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ECONOMÍA SOLIDARIA Y TRANSFORMACIÓN SOCIAL

Jornadas Economía Alternativa c_002851

A finales de 1992 convergen varios factores que contribuyen a la creación de diversas iniciativas de empleo autogestionado. La creciente desaceleración en la creación de puestos de trabajo, inmediatamente después de las olimpiadas de Barcelona 92, hace que la crisis del empleo vuelva a ser la más visible en los medios de comunicación.
Pero no sólo vivíamos entonces, ni vivimos ahora, frente al único desafío del desempleo. Habría que añadir también una crisis económica, donde las economías locales son deterioradas en beneficio de los grandes grupos financieros supranacionales, priorizando el capital en detrimento del trabajo; una crisis social, con un reparto cada vez menos equitativo de la riqueza, lo que produce situaciones de exclusión, aislamiento, violencia; una crisis humana, con  falta de perspectivas de futuro, espejismo del consumismo, individualismo, pérdida de ideales..; una crisis política, donde la implantación de la democracia representativa es inversamente proporcional a la noción de ciudadanía; y qué decir de la crisis ambiental,  con una degradación acelerada del medioambiente, acumulación de residuos, desertización, reducción de la biodiversidad, efecto invernadero…
Diversas personas vinculadas a los movimientos sociales comenzamos a pensar que había que construir alternativas económicas al modelo neoliberal que dieran respuesta al conjunto de desafíos, pues la mayoría de éstos tienen su origen en el poder económico y te das cuenta de que la economía no la puedes sacar de los de siempre.
Se nos hacía imprescindible para el cambio social dar pasos que fueran más allá de la protesta, de la queja, de la reivindicación. Pasos que nos llevaran a la propuesta de otro modelo económico que situara a las personas en el centro y demostrara que es posible otra manera de producir, de consumir, de financiarse…  En definitiva, construir otro modelo socioeconómico que sitúe la economía al servicio de las personas y no, como ocurre habitualmente, que somos las personas las que estamos al servicio de la economía.
Y así, en Zaragoza, un pequeño grupo de gente que participábamos principalmente en el movimiento pro insumisión y el de la solidaridad internacionalista, decidimos poner en marcha un proyecto de autoempleo, basado en el respeto al entorno, la implicación y participación activa de sus integrantes, el reparto del trabajo y la riqueza, la solidaridad e intercooperación, la toma de decisiones colectiva y horizontal, así como la autogestión (que no hay que confundir con la muy practicada gestión en auto). Así surgió el proyecto de la Cooperativa La Veloz, un proyecto que nació y que sigue desarrollándose bajo los mismos principios que cuando se inició.
Yo, por aquel entonces, participaba activamente en la Casa Ocupada de la Paz y en el CAMPI Aragón (Colectivo Antimilitarista Pro Insumisión). Además, tocaba en un grupo zaragozano de música punk llamado KBKS  y, al igual que gran parte de los compañeros que pusimos en marcha la Cooperativa La Veloz, era insumiso.
La idea de crear un proyecto socioeconómico autogestionado fue algo apasionante y a la vez, altamente comprometido. Estaba todo por hacer, todo por decidir y, además, teníamos escasas referencias en las que fijarnos. Quizá, como habíamos tenido diversas experiencias en el trabajo asalariado, nuestra referencia principal era la de intentar no reproducir sus esquemas. Igual trabajo, igual salario, democracia participativa, solidaridad interna y externa, compromiso y participación… son frases que, por encima de los tópicos, intentábamos e intentamos llevar a la práctica en el día a día.
Y pronto te das cuenta de que no se nos ha educado para autogestionar nuestro puesto de trabajo, más bien para trabajar para otros y que éstos sean quienes nos digan lo que tenemos que hacer. Que no hemos sido educados para gestionar nuestro dinero, sino para que sea el banco quien lo gestione. Tampoco para afrontar y tomar decisiones, al contrario, nos han educado para que las deleguemos.
Estos factores entre otros, han hecho que el camino recorrido desde que en el año 93 pusiéramos en marcha la Cooperativa La Veloz, no haya sido fácil y, por supuesto,  haya transitado por diversas contradicciones y dificultades. La creatividad colectiva, el compromiso y el anteponer la propuesta a la protesta, han permitido minimizar las dificultades encontradas por el camino y consolidar un proyecto social y económico del que hoy formamos parte treinta y cinco personas. En Grupo la Veloz Cooperativa desarrollamos diversas actividades económicas como son la ecomensajería y transporte urgente, el asesoramiento y gestión empresarial para entidades de economía social y una tienda taller de bicicletas. A su vez, la cooperativa está integrada en diversas redes y movimientos de economía solidaria de ámbito local, estatal e internacional.
Pero esta experiencia, como cualquier otra, sería anecdótica si fuera la única y tendría un escaso impacto en el camino hacia la transformación social y económica.
Con anterioridad a la puesta en marcha de La Veloz, surgieron en nuestