaces.

Esa semana fue un hervidero de reuniones, entrevistas, consejos, apoyos incondicionales… Volvió la prensa nacional a interesarse por el asunto, y el día previo a nuestro ingreso en prisión se realizó una asamblea de gente del arte, las letras, la música y la farándula en el amplio local del grupo de teatro La Ribera, en el que se plantearon diversas acciones de protesta y presión. Hubo hasta quien propuso iniciar una huelga de hambre…

Esa misma noche nos reunimos todos los miembros del Colectivo en el restaurante La Matilde, y recuerdo que Luis Felipe Alegre acompañado de un cámara de vídeo graba una breve entrevista a cada uno de los implicados. Todos van desgranando las altas motivaciones reivindicativas y martirológicas que les conducen a prisión, pero con la cabeza muy alta… No sé si realmente a ellos les convencía semejante discurso o si se estaban apoyando moralmente unos a otros en un momento muy jodido para todos.

Yo ya me había enfrentado a una difícil decisión cuando me llamaron a filas, había pasado recientemente catorce meses privado de libertad, aun no se habían reparado los desperfectos producidos por las balas en el Congreso de los Diputados… En fin, que no estaba dispuesto a pasar ni ochenta ni ocho días encerrado en una jaula. No creía que tuviera nada que saldar con una sociedad y una administración que no acababa de resolver su convivencia civilizadamente, ¡tanto antisocial suelto y yo entre rejas!… Me tocó el turno ante la cámara y así quedó registrado, ante el estupor de mis compañeros: yo me largo… Esa misma noche partía hacia París.

A la mañana siguiente, todos menos uno se presentaron puntualmente en la Audiencia para ser trasladados a la prisión de Torrero. Les acompañaba un numeroso grupo de los asamblearios del día anterior, que se manifestaron pacíficamente en el Coso, frente a la Audiencia. Como yo no estaba presente recurro al relato que aparece en un blog: «En la puerta de Torrero, prisión de Zaragoza, esperaban para entrar. Fernández Ordóñez, ministro de justicia y diputado por Zaragoza hizo un comunicado exigiendo que los dejaran en libertad inmediatamente. Eran ocho los dibujantes y solo estaban siete. El octavo había huido a Francia. Tenían que firmar el «enterado» o libertad condicional. Se pusieron en fila y el primero que firmó volvió a ponerse en fila para firmar por el octavo».[5] Esta última y divertida anécdota me consta que es apócrifa. Sé que alguien justificó mi ausencia alegando que estaba enfermo, y les dijeron que me transmitieran que debía ir a firmar a la mayor brevedad. En cuestión de minutos se ponían en contacto telefónico conmigo, pues algunos sabían que mi primera escala era Angulema y que me pensaba entrevistar con el director del Salon International de la Bande Dessinée, que tenía su oficina en el ayuntamiento de dicha ciudad. Me pusieron al tanto de lo sucedido y me rogaron que volviera para firmar, no fuera a ser que… Bueno. Volví y firmé. Todo sea por contentar a los amigos.

No quiero terminar este relato sin aprovechar para agradecer a todos los que en su momento se movilizaron y trataron de echar una mano. Me consta que la intervención de Fernández Ordóñez fue motivada por el estado de opinión pública generado en torno a este affaire, y que quien realmente intercedió por nosotros ante el Gobierno fue el entonces alcalde de la ciudad, Ramón Sáinz de Varanda (un «homenaje» desde aquí a estas dos estupendas personas, que ya no están entre nosotros). Tampoco quiero desaprovechar la ocasión para reseñar que un periodista local publicó un artículo de opinión, el mismo día de nuestro anunciado ingreso en prisión, en el que reconvenía mi cobarde decisión de huir de la «justicia». Sin comentarios.

Manuel Estradera Vázquez, Strader


[1] La iniciativa parte de Carlos Azagra y Manolo Mastral, que congregan para el primer número de la revista a Víctor M. Lahuerta, Gregorio Martín, Ricardo Joven, Luis Royo y Antonio Soteras; Yo (Strader) comienzo a participar con el número 2, y en la última etapa -poco antes del juicio- se integran Samuel Aznar y Carlos Castillo. Hubo otros componentes y colaboradores habituales (como los guionistas José Carlos Arnal, Antonio Altarriba, Chema Calvín -al. J. M. de Priego-) pero este fue el núcleo básico del Colectivo Zeta. Sólo los ocho primeros fuimos los encausados.

[2] El que figuraba como editor era Dionisio Sánchez y como director Túa Blesa. La revista Zeta apareció como «N.º Extra del Pollo Urbano», a fin de solventar los aspectos legales de su edición, pero aparte de la amistad que nos unía con sus componentes, no existía ningún otro vínculo a la hora de elaborar y gestionar nuestra publicación.

[3] Carlos Azagra, en su blog http://cazagra.blogspot.com/, trata de rememorar (lo que va en cursiva es un añadido mío): «Cuando nos secuestraron el nº 3 de la revista Zeta, el fiscal adujo que en la contraportada parodiábamos la Última Cena, bien, nada de eso era verdad, fue una comida (una paella) en El Casinico de la calle Pignatelli, en Zaragoza, y si sale la corona negra encima de Ricardo Joven, es porque quedaba feo el gesto metalero de los dos dedos cornudos, entonces aún no existía el Richal. Lo cierto es que la cara de Ricardo se parecía mucho a la de Jesucristo, y eso ayudó a la confusión, los que estábamos ahí, por orden de aparición éramos: el Rizos, un servidor, Luis Royo, Strader, Ricardo Joven, Mastral, Lahuerta y Gregorio, que hizo la foto, a distancia». No me gustaría dejarlo por embustero -aunque sí resulta un tanto desmemoriado-, pues tengo que puntualizar que fue una cena en Casa Montañés, en la calle Boggiero; fue una estupenda parrillada de marisco que costó menos de 500 pesetas -bebidas, postres y carajillos incluidos (¡increíble!)-, y sí tuvo una clara intención paródica, pero como un guiño divertido. Es cierto lo de los «cuernos», lo que demuestra una mojigata autocensura para no herir sensibilidades (de poco nos sirvió).

[4] No hay nada personal en estas descalificaciones. Todos éramos entonces unos pardillos. Este señor es ahora un prestigioso y eficaz abogado especializado en asuntos de ecología y medioambiente. Pero recuerdo que uno de los consejos previos que nos dio, antes del juicio, es que no hiciéramos mucho ruido y que evitáramos airear el asunto en los medios de comunicación (como para no molestar…). De hecho, en el juicio apenas asistió un puñado de amigos y familiares, y un único periodista, Javier Losilla, más por amistad que de forma profesional. Por cierto que publicó alguno de los pasajes de la intervención del fiscal y del texto de la sentencia, que no tenían desperdicio.

[5] (http://enrevuelta.blogspot.com/2008/05/colectivo-zeta.html) Está claro que ésta es una versión de oídas, pero me he decidido a reproducirla porque es la única de estos hechos concretos, con cierto detalle, que he visto publicada, aunque sea incierto que ocurrieran «en la puerta de Torrero». Como ya digo, todo ocurrió en la Audiencia.

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A RAS DE CALLE: LECTURAS Y VIVENCIAS DEL 23-F https://sindominio.net/zaragozarebeldea-ras-de-calle-lecturas-y-vivencias-del-23-f-2 https://sindominio.net/zaragozarebeldea-ras-de-calle-lecturas-y-vivencias-del-23-f-2#respond Wed, 29 Apr 1981 11:55:43 +0000 https://sindominio.net/zaragozarebelde?p=1921 «Nada de todo aquel suceso del 23 de febrero de 1981 puede entenderse sino con la invocación al impulso soberano, fuera éste real, supuesto o falseado por el general Armada. […] Sólo con la participación del Rey, de la que daban cuenta los dos casi únicos generales a los que podía darse crédito de auténticos monárquicos en aquella hora, puede entenderse lo que sucedió y tal como sucedió. Y ello por mucho que moleste e irrite a quienes han creído que había que defender a la Corona a toda costa». Ricardo Pardo Zancada, comandante condenado a 12 años[1].

«Conozco la iniciativa del PSOE de querer colocar en la presidencia de Gobierno a un militar». Adolfo Suárez, declaración a la prensa en Lima durante la toma de posesión de Belaúnde Terry, julio 1980[2].

«Y quién le vende esta idea a nuestras bases». Enrique Múgica, secretario de Relaciones Políticas de la Ejecutiva Federal del PSOE en 1981[3].

PRELIMINARES

I. UN PERIODO CONVULSO
La pretensión de trazar un repaso sobre el golpe militar de 1981 nos adentra, todavía hoy, en este 2008, en relatos confusos o cuyas explicaciones no alcanzan los mínimos de ilación y coherencia para un lector medianamente exigente. Sin embargo, aun de las interpretaciones divergentes con respecto a este episodio, existe una lógica que explica y da cohesión a lo ocurrido si lo enmarcamos en esta etapa del postfranquismo: la propia tensión que generaba el choque entre las fuerzas que pugnaban por abrir las hormas del viejo régimen y las que se resistían a soltar el menor lastre de la dictadura. Valgan de recordatorio estos rasgos del momento:

a) El Gobierno de UCD era rehén de la amalgama ideológica y de personalismos de su partido y estaba inerte para llevar a cabo sus reformas.

b) Los dos años anteriores, 1979 y 1980, figuran con el macabro récord de asesinatos de ETA: 76 y 92 respectivamente. Y 66 en 1978, su tercera marca anual.

c) La violencia del fascismo militante -la que provenía de elementos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y la de grupos de la ultraderecha política[4]– era sumario corriente en la prensa y noticiarios: lo mismo en huelgas y manifestaciones que en atentados a sedes de organizaciones de izquierda o empresas periodísticas, amén de que todavía era posible morir por torturas en comisaría, como Joseba Arregui (13 de febrero de 1981).

d) Las características del Ejército, con un fuerte peso de los sectores involucionistas, larga historia de asonadas, marcadamente endogámico, una cúspide curtida en la Cruzada y la División Azul y, hasta tiempo reciente, con presencia habitual en el Gobierno de la nación: 37 ministros con Franco y, todavía en 1975, tenía 22 militares en las Cortes, 17 de ellos tenientes generales[5].

e) La crisis económica internacional repercutía especialmente en España -en 1979 se devalúa la peseta un 20%- con enormes consecuencias en la carestía de la vida y el desempleo[6], que siempre son causa para la contestación obrera. Y esto pese al «receso en la conflictividad laboral […] por los planteamientos políticos que han absorbido a los dirigentes sindicales»[7].

f) La perspectiva de cambio, la de ser admitidos en los círculos de poder, hizo que partidos y sindicatos acomodaran sus principios a la par que aplicaban medidas coercitivas contra cualquier forma de radicalidad o discrepancia internas, lo que se tradujo en pasividad social, abstencionismo y numerosas desafiliaciones[8].

g) La tutela de las potencias occidentales -a través de la CIA y la Internacional Socialista, principalmente- para un devenir fuera de incertidumbres y revueltas incontrolables, y para el buen alineamiento internacional y la entrada en la OTAN (en noviembre de 1980 Reagan derrota a Carter).

II. ENIGMAS SIN RESOLVER
Los enormes medios que se dedicaron a montar una versión tranquilizadora y diminuta de la trama golpista y la descomunal exaltación que se fabricó para el héroe regio que nació ese día, no impiden que entre la montaña de tinta y papel que aborda aquellos sucesos se hallen abundantes datos que se oponen a las conclusiones y opiniones preponderantes. Enigmas que abarcan tanto a los preparativos como a la propia narración de los hechos o al número de implicados, bien fueran protagonistas o secundarios. Y todo con un margen tan amplio que, según se busque, según se vea o según se mida, se puede salvar o condenar a buena parte de los sujetos de esta historia. A conveniencia.

De este núcleo controvertido me detengo en cuatro apartados:
1. El papel del rey
Resulta difícil sostener que desconociera o rechazara los preparativos: «Majestad se va a producir un golpe»[9], le dice el general Armada el 13 de enero en la Zarzuela junto al féretro de la reina Federica, madre de Sofía. Antes, en el verano de 1980, el propio militar le eleva un informe proponiéndole, previa moción para sustituir a Suárez, un gobierno de concentración[10]. En noviembre circula profusamente el trabajo del CESID Panorámica de las operaciones en marcha, en el que se detallan hasta tres conspiraciones. Y las reuniones de ambos en las semanas anteriores al 23-F están ampliamente documentadas[11]. Entonces, ¿dónde empiezan y acaban el sentir y los planes comunes con su viejo preceptor, durante dos decenios a su lado? ¿Es inocente el pulso continuado con Adolfo Suárez hasta conseguir su ascenso a la segunda jefatura del Estado mayor del Ejército en vísperas del golpe?

Efectivamente, las acciones y omisiones del monarca, sus palabras y silencios pueden permitir, con mucha fe, encumbrarlo a los altares -gracias a la enorme perspicacia de su secretario general, Sabino Fernández Campo, artífice primero de tal aureola-, pero igualmente permiten su condena por cooperación necesaria y confabulación sediciosa: siempre si sorteamos el férreo blindaje a las críticas que se ha conjurado alrededor de su persona y el sometimiento y la capacidad de simulación del grueso de los políticos y medios de información. Pero hay una síntesis incuestionable: para un sinfín de analistas y para buena parte del pueblo soberano él es el principal beneficiario del asalto al Congreso. Porque se asentó la monarquía y pasó de sucesor del Caudillo a motor de la democracia[12].

2. La dimensión golpista
¿Eran muchos o sólo aquella treintena que pagaron pena? «Desde el principio se dio la orden de implicar a cuantos menos mejor, pero el nuevo ministro de Defensa, Alberto Oliart, reconoció más tarde que la lista de imputados hubiera podido ascender a más de tres o cuatro mil»[13]. El teniente coronel Javier Fernández López, que fue profesor de Derecho Constitucional en nuestra universidad y ahora delegado del Gobierno en Aragón es un estudioso de la milicia con abundantes publicaciones. Condicionado o no por su cargo y filiación, y por encima del trabajo minucioso y las contradicciones, nos viene manifestando en sus obras una visión subordinada al orden y clisés establecidos[14]. Nos dice: «las intentonas descubiertas años después, como la del 27 de octubre de 1982, o las del 31 de mayo de 1985, pueden hacernos pensar que medio Ejército estaba invadido por ideas golpistas. La tesis que yo defiendo es justamente la contraria. […] Se trata de un número muy reducido». Y, aunque a renglón seguido cita a varios generales y otros mandos que deberían haberse sentado en el banquillo, acaba haciendo suya la sentencia de Paul Preston: «El golpe de Estado lo pararon el Rey y los militares»[15]. Reiteración de su libro anterior en el que aún va mas lejos: «el golpe de Estado fracasó porque no lo apoyaron los militares […] pero de haber triunfado […] Mi convencimiento personal es que hubiese habido una guerra civil»[16]. Nada menos. ¿También en el caso de que Tejero hubiese aceptado como salida la Operación De Gaulle[17], incluida la supuesta lista de ministros con González de vicepresidente? Por el contrario, el Capitán General de Madrid, Quintana Lacacci, opina que la disposición en las salas de banderas era otra y así dejó consignadas sus impresiones en un documento manuscrito que se conserva en el archivo familiar: si las fuerzas de la I Región salían a la calle, «Todas las demás regiones se hubieran unido por este orden 5ª, 7ª, 8ª, 4ª, 2ª, 9ª; Baleares de las primeras y luego Canarias»[18]. Más cercano a nosotros, el general Pinilla, director de la Academia General Militar (AGM), declaraba a Heraldo de Aragón en una entrevista de Genoveva Crespo: «Sólo la décima parte de la Academia estaba en contra del golpe»[19]. Resultado: fueron condenados 32. Ninguno del CESID, sin cuya implicación y cobertura bien poco hubiese sido posible.

3. Las prisas y atajos del PSOE
A la entrada de la democracia el partido de los socialistas acusaba todavía inexperiencia y flaqueza. De ser un grupo con escasa implantación y ausente prácticamente de la lucha clandestina, se transforma en una organización de aluvión con una potente maquinaria y fuerte respaldo exterior. Esa transformación no se produce sin adentrarse más de una vez y de dos en el fango que propicia la actividad política. Por ejemplo: desde el ofrecimiento de delación que recoge el informe desclasificado de la embajada americana, en pleno franquismo, de personas «susceptibles de sumarse a combatir al Partido Comunista»[20] a los favores del CESED -el servicio de información creado por Carrero Blanco- que en colaboración con la CIA facilita la entronización de Felipe González en Suresnes[21]; desde la copiosa financiación por fundaciones y medios bajo sospecha a las presiones para obtener ventaja retardando la legalización del PCE[22].

En febrero de 1996, Felipe González pide el indulto para Tejero y quizá no esperaba la respuesta inmediata del ex presidente Calvo Sotelo: «Múgica y Raventós, en Lérida, ofrecieron al general Armada la presidencia del gobierno, en un golpe que se llamaba blando o institucional»[23].  Nadie le replicó. Y es que el hostigamiento del PSOE al Gobierno de Suárez y sus alianzas para no quedar marginado en la operación sucesoria del presidente están pendientes de aclaración y sinceridad. Véase: el mismo González, el 7 de noviembre de 1980 durante la presentación de un libro de Gregorio Morán, contraviene las resoluciones del Comité Federal y «vaticina la formación, en breve plazo, de una nueva mayoría parlamentaria con inclusión de los socialistas»[24]. Múgica, considerado por aquel tiempo tercero en la jerarquía orgánica, declaró ante el instructor y los abogados del Juicio de Campamento que elaboró un informe de la comida con Armada «y lo rindió a su secretario general»[25] porque «no era una tarea estrictamente personal». Ese informe lo solicitó el entonces ministro de Defensa Rodríguez Sahagún y nunca le llegó. De igual manera, en 1991 lo demandan dos periodistas de El País, Prieto y Barbería, para su libro y la Oficina de Prensa socialista les responde que «no se conserva». Con posterioridad a esa tan traída y llevada sobremesa de Lérida -realizada exactamente cuatro días más tarde de que González hablase de la posibilidad de un gobierno de salvación nacional al Comité Federal, y referida luego por varios de sus miembros[26]-, la fórmula «coalición parlamentaria más un general» fue utilizada por la dirección del PSOE en encuentros con otros políticos[27].

4. El gobierno de Armada
¿Existió o es fabulación? Transcurrido tanto tiempo cobra verosimilitud por la perseverancia de los testigos -uno de los principales, la doctora Echave, ajeno al golpismo-, la coincidencia en los detalles de los relatores y las nuevas revelaciones. Tejero, que se había ilusionado con un golpe contra el sistema, se encuentra con que la propuesta de Armada nada tiene que ver con una Junta Militar. Y la rechaza de plano. Extremo que ratifica el juez instructor del consejo de guerra en sus memorias: «¿Gobierno con socialistas?¿Y para eso he ocupado yo el Congreso?»[28]. Los encausados citaron los nombres de ese hipotético gabinete y constan en el sumario, aunque en esos momentos interesadamente apenas si tuvieron eco. Pasados los años es Carmen Echave, militante de UCD que colaboraba en el gabinete del vicepresidente del Congreso Modesto Fraile, quien divulga la comprometedora nómina[29], conseguida gracias a su otra condición de médica y la privilegiada movilidad que tuvo para prestar asistencia a sus señorías secuestradas: dos militares, en Interior el general Saavedra y Sáenz de Santamaría en Autonomías y Regiones; por la derecha: Areilza, Fraga, Ansón, Cabanillas y Herrero de Miñón; por los socialistas: González, Múgica, Peces Barba y Solana; comunistas Tamames y Solé Tura. Y otros hasta 19 miembros. Listado que anotó en su agenda y  cuya exactitud aseguró al contrastarlo esa noche con uno de los oficiales de la guardia civil. Tiempo más tarde, justificará su tardanza en sacarlo a la luz porque Rosón, ministro de Interior, le recomendó «que fuera muy prudente»[30].

LA ZARAGOZA DE ESE TIEMPO

I. LA ANTESALA DE 1981

Por aquel entonces, yo vivía con mi compañera Pilar Sanz Mayandía en la calle Burgos, en un barrio sin apelativo que tímidamente quiso llamarse de Salamanca por su vía central en la que estaba el ambulatorio, el economato y el cine del mismo nombre: como aquellos Roxy, Monumental, Norte, Torrero, Delicias, Victoria, Dux, Venecia y Latino, de cuando veíamos las películas en la puerta de casa. De un lado, encajonado entre la calle Santander, el foso de las vías del tren que salen del Portillo y la avenida Valencia y, por el oeste, fronterizo con Delicias en una linde desdibujada, entre García Sánchez y Franco y López, repleta de callejas en tierra de nadie y de una inmisericorde uniformidad. Aquel piso del número 22 estaba gafado porque, poco antes de que yo me trasladase allí, una noche de marzo de 1975 la policía lo desalojó llevándose a sus dos inquilinos, a Pilar y su hermano Goyo, que acabaron en prisión: asociación ilícita. Y requisaron una máquina de escribir recién comprada al calificarla, con la lógica del oficio, de material subversivo. Conocido el camino por la Brigada Político-Social no tardamos en tener otra visita: justo la tarde del 28 de enero de 1977, cuando Pilar y yo nos disponíamos a acudir a la iglesia de San Felipe, al funeral organizado por el Colegio de Abogados en memoria de los laboralistas de CCOO asesinados en la calle Atocha de Madrid, tres secretas nos invitan a pasar el puente de San Valero en la Jefatura Superior del paseo María Agustín, 34. Allí cumplimos las 72 horas, máximo legal de retención en comisaría antes de pasar al juzgado, sin ninguna acusación nueva: apenas se había cumplido un mes desde mi salida de la cárcel y se trataba de una detención preventiva[31], práctica frecuente en esos años ante ciertos acontecimientos, como por ejemplo la visita del Generalísimo a una ciudad, un estallido de huelgas o las protestas clandestinas por el 1º de Mayo (con posterioridad, he sabido que las acciones preventivas pueden desarrollarse a escala, como en la reciente guerra de Iraq).

Si, como digo, el ambiente de España entera ya estaba caldeado, mi estancia en el calabozo vino a coincidir con otra barbaridad. Al día siguiente, en Madrid, un comando del GRAPO fue acribillando a balazos a todos los uniformes que encontró a su paso, resultado: dos policías armadas y un guardia civil muertos y tres agentes más heridos de suma gravedad. Comprendo, hoy mejor que ayer, que cuando el dolor y la muerte nos cerca no hay hueco para las buenas caras y la delicadeza. Total: uno de los grises[32], por su cuenta, debió entender que los criminales eran colegas míos y se cebó a codazos con mis costillas y a zapatazos con mis escuálidas nalgas de entonces, me quitaron el abrigo, me negaron las mantas y tuve que acurrucarme, abrazado por mis propios brazos, para pasar aquellas noches de un enero de los de antes en el desnudo banco de cemento. La tensión que se vivía lo reflejan el gesto y las palabras del guardia que bajó a mi celda para esposarme antes de subir al furgón celular: «mira, la tengo cargada y al menor movimiento extraño te meto el cargador en la cabeza».

Este anecdotario que cuento me tocó vivirlo más o menos de cerca en tanto que integrante del Movimiento Comunista de Aragón (MCA). Acontecimientos, por tanto, que aun de la posible dimensión externa, su realce se circunscribe casi enteramente a los corrillos de mi alrededor.

Este siguiente semeja una obra de enredo a múltiples bandas. En la mañana del 21 de septiembre de 1980 la ciudad amanece con abundantes pintadas de nuestra organización contra la visita de Blas Piñar, líder de la pro fascista Fuerza Nueva (FN). Varias semanas más tarde, un grupo de conocidos militantes de este partido presentan una denuncia en la que afirman haber visto realizarlas a nuestro compañero Ricardo Berdié. Poco importó su evidente falsedad: que pudiera estar con el espray en varios lugares a la vez. Lo procesan. Y casi simultáneamente los empresarios del taxi inician protestas contra el acuerdo municipal de incrementar el número de licencias[33]. El 17 de enero se plantan en huelga y viene Jaime Alonso, jefe nacional de Fuerza Nacional del Trabajo -el sindicato de FN-, a dar asesoramiento y candela. Y como algo natural, ¡qué tiempos!, el alcalde Sainz de Varanda propone a la Federación de Barrios la defensa coordinada de los intereses ciudadanos.

Así, una representación vecinal -Ricardo, como responsable de la federación y varios presidentes de asociaciones: Ramón Magaña, de Torrero; José Vicente Baquedano, de Las fuentes y José Luis Cebollada, de La Almozara- acepta la invitación para acudir el 24 de enero de 1981 a la asamblea de taxistas en el colegio de las salesianas: por el ambiente hostil y las amenazas de varios sindicalistas ultras tuvieron que salir protegidos por el presidente gremial y varios asistentes. Se presenta denuncia al día siguiente, 25 de enero. Y quiso la casualidad que veinticuatro horas más tarde, el 26, el magistrado Julio Boned Sopena, titular del Juzgado de Instrucción nº 3 y conocido por sus ideas conservadoras, dictara el ingreso en prisión de Berdié por las pintadas de septiembre. Su defensor, Pascual Aguelo, recusa al juez Boned -«puede tener interés indirecto […] dadas las posibles relaciones ideológicas que le vinculan con la acusación privada […] y la pertinaz presencia de un cuadro de Franco en su despacho oficial» que logró tuviera que retirar- y con el profesor de Derecho y secretario del MCA, José Ignacio Lacasta, llevan las irregularidades hasta el propio ministro y al Tribunal de Estrasburgo, además de impulsar un movimiento de solidaridad. Once abogados firman un documento «contra el rigor judicial» y son encausados por desacato[34]. Semanas después la gente de San José recogería el monto de la fianza[35].

Retrocedo un poco. El 12 de diciembre, a nuestro concejal de Calatayud, José María Cebrián, el gobernador Javier Minondo le aplica calentita la Ley Orgánica 11/1980, conocida como ley antiterrorista, que justo justo se había aprobado el día primero de ese mismo mes y facultaba para suspender los derechos fundamentales de las personas «presuntamente integradas o relacionadas bien con elementos terroristas, bien con bandas armadas»: le achacan apología del terrorismo por abstenerse en una votación de condena a un atentado, pese a que Cebrián manifestó su rechazo, pero añadiendo que no quería callar el doble rasero de su ayuntamiento cuando «ha dejado pasar hechos violentos, igualmente condenables, realizados por organizaciones de ultraderecha» -así figura en el acta del pleno- y sin un debate sobre las razones que provocan la violencia en la sociedad[36]. La Guardia Civil lo saca de su casa y, sin orden judicial, se lo traen al Centro Penitenciario hasta que al tercer día el juez instructor de la Audiencia Nacional ordena su libertad.

Así estaba el patio.

II. MISCELÁNEA EN TORNO AL DÍA SEÑALADO
¿Cómo respondió Zaragoza el 23-F? Pues, cumpliendo exactamente con el tópico de que reflejamos la media nacional: como el resto de España. El profesor Maurice Duverger describía así el escenario madrileño de esa noche: «La calle parecía más bien tomada por los fascistas que por sus adversarios. Sin duda los ministros y jefes políticos se encontraban secuestrados, pero los partidos políticos y los sindicatos deben disponer de aparatos dirigentes capaces de tomar decisiones en una eventualidad semejante»[37]. En términos parecidos se dirige Santiago Carrillo al Comité Central del PCE: «en el curso de esa noche no hubo, no se produjo, nada parecido a la respuesta que en épocas lejanas tuvo otro golpe militar»[38].

Ya se sabe: pese a los avisos y pistas que los involucrados en la sublevación fueron dando -con la Operación Galaxia, los desaires a Gutiérrez Mellado o al mismo Suárez, las pautas inequívocas del colectivo Almendros, seudónimo de un grupo de militares y punta de lanza del involucionismo, que publica en su diario El Alcázar (1939-1988), y tantos signos más-, y aun de la larga advertencia desde la izquierda de este peligro, el tejerazo nos pilló de sorpresa. A muchos, en la vorágine de actividad en que nos envolvía el espejismo de la revolución.

Pero vayamos por partes. De aquellos aconteceres está escrito casi todo, salvo los que con intención continúan en el misterio. La propuesta de rememorar se agradece si su demanda tiene nuevos destinatarios, si no hay exceso en la repetición, si se plantea un nuevo enfoque para el análisis o si sirve para incorporar los detalles menudos de la gente que los vivió, con sus convicciones y miedos. Para lo que pueda valer, he reunido aquí algunos retazos de lo que he leído, parte de mis recuerdos y testimonios de amigos. Los agruparé en dos bloques diferenciados: las instituciones y la calle.

UNO. LAS INSTITUCIONES
a) La Diputación General de Aragón
Nuestro historiador Eloy Fernández Clemente escribe: «Desde el gobierno preautonómico, Biel, M. Pizarro y Esponera elaboraron también un comunicado «en defensa de las libertades democráticas y de la España de las Autonomías»»[39]. El presidente, Juan Antonio Bolea Foradada, según declaró a posteriori, se fue a su casa «porque entonces era la preautonomía y los despachos que tenían eran de prestado»[40]. Y bien pudo referirse a su persona el gobernador Minondo al expresar que algunos políticos «desaparecieron de escena». Porque el periodista José Luis Gutiérrez, en un libro colectivo, afirma: «Tras ordenar a todos sus subordinados que permanecieran reunidos, él desapareció, no sin antes ponerse a las órdenes de la autoridad militar. Bolea sería forzado, indirecta pero fulminantemente, a dimitir de su cargo pocos días más tarde»[41]. Sin embargo, Fernández Clemente señala otra motivación: «El efecto «moderador» del golpe del 23 F sobre el proceso autonómico es inmediato en la Mesa de partidos, que cierra el Proyecto de Estatuto. Bolea, en desacuerdo, anuncia el 9 de marzo su dimisión irrevocable; le acompañan los consejeros de UCD Ballarín, Biel, Moreno, Tisaire, Gimeno y Fábregas»[42].

b) Capitanía General y la Academia General Militar
El capitán general era Antonio Elícegui Prieto, de relación estrecha con Milans del Bosch. Pasada la resaca, el calificativo que dieron otras autoridades, como el alcalde, a su disposición durante las primeras horas fue de «nada reconfortante». Hubo muestras de actos sospechosa o abiertamente pro golpistas: «En Capitanía, los oficiales de Estado Mayor de la Acorazada se mezclaban con los de Estado Mayor de la V Región. A partir de entonces, las autoridades civiles detectaron un claro intento por parte del Estado Mayor de la DAC de controlar la ciudad»[43]. Del mismo modo, la indicación al gobernador para que se presentara en Capitanía -rechazada por éste previa consulta a Francisco Laína, el titular anterior de su mismo cargo y promocionado a director de la Seguridad del Estado- se entendió como un intento de intimidación o sometimiento, y la orden para el acuartelamiento de las tropas, y los propios movimientos de éstas para salir a la calle en San Gregorio, la Academia y Valdespartera, en este último recinto por unidades del Ejército «despistadas», un eufemismo ocurrente de Minondo. Otra prueba de cómo se respiraba en la plaza Aragón la constituye la presencia permanente al lado de Elícegui de su edecán, el teniente coronel Juan Vicente Grande, implicado en la trama postrera del 27 de octubre de 1982. Pero es Quintana Lacacci quien, en el documento privado citado líneas arriba, lo retrata mejor: «No hizo más que llamarme para ver qué iba a hacer yo, «porque algo habría que hacer»».

Si de la Academia no bajó la catástrofe fue gracias a su director, el general Luis Pinilla Soliveres. Hombre bueno e ilustrado, activista cristiano, miembro del Seminario de Investigación para la Paz e inspirador de la Unión Militar Democrática (UMD)[44]. La edición del número especial de Heraldo de Aragón Diez años después, condensa en uno de los titulares lo que vivió: «Aunque con serenidad, temí que quisieran quitarme de en medio». Conocidos sus ideales y trayectoria, tenía de contrapeso al jefe de Estudios, el coronel Hipólito Fernández-Palacio, proveniente de la Legión,  que «ya había movido sus peones por si había que «neutralizar» al general» y sin disimulo llegó a manifestar su propósito a un grupo de oficiales: «Esto parece que está bastante tranquilo, pero si se complica la situación, aquí ya sabéis todos quien manda, está claro, ¿no?»[45]. Además, en la entrevista del rotativo citado, asegura que temió que la División Acorazada Brunete (DAC) -con dos batallones de maniobras en el Campo de San Gregorio- entrara con sus carros en la Academia «porque eran más bien pro golpe».

El día 24, una vez que los asaltantes habían sido arrestados, el director de la AGM llamó al caballero cadete  Antonio Tejero Díaz, de 21 años. Y un cronista militar reproducirá tardíamente este diálogo:

«-Me supongo que estarás enterado de cuanto ha pasado en el Congreso y que tu padre se encuentra arrestado.

-Sí, mi general.

-Bueno, pues yo en este momento separo la actuación profesional del teniente coronel del afecto que debes tenerle.

Ante su silencio, el general continuó:

-En uso de mis atribuciones, tienes concedido permiso. Vete a dar un abrazo a tu padre, que seguro lo necesitará.

-Muchas gracias mi general»[46].

Luis Pinilla, además de lo dicho, ocupó sitio en las listas negras de los servicios de información y tuvo el teléfono intervenido largas temporadas, colaboró con los comunistas -y con cuantos se encontraba en su trabajo social- y en 1982, cuando iba a ascender a teniente general, abandonó el ejército. Se volvió al Pozo del Tío Raimundo, un barrio marginal, a ejercer el apostolado seglar. Murió en 2004 y tiene una calle entre la carretera de Huesca y el Camino de los Molinos.

c) El Ayuntamiento
Quiso el destino que esa tarde, a las siete (el asalto fue sobre las seis y veinticinco), coincidiese la inauguración en la Lonja de una exposición itinerante sobre la Guerra Civil y también quiso que uno de los primeros objetos de admiración para el visitante fuera el bando, enmarcado, con el que Franco inició el Alzamiento. Muy acorde. Solo aliviado por la comprensible ausencia de las autoridades militares. Claro, sobraron buena parte de los canapés que había preparado el Consistorio para el evento.

Acabada la recepción, el alcalde y los concejales del PSOE, PCE y PTA, prácticamente en su totalidad, deciden quedarse dentro y allí permanecen toda la noche. Según los testigos del encierro, y por la asistencia al pleno extraordinario del día siguiente a la una, resulta inexacta la frase del teniente coronel y entonces Jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, José Enrique Alonso del Barrio cuando afirma: «Algunos concejales hacía tiempo que habían salido con dirección a la frontera». De ser cierto, ¿sería un temor infundado? Dudo, en efecto, del significado que quiere darle el autor a la frase, pero viniendo de esa pluma no puedo evitar que me suene con retintín[47]. Aunque más inapropiada fue la majadería de un representante del PAR a Sainz de Varanda: «la gente de bien no tenemos nada que temer»[48]. El regidor, según Javier Ortega en su crónica local de la Transición, comunicó a los de su confianza: «Me han ofrecido un avión en la base para salir si las cosas se ponen feas. Sabed que no me moveré de aquí»[49]. Igualmente, agradeció al MCA su oferta de sumarse a la actitud de resistencia testimonial de los munícipes «porque si triunfa el golpe hará falta gente afuera».

Genoveva Crespo resumía en el suplemento mencionado: «el alcalde y los concejales de la izquierda se convirtieron así, junto con el Gobierno Civil, en las únicas instancias no militares que tuvieron los despachos abiertos esa noche»[50].

DOS. LA CALLE Y LA GENTE
Esa tarde había un reparto de hojas, junto a la Diputación, contra la investidura de Calvo Sotelo. Uno de los voluntarios era Víctor Herráiz, hoy controlador en la Inspección de Trabajo, y cuando le entregaba la octavilla a un tranviario -nos costó cambiar la denominación, quizá, porque nuestra ciudad, aunque perdió los tranvías en 1976, fue el último bastión de este medio de transporte en España-, el hombre, con una radio de pilas en el oído, le dijo al grupo: cuidado, chavales, yo que vosotros me marcharía a casa, ¿no sabéis lo del Congreso? Y aquellos modestos aparatos cumplieron tal función que le pusieron nombre a la jornada: la noche de los transistores.

Los colectivos y organizaciones, de sopetón, cambiaron el orden del día de su tarea ordinaria por dos necesidades urgentes: primera, para la limpieza de direcciones, salvar las fichas de afiliación y poner a buen recaudo la mayor documentación posible y segunda, para la búsqueda de escondite. La prensa cifró en unos 1.500 los zaragozanos que pernoctaron fuera de sus domicilios. Y, por lo general, fue sencillo encontrar acogida en las cercanías de donde se movía cada uno, aunque también el riesgo de dar cobijo a alguien señalado atenazara voluntades. Estos refugios dieron su juego[51]. ¿No es imaginable el aura de conquista que se le pone a un veinteañero que llega con vitola de rebelde a un piso de estudiantes? También se podía entender que, pasado el peligro, hubiera quien remoloneara con la devolución de las llaves prestadas para prolongarse un reservado amatorio.

Se suspendieron actividades y hubo cambio de planes sobre la marcha, pero multitud de personas tenían la agenda cerrada con antelación y, como los primeros motorolas aún no existían ni en USA, el cumplimiento de muchos compromisos se hizo ineludible. Como ocurrió con la reunión de la junta fundacional del periódico El Día de Aragón (1982-1992), proyecto que nacía respaldado por un amplio abanico político. A ella, como compromisario de un grupo de profesionales ligados al MCA, acudió José Antonio Fatás y, en contraste con el vacío que empezaba a apoderarse de las calles, se juntaron alrededor de cuarenta personas. Allí, fruto tal vez de lo enrarecido de la situación, Buenaventura Ferrer Masip, pediatra, hombre de UCD que había sido director provincial del Insalud, se descuelga con que sus acciones no son compatibles con las que representa socialmente el cirujano Fatás. Emilio Parra Gerona, hijo del empresario que se marchó a las misiones, se opone a cualquier exclusión y tras un tira y afloja se vota: aunque por poco, gana la opción de que se admitan todas las titularidades. Sin embargo, el efecto de la cuartelada ya había penetrado en la sociedad; al poco, uno de los hombres fuertes del proyecto y que luego, ya iniciada la andadura, llegaría a director de la nueva cabecera, Pablo Larrañeta, comunicaba el ultimátum recibido: o la pasta de UCD o la del MCA. Y no había color.

Pese a que en febrero cae temprana la noche y el frío empuja a recogerse antes, había un trajín inusual en determinados puntos. No sólo en las sedes de las organizaciones. En Gran Vía 36, un local diminuto albergaba un quiosco de prensa de los mismos propietarios que el antiguo del cine Coliseo. En boca de muchos clientes recibía, no sin sorna crítica, el sobrenombre de La Comuna, probablemente por las evidencias que mostraban los menestrales que lo atendían. Uno era Chema Pérez Rabinal, ácrata de raíz y actual bibliotecario de la universidad que me cuenta: «teníamos un cartel que anunciaba «Aquí se vende Egin y Punto y Hora», los dos nombres con su logotipo. Yo vivía con unos amigos en la calle Dato, a la vuelta de la esquina, y nada más que en casa oyeron la radio, bajaron y rápidamente quitamos el letrero, echamos la persiana y nos pasamos a escuchar el transistor que tenía la lotera en el espacio contiguo: ya sólo emitían música clásica». Los días siguientes, empaquetó una decena de cajas con las publicaciones que trataban la noticia y las facturó al Instituto Internacional de Historia Social (IISG), en Ámsterdam. Su aportación está reseñada en: http://www.iisg.nl/archives/en/files/p/10766170.php

Muy pronto desaparecieron de la ciudad los peatones y apenas circulaban coches. Aunque se improvisó una forma de contacto entre los partidos, reinaba el desconcierto. El Comité Regional del PCE, según uno de sus cuadros históricos, Jesús Mari Garrido, decidió arrostrar el contratiempo reunido en un lugar desconocido para los eslabones inferiores, el bar de uno de los suyos próximo al colegio de Santo Domingo de Silos -notorio por el conflicto que, dieciséis meses antes, había desatado su director, el clérigo Matute, al expulsar a docena y media de chavales de enseñanza media por su desapego religioso- mientras lo más comprometido de su archivo quedaba camuflado en una furgoneta. El MCA puso citas de seguridad diarias según su estructura de células y se coordinó con un grupo de fuerzas afines: Liga Comunista Revolucionaria (LCR), Confederación de Sindicatos Unitarios de Trabajadores (CSUT) y Confederación Nacional del Trabajo en Aragón (CNT-A). Los cuatro, cuatro porque las dificultades del momento justificaron algún descuelgue, acordaron esa noche lanzar una octavilla pocas horas después, ya madrugada del 24, editada simultáneamente con las respectivas multicopistas, y convocar una «concentración masiva» -masiva, por supuesto: típico tic de la agitprog (agitación y propaganda) al uso y muestra del fervor militante que anteponía nuestro deseo a la realidad- a las 19,15 en la Plaza España. Como estaba tomada por la policía, a cambio se hizo un salto que, convocado boca a boca, consistía en irrumpir repentinamente en un punto o cruce estratégico colapsando el tráfico: fue en el tramo intermedio del Coso, entre San Gil y San Miguel. Sin pensárselo dos veces el gobernador Minondo nos impuso sendas multas de medio millón de pesetas a los firmantes del llamamiento.

La manifestación de verdad fue el 27. Un llamamiento que habían cerrado para toda España UCD, Alianza Popular (AP) -antecedente del PP-, PSOE, PCE, CCOO y UGT. Esa heterogeneidad de padrinos tuvo una intensa contestación desde las filas más a la izquierda, entonces con un predicamento estimable. No se comprendía esa conformidad, la de salir del brazo a una protesta con quienes habían favorecido, por connivencia o pasividad, su origen y causa. La demanda de castigo a los culpables y depuración de golpistas hizo imposible un solo cortejo y partió en dos la manifestación: delante los convocantes, y separados por unos pocos metros iban el resto de partidos que aireaban en consignas esas exigencias, bloque al que se había sumado la Asamblea de Distrito de la Universidad. Como la respuesta ciudadana fue muy numerosa -y muy diverso su recuento[52]-, el gentío se iba colocando conforme llegaba y muchos, muchos, muchos ajenos a los matices ideológicos de tal agrupamiento. El sectarismo sin fronteras que padecíamos hizo de las suyas, unos por dejar sentado el hegemonismo y su condición de guardianes del mandamiento sagrado de repliegue y consenso con la derecha y otros por la ley de la propia significación izquierdista de pedirlo todo en todo momento. El caso es que el servicio de orden, a cargo del PCE -con lo más granado de CCOO que, en un congreso reciente, se había aupado a la dirección del partido-, colocó un vehículo en el escasísimo espacio de en medio y enchufó a todo volumen la megafonía para repetir la letanía de que «la manifestación legal acaba donde va este coche, la de atrás es ilegal». No habíamos avanzado ni doscientos metros desde la salida, en el cine Elíseos, y la carga de la policía fue antológica, por supuesto, contra los señalados como «ilegales». Peor: el servicio de orden formó una barrera para impedirnos la huida de los porrazos. Hubo cruce de escritos recriminatorios entre PCE y MCA, pero las consecuencias se desviaron a la sucursal. CCOO nos abre un expediente a los tres díscolos que ocupábamos puestos de dirección, Pilar Sanz y yo en la Ejecutiva Regional y Concha Rodríguez Saiz en la Provincial: habíamos vulnerado los fines y el objetivo «que era conseguir una gran manifestación unitaria.» Nos aplican un procedimiento sumarísimo y en seis días somos condenados a un año de inhabilitación para ocupar cargos de dirección en cualquier órgano[53]. Era otra muestra de cómo trascendía silente el efecto golpista en el interior del tejido social. Y más: sin que hubiera pasado un semestre, en septiembre, era expulsado Ernesto Martín Daga, dirigente del metal -veinticinco años de peón en Alumalsa y hoy bregado hombre de leyes con despacho propio-, por mostrar su desacuerdo con el Acuerdo Nacional de Empleo en una asamblea de delegados de su rama. Inmediatamente detrás iríamos otros 150 afiliados que protestamos en solidaridad, buena parte cuadros sindicales de las federaciones o de las secciones de empresa.

No faltó una tétrica apostilla final a estos episodios: las listas negras. Cuando, paso a paso, se fue recuperando el pulso de una normalidad ya apocada, se supo que habían circulado en diferentes lugares, incluso en pueblos -que, por su tamaño, es motivo de mayor gravedad-, relaciones de personas a las que se tenía que «neutralizar». En su caso particular, el general Pinilla remite a los servicios de información creados por Carrero Blanco y otras -se afirmó que en alguna estaba hasta el dibujante de cómic Carlos Giménez-, aunque de origen incierto, al menos hay certificación de que existieron, como atestigua el profesor Eloy Fernández Clemente. El semanario Sábado Gráfico (1956-1983) publicó una en la que, entre otros líderes políticos, sindicales y sociales  figuraba el ramillete de intelectuales ligados  a Andalán (1972-1987) y al socialismo aragonesista: el propio Eloy, Gonzalo Borrás, Guillermo Fatás, José Antonio Labordeta, y los hermanos Emilio y Enrique Gastón, este último antiguo secretario regional del PCE.

Si cada momento es acreedor de su tiempo precedente, sin duda este presente nuestro se conformó en estos hechos que hemos repasado. Todavía con sus misterios. Y la deuda pendiente de desentrañarlos[54].

Joaquín Bozal Macaya


[1] Ricardo Pardo Zancada: Las dos caras del golpe, Barcelona, Áltera, 2006, p. 303.

[2] Pilar Urbano: Con la venia… yo indagué el 23-F, Barcelona, Argos-Vergara, 1982, p. 31.

José Luis Morales y Juan Celada: La alternativa militar, Madrid, Revolución, 1981, p. 123.

[3] Ricardo Cid Cañaveral y otros: Todos al suelo, Madrid, Punto crítico, 1981, p. 191.

[4] Atentados con resultado de muerte o heridos: 172 sólo en 1976. (Nicolás Sartorius y Alberto Sabio: El final de la dictadura, Ediciones temas de hoy, Madrid, 2007, p. 383).

Muertos en el País Vasco por la represión durante 1975-80: 127. (Miguel Castells: Radiografía de un modelo represivo, San Sebastián, Ediciones Vascas, 1982).

Más. Entre 1979 y 1980 cuatro sedes del MC sufrieron ataques por comandos incontrolados, como se les llamaba de forma artera para justificar la inhibición: volaron la de Madrid, quemaron la de Gijón, pusieron unos petardos en la de Zaragoza y el incendió provocado en la de Valladolid se cobró además la vida de dos vecinos. (Archivo del MCA).

[5] José Luis Morales y Juan Celada: La alternativa militar, Madrid, Revolución, 1981, p. 27.

[6] Datos OCDE: En 1977 la tasa de paro española era del 5,2%, similar a la del conjunto de la OCDE. Pero mientras que en ésta sube hasta el 6,3% en 1980 y al 7,5% en 1981, en España escala casi el doble, al 11.5% y al 14.1% respectivamente. Este aumento supone pasar de 689 000 parados en 1977 a 1 500 000 tres años después y 1 900 000 en 1981. El crecimiento de los precios también es espectacular y alcanza su cénit en el 24,5% de 1977.

[7] Nicolás Sartorius y Alberto Sabio: El final de la dictadura, Madrid, Temas de hoy, 2007, p. 135.

[8] Desafiliación política: en PSOE y PCE superior al 50% entre 1977 y 1980. (Joan E. Garcés: Soberanos e intervenidos, Madrid, Siglo XXI, 1996, p. 205).

Desafiliación sindical: CCOO, según su archivo histórico, tenía 1.840.907 afiliados en junio de 1978 y 778.474 en 1981. UGT 1.710.600 en junio de 1978 y 660.000 en 1985. (Nicolás Sartorius y Alberto Sabio, obra citada, p. 130).

[9] Jesús Palacios: 23-F: El golpe del CESID, Barcelona, Planeta, 2001, p. 339.

[10] Sabino Fernández Campo en declaraciones a El Mundo, 22.II. 2001

[11] Javier Fernández López: El rey y otros militares, Madrid, Trotta, 1998, p. 192. Y también: Diecisiete horas y media. El enigma del golpe, Madrid, Taurus, 2000, p. 209.

[12] Una opinión al respecto: «Nadie ha interpuesto acciones legales contra el amigo Jesús Cacho por El negocio de la libertad, que describe minuciosamente episodios de la Corona que, normalmente, debieran haber conllevado la abdicación o inhabilitación del monarca […] testigos de primera mano, no precisamente hostiles a la Monarquía, insisten en el inquietante papel del rey desde los inicios del proceso que culmina en el «tejerazo». Tanto el coronel Juan Alberto Perote como el coronel Martínez Inglés han escrito testimonios exhaustivos, de enorme credibilidad». (Joaquín Navarro Esteban: 25 años sin Constitución, Madrid, Foca, 2003, p. 115).

Otra: «…lo que reviste de máxima gravedad el asunto es que el monarca se valió en esta ocasión de su condición de rey y, sobre todo, de su cargo de jefe supremo de las Fuerzas Armadas para intentar salvar su corona como fuera, recabando la ayuda de sus fieles, de sus militares de palacio, de los servicios secretos del Estado, de la cúpula militar […] para luego abandonar a los más comprometidos, a los que se la habían jugado por su señor, a su suerte». (Entrevista al coronel Amadeo Martínez Inglés realizada por Juan E. Sanchis en 1997 para la edición valenciana de El Mundo que, al igual que otros medios, rehusó publicarla. Recuperada por el autor para Periodista digital, aparecida el 26 de julio de 2006). [consulta: 22 de marzo de 2008].

[13] Martín Prieto: Técnica de un golpe de Estado: el juicio del 23-F, Barcelona, Grijalbo, 1982.

[14] Fiel notario de las tesis de Sabino Fernández Campo -ex Jefe de la Casa de Su Majestad el Rey y prologuista de su libro El Rey y otros militares– y autor de una biografía suya, tiene un empeño declarado en defender lo que para él son tres verdades, pese a que las interpretaciones de ciertos hechos las cuestionan: la ejemplaridad del rey, el proceder limpio del PSOE y la reducida dimensión del golpismo entre los de su profesión (entrevista a Javier Fernández por Patricia Sanz en Terra.es: articulo/html/act15495.htm, 15 de diciembre de 2000). [consulta: 27 de marzo de 2008].

[15] Javier Fernández López: Diecisiete horas y media. El enigma del 23-F, Madrid, Taurus, 2000, p. 265 y 266.

[16] Javier Fernández López: El rey y otros militares, Madrid, Trotta, 1998, p. 263.

[17] La Operación Armada o también llamada Operación De Gaulle, tomó ese nombre por la similitud con la que en mayo de 1958, y por medio de la acción de un grupo de jefes militares, colocó a este general al frente de Francia en plena crisis interna -con riesgo de enfrentamiento civil- provocada por la lucha anticolonial de Argelia.

[18] Joaquín Prieto y José Luis Barbería: El enigma del Elefante, Madrid, El País/Aguilar, 1991, p. 174.

[19] Heraldo de Aragón, especial Diez años después, 23 de febrero de 1991.

[20] Carlos Zayas, que fue diputado por Teruel en 1977, señala como informantes, entre otros, a Joan Raventós, José Federico de Carvajal y Mariano Rubio, todos con destinos brillantes en los gobiernos de Felipe González, «al tiempo que desvelaba como principal agente del Partido Comunista en Madrid a Federico Sánchez.»  (Joan Garcés: Soberanos e intervenidos, Madrid, Siglo XXI, 1996, p. 161). Federico Sánchez era el nombre de guerra de Jorge Semprún, más tarde ministro de Cultura socialista.

[21] Alfredo Grimaldos: La CIA en España, Barcelona, Debate, 2006, p. 24.

[22] Nicolás Sartorius y Alberto Sabio: El final de la dictadura, Madrid, Temas de hoy, 2007, p. 27.

[23] Se refiere a la célebre comida en casa del alcalde Ciurana, el 22 de octubre de 1980, (El País, 24 de febrero de1996).

También da otros detalles Javier Fernández López en: El rey y otros militares, p. 159.

[24] José Luis Morales y Juan Celada: La alternativa militar, Madrid, Revolución, 1981, p. 125.

[25] Joaquín Prieto y José Luis Barbería: El enigma del Elefante, Madrid, El País/Aguilar, 1991, p. 87 a 93.

[26] Pablo Castellano: Yo sí me acuerdo, Madrid, Temas de Hoy, 1994, p. 343.

[27] Joaquín Prieto y José Luis Barbería, ob. cit., p. 93.

[28] José María García Escudero: Mis siete vidas. De las Brigadas anarquistas a juez del 23-F, Barcelona, Planeta, p. 50.

[29] Joaquín Prieto y José Luis Barbería: ob. cit., p. 185 y 186.

[30] Joaquín Prieto y José Luis Barbería: ob. cit., p.187.

[31] El 12 de noviembre de 1976, con los sindicatos todavía ilegales, la Coordinadora de Organizaciones Sindicales (compuesta por CCOO, UGT y USO) -proyecto efímero de acción unitaria exigido desde abajo, pero que despertó más desgana que convencimiento en la cúspide de sus protagonistas- convocó la primera huelga general. Y acabé en Torrero con un camarada también detenido del día, Miguel Ángel García Andrés, en ese tiempo miembro destacado de la Asamblea de Parados -hoy profesor de Lengua y Literatura de Secundaria en Pamplona- y que, ahí, unidos tras los barrotes dejábamos en nada lo que nos restaba por compartir. Para aquella España represiva y cargada de incertidumbres haber salido de la cárcel era un riesgo de peligrosidad que merecía esa prevención.

[32] En el lenguaje de la calle, la Policía Armada recibió el nombre de grises, porque gris era el color de su vestimenta; del mismo modo que, luego, en la Transición, al cambiar el uniforme a marrón serían maderos.

[33] Las primeras elecciones municipales fueron el 3 de abril de 1979: el PSOE 11 concejales, cuatro el PCE (encabezado por un independiente, el catedrático Gonzalo Borrás) y dos el PTA que, en alianza, dan la alcaldía a Sainz de Varanda. El 19 de noviembre de 1979 se aprobó una concesión de 110 licencias en el servicio del taxi mediante entregas escalonadas de 35 hasta 1983. Porque el número de coches se consideraba insuficiente y no eran pocos los propietarios con tres, cuatro -hasta diez se llegó a escribir en los papeles de la época- o más permisos que explotaban por medio de asalariados, en número que bien podrían rondar la mitad de la plantilla total, en turnos de 12 horas. La asociación del gremio recurrió el acuerdo y la Audiencia Provincial sentenció a su favor, aunque en esa fecha el Consistorio tenía la apelación en el Supremo.

[34] Los firmantes: Pascual Aguelo, Javier Checa, Paco Polo, Ignacio Gimeno (entonces concejal), Adolfo Fueltelsaz, Almudena Borderías, Fernando Arregui, Nieves Pisa, Marisa Torralba, Mariano Julve y Gloria Labarta. Su juicio se celebró en octubre de 1983 y aunque el fallo distó mucho de las peticiones fiscales, fueron condenados como autores de una falta contra el orden público.

[35] Luego, Ricardo sería absuelto en esta causa por falta de pruebas. Pero cinco meses más tarde lo volverían a encerrar por uno de los episodios más infames, tramposos y de grosera manipulación informativa que se han urdido en la ciudad: el montaje que preparó la sección especial de la policía local, la Unidad de Vigilancia Especial (UVE), de infausta memoria, contra la verbena que organizó el Frente Feminista en el antiguo Cuartel de Palafox.

[36] Nadie que hubiese tratado a Pepe Cebrián o tan sólo mirase su cara podría conjeturar el menor asomo de malos modos o dureza en su comportamiento, por su natural afable y tranquilo. Sin embargo, hubo de sufrir el protagonismo involuntario de que le aplicaran, por primera vez en Aragón, la ley antiterrorista. Siendo edil y por opinar en el ejercicio de su cargo. Esa postura suya era la habitual en el conjunto de organizaciones territoriales que formaban el MC. Cierto, recelábamos de las condenas generales, habitualmente cargadas de unilateralidad que única, o principalmente, repudiaban la sangría y estragos en función de la procedencia de los atentados. Sin duda, pecamos de rigidez, rozamos -o casi- una pretenciosa e injusta equidistancia y, en ocasiones, si no hubo menosprecio al padecimiento de las víctimas pudo parecerlo. Al hilo, he rescatado, de entre los viejos papeles, un comunicado fechado el 9 de noviembre de 1978 en el que censurábamos los planteamientos de una manifestación contra el terrorismo que había convocado casi toda la izquierda: PSOE, PCE, PTA, ORT, PCA, UGT, CCOO, USO, CSUT y SU. En el primer párrafo afirmábamos: «Nuestro partido no vacila en rechazar y criticar con toda firmeza las acciones de ETA y los métodos que esta organización emplea», pero nuestra crítica a aquellas proclamas y adhesiones -en ocasiones, con verdadero fervor- quería señalar la lenidad o ceguera con que se trataba la violencia ultra o de las Fuerzas de Orden Público y que, al dejarla en segundo plano u olvidada, cobraba legitimidad, eximia a sus autores de responsabilidad y, en suma, favorecía que la fuerte represión de aquellos años tuviera menos detractores.

[37] El País, 25 de febrero de 1981.

Y en la misma línea apostilla Gregorio Morán: «…el 23-f le saca las costuras a la Transición. La ausencia de protagonismo de la sociedad, el lado negativo del sosiego público y el cercenamiento de las presiones sociales». (El precio de la transición, Barcelona, Planeta, 1991, p. 161). También, Joaquín Navarro Esteban: «El 23-F reveló la absoluta pasividad del pueblo, […] el pueblo español había pasado de la ilusión colectiva […] a la postración, el desinterés y la inhibición». (25 años sin Constitución, Madrid, Foca, 2003, p. 117).

[38] José Luis Morales y Juan Celada: La alternativa militar, Madrid, Revolución, 1981, p. 6.

[39] Eloy Fernández Clemente, «Aragón. El renacer de un viejo reino». En: José María Jover Zamora (dir.), Historia de España Menéndez Pidal, t. XLIII-1, Madrid, Espasa Calpe, 2007, p. 149.

[40] Genoveva Crespo en Heraldo de Aragón, especial Diez años después, 23 de febrero de 1991.

[41] José Luis Gutiérrez, Operación Diana. En: Colectivo Democracia: Los ejércitos… más allá del golpe, Barcelona, Planeta, 1981

[42] Eloy Fernández Clemente, ob. cit., p. 151.

[43] José Luis Gutiérrez: ob. cit.

[44] La UMD fue una organización clandestina de militares antifranquistas descabezada en 1975 y cuyos cuadros dirigentes acabaron encarcelados y expulsados de las Fuerzas Armadas. Expresamente se les excluyó de la amnistía de 1977 y tampoco la democracia se ha atrevido a reparar el daño que se les causó.

[45] Javier Fernández López: El rey y otros militares, Madrid, Trotta, 1998, p. 194, 231 y 232.

[46] José Enrique Alonso del Barrio: La Transición y el 23-F en Aragón. Visión imparcial de un Guardia Civil, Zaragoza, Delsan, 2006, p. 301 y 302.

[47] El hoy general presentó su libro en el Corte Inglés en noviembre de 2006. Y, quizá, por el tiempo transcurrido sus datos han podido sufrir algún trasiego. Seguro que algunos concejales buscaron refugio fuera de Zaragoza, pero no ese día que a todos nos pilló de improviso, sino el 25 de mayo, día señalado para otra intentona. Algo parecido le ocurre cuando remarca el papel de los cantautores como «animadores» en los mítines: «Carbonell, Serrat y Lluis Llach por los catalanes», dice en la página 105 del libro citado en la nota 43. (José Enrique Alonso del Barrio, ob. cit., p. 278).

[48] Genoveva Crespo en Heraldo de Aragón, ob. cit.

[49] Javier Ortega: Los años de la ilusión. Protagonistas de la transición. Zaragoza, 1973-1983, Zaragoza, Mira, 1999, p. 272.

[50] Heraldo de Aragón, especial Diez años después, 23 de febrero de 1991.

[51] Con los compañeros de trabajo a los que habíamos podido confiar nuestras andanzas hubo complicidad y  facilidades. Pilar y yo fuimos a casa de una amiga suya del mismo taller del textil, Tere Mainar, que junto a su marido Carmelo Larriba vivían en Las Fuentes, en Eugenia Bueso, 10. A Manolo Martín, miembro del comité de empresa de Vitrex, entonces en huelga, le dejaron una buhardilla en el Casco Viejo, que un grupo de la empresa tenía para uso festivo. Ante el giro de la situación, acudieron al día siguiente a la fábrica para desconvocar el paro y se encontró con que su secreto era conocido por buena parte de la asamblea. Juan Subías, secretario del comité obrero del MCA, el 25 de mayo -fecha en la que volvimos a escondernos ante el rumor de una nueva intentona- fue a parar por casualidad al mismo piso que Nieves Pina, secretaria de la federación local de CNT, se emparejaron entonces y hasta hoy.

[52] Cosas veredes de la delicada circunstancia: las instituciones esta vez hincharon las cifras de los propios organizadores. Tres ejemplos. 1) Alonso del Barrio: «Los servicios de información de la guardia civil la cuantificó en ciento setenta mil, por debajo de la evaluación de la policía municipal y por encima de la calculada por el Cuerpo Superior de Policía», (La Transición y el 23-F en Aragón. Visión imparcial de un Guardia Civil, Zaragoza, Delsan, 2006, p. 309); 2) CCOO en «alrededor de 80.000» en acta de la Ejecutiva Regional, 13.III.1981; y 3) Eloy Fernández Clemente, seguramente con más realismo, 60.000: «La Transición en Aragón». En: José María Jover Zamora (dir.), Historia de España Menéndez Pidal, t. XLIII-1, Madrid, Espasa Calpe, 2007.

[53] Las consideraciones a las que se echaba mano incluían hasta nuevas funciones para las FOP, como la seleccionada en esta perla: «En el transcurso de la manifestación y ante un intento de las Fuerzas de Orden Público por separar los dos bloques de manifestantes, se produjo un asalto, con participación activa de los tres expedientados, del segundo bloque sobre la manifestación autorizada y legal…con agresiones verbales y físicas.» Era el 13 de marzo, el 24 de abril lo ratifica el Consejo Regional y el 5 de mayo la Comisión de Garantías estimó en parte nuestro recurso y rebajó la sanción a tres meses «porque el órgano sancionador…al imponer una sanción no tipificada, se ha extralimitado en sus funciones». (Acta de la Ejecutiva Regional de 13 de marzo de 1981).

[54]El periodista Miguel Ángel Mellado nos remite a las memorias del general Armada que «no verán la luz hasta cinco años después de su muerte y la de su esposa», que a lo mejor aclaran algo (El Mundo, 22 de febrero de 2001).

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ANDALÁN: UNIDAD Y PLURALIDAD DE LA IZQUIERDA https://sindominio.net/zaragozarebeldeandalan-unidad-y-pluralidad-de-la-izquierda Sat, 29 Apr 1978 12:23:30 +0000 https://sindominio.net/zaragozarebelde?p=1953

Periódico semanal de información general, editado en Zaragoza. Fue quincenal hasta el 6 de mayo de 1977, y desde noviembre de 1979 publicó una Guía de espectáculos en entrega aparte. Apareció coeditado por Eloy Fernández Clemente (quien fue su director hasta su aparición como semanario y a quien sucedieron Pablo Larrañeta, Luis Granell y Lola Campos) y Carlos Royo-Villanova (luego sustituido por David Pérez Maynar), como fórmula legal que encubría la gestión ideológica y coparticipación financiera de un equipo, que pasó de los diecisiete miembros iniciales a la Junta de Fundadores con más de cuarenta, en el régimen de Sociedad Anónima.

Como escribe Pedro Rújula sobre Andalán en el capítulo «Historia Contemporánea» del volumen Historia de Aragón, dirigido por Eloy Fernández Clemente (Madrid, La Esfera de los libros, 2008): «En sus páginas tuvo lugar la mayor concentración de capital intelectual aragonés de toda la historia -María Dolores Albiac, Clemente Alonso, Mariano Anós, José Antonio Biescas, Gonzalo Borrás, Vicente Cazcarra, Anchel Conte, Javier Delgado, Jesús Delgado, Juan José Carreras Ares, Guillermo Fatás, Carlos Forcadell, Emilio Gastón, Mario Gaviria, Enrique Grilló, José Antonio Labordeta, José Luis Lasala, José Carlos Mainer, Luis Marquina, Lorenzo Martín-Retortillo, Manuel Porquet, Manuel Rotellar, Carlos Royo-Villanova, Alberto Sánchez y Plácido Serrano- , jóvenes intelectuales que con su brillantez irreverente mostraban en cada número de la revista que el recambio de la cultura oficial franquista estaba ya listo. Andalán transmitió una visión crítica con la situación presente, pero también una recuperación del pasado progresista de la región, y una proyección del futuro democrático que estaba a las puertas. Creó, en definitiva, una nueva imagen de Aragón, alternativa a la que había proyectado el régimen durante las últimas décadas, y con la que los aragoneses del momento no tardaron en identificarse.» (op. cit. Pp.736-737).

Andalán nació como portavoz de una postura de izquierda mayoritariamente independiente que se pronunció, con graves problemas de censura, sobre temas aragoneses (trasvase del Ebro, depresión de las comarcas, identidad cultural, deterioro del urbanismo zaragozano) y sobre la circunstancia política general (lucha antifranquista, resurgimiento del regionalismo, sucesos de Chile y Portugal…). La muerte de Franco y el proceso político que siguió agudizaron discrepancias en el seno del equipo y, a la larga, condicionaron un cierto cambio de orientación en la información, que se hizo más específicamente aragonesa y más vinculada a los movimientos sociales que a la política general de la izquierda partidista, más dirigida al lector general que a las minorías sensibilizadas, las que, con todo, siguieron siendo su público preferente, desde los tres mil ejemplares de su difusión inicial a los catorce mil y dieciséis mil de los años 1978-79.

En enero de 1987 aparecía el último número. En sus quince años de existencia puso una nota alternativa entre los medios de comunicación. Nacida para reavivar las señas de identidad aragonesas, con clara vocación cultural y progresista, la hora del cierre llegaba (como a tantas otras revistas de izquierdas: Triunfo, Cuadernos para el Diálogo, La Calle, Viejo Topo, etc.) por problemas económicos, cambio en la oferta y demanda informativa, y un difícil relevo generacional. El 13 de Septiembre de 1997, rememorando la presentación de su primer número en L´Aínsa (Huesca) veinticinco años antes, las gentes de Andalán se reunieron de nuevo en la hermosa villa del Sobrarbe, y presentaron una exposición sobre la historia de esa aventura intelectual, cultural y política y una monografía titulada «Andalán 1972-1987. Los espejos de la memoria», publicada por IberCaja, coordinada por Carlos Forcadell, y redactada por un grupo de jóvenes historiadores de la Universidad de Zaragoza y periodistas, que analizaron distanciadamente lo que, sin duda, fue un singular fenómeno mediático de nuestra historia reciente.

Los ideales que defendió Andalán durante quince años (1972-1987) fueron sin duda, como tantas veces se ha repetido, la defensa de la democracia, la autonomía y el socialismo. Y la fórmula mágica que lo mantuvo unido y en pie durante todos esos años fue el respeto a la diversidad de la izquierda y la conciencia de la importancia de la unidad de la izquierda para luchar primero contra el franquismo y después contra las múltiples formas de presentarse los intereses del gran capital.

Esa unidad en la pluralidad hizo que sus páginas y su propia organización interna acogieran a destacadas personalidades de todos los campos del conocimiento, de la acción social y de la práctica política. Esa característica unitaria y plural nació de la necesidad pero también de la convicción, de forma que incluso en los peores momentos -cuando desgraciadamente muchos jefes de partidos democráticos, autonomistas y socialistas (y comunistas) parecían no valorar especialmente la bondad de la unidad ni el respeto a la pluralidad- Andalán continuó manteniendo abiertas las puertas al diálogo con cada vez más diversas organizaciones sociales, culturales y políticas.

Viví la historia de Andalán desde su fundación hasta su cierre definitivo y creo que puedo dar testimonio de que nuestras reuniones fueron siempre tan polémicas como fraternales, tan ruidosas como eficaces. Lo eran ya al principio y lo siguieron siendo al final: las trimestrales en aulas del Centro Pignatelli, las semanales en la propia casa de Eloy Fernández Clemente de la calle Doctor Aznar Molina 15, después en el piso de la calle San Miguel 25, y por último en el piso de la calle San Jorge 23.

Nuestra sede en la calle de San Miguel 25 fue la más bohemia e informal, no sólo porque se tratara de una buhardilla, sino porque allí vivía José María Lagunas, entonces jovencísimo ácrata ecopacifista, que confería su personalidad al ambiente. Una de sus incomodidades era la de estar en lo alto de una larga escalera sin ascensor. Otra, la de carecer de calefacción. Pasábamos tanto frío allí arriba que un lunes a uno de los reunidos le comenzó a salir humo del abrigo, que se le quemaba por acercarse tanto a la estufa de butano.

En San Jorge 23 todo era distinto: calefacción, amplitud, orden y concierto. Además, estaba en el principal, lo que lo hacía mucho más accesible, aunque también más vulnerable; esto en algún momento nos causó cierta preocupación: no hay que olvidar nunca la lucha de clases, ni tampoco a los fachas.

No quiero acabar este breve recuerdo sin subrayar dos elementos que fueron para mí muy importantes, diría que decisivos, en la convivencia entre los miembros de Andalán. El primero, la autocrítica: antes de diseñar el siguiente número, el consejo de redacción sometía el número anterior (contenidos, estilo, maquetación, fotos…) a una crítica implacable y se aportaban opiniones recogidas «en la calle». El segundo, el humor: nunca faltó la risa en Andalán, incluso (o por eso mismo) en los momentos más delicados. Y siempre, por si había sabido a poco la reunión, se continuaban las bromas en un bar cercano, cenando y riendo hasta que, literalmente, no se podía más.

He dicho adrede «miembros de Andalán», porque la absoluta mayoría de sus integrantes y colaboradores éramos varones. Durante años hubo sólo una mujer, Lola Albiac, entre nosotros. Y nunca tuvieron las mujeres, ni cuando Lola Campos fue nuestra directora, la sartén de Andalán por el mango (¿pero alguien la tuvo?). Es cierto, como suele recordar Carmen Magallón, que un número fue diseñado por entero por mujeres y que incluso el artículo editorial se escribió con el femenino «nosotras», lo que al menos daba testimonio de una preocupación. Pero el mundo de Andalán -como en general, entonces, lo eran el mundo de la política y de la cultura- fue un mundo masculino, para qué lo vamos a negar.

Javier Delgado

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EL POLLO URBANO https://sindominio.net/zaragozarebeldeel-pollo-urbano https://sindominio.net/zaragozarebeldeel-pollo-urbano#respond Sat, 30 Apr 1977 08:00:21 +0000 https://sindominio.net/zaragozarebelde?p=1979 Redacción del Pollo Urbano

Era 1977, un tiempo confuso en que un día el clima era el de la tragedia y el siguiente los vientos eran los de la fiesta y en esto que comenzó la publicación de El pollo urbano y aquellas páginas estaban de un modo decidido por la fiesta. ¿Podría haber sido de algún otro modo teniendo a Dionisio Sánchez en el impulso, la manufactura y la promoción de la revista? Bastaría para dar idea de cómo la pulsión de poner el mundo, o verlo, al revés recorría todo aquello el dejar constancia de que me nombró director (nunca dirigí nada). Cualquiera que hubiera tenido algún tipo de relación, incluida la de simple espectador -aunque no creo que del espectador en cuestión se pudiera decir que tuviera nada de simple- con el grupo de teatro El Grifo podía saber que no iban a ser las cosas de El pollo más que como fueron. A El Grifo, a Dionisio, se debe lo mejor de lo que en teatro sucedió en Zaragoza en aquellos 70. Cada uno de sus espectáculos fue un acontecimiento, sin más. Siendo así, El pollo urbano surgía camino de ser otro tanto y, estuviera o no previsto, cayó mal a casi todos: a los restos del sistema anterior y a todos quienes tenían como objetivo encontrar su asiento en el nuevo sistema que a duras penas se iba conformando (palabra esta de doble sentido). Sólo una anécdota -aunque, como se verá, va más allá de eso-. Cuando a los comiqueros del Colectivo Z se les dio la posibilidad de publicar sus trabajos bajo la cobertura editorial de El pollo y en efecto se publicaron, intervino el fiscal para ¡con la Constitución del juancarlismo ya vigente! actuar contra ellos nada menos que por escarnio de la religión católica. Instruidas las diligencias y celebrada la vista en el juzgado -no tengo palabras para narrar los pormenores de los interrogatorios-, acabó todo fatal. Allí estuvimos unos pocos, pero hasta donde recuerdo ni un solo partido político -y anda que había pocos en aquellas fechas-, ni un sindicato, ni una asociación de ninguna clase estaba allí ni de ellos llegó ni una sola palabra de solidaridad o apoyo y eso que los empapelaos ni siquiera eran gente de El Pollo. Todos culpables. Pero oficialmente a los culpables los vimos salir del juzgado en un furgón hacia la cárcel de Torrero.
El espíritu de la fiesta, del mundo al revés, que se encarnaba en El Pollo y que venía de un proyecto cultural -la palabra en la época era «contracultural»- que tendría por nombre vida no podía ser recibido de otro modo, para todos era un obstáculo, una palabra, una imagen de más y es que era el exceso, coincidiendo con ese presupuesto que El Grifo había hecho suyo. Para los que rivalizaban por instalarse en el nuevo sistema, que eran casi todos, El Pollo era, literalmente, un incordio, un papelín -el papelón quedaba para los otros- que les recordaba la posibilidad de lo imposible. En el exceso que le era propio encontraba su lugar todo lo que el sistema dejaba fuera de sí como resto problemático y en último término inaceptable, pues era el desorden. Se podría, o debería, invocar la vanguardia, la pulsión de insumisión radical del surrealismo o, más cercano, el situacionismo, pero eso, me parece, pertenecería a una mirada desde el ahora. Lo que se veía entonces era más sencillo, o mucho más complicado, y se podría resumir en la persecución del goce, eso que es precisamente lo perseguido, antes de aquello, entonces y ahora.

Tua Blesa

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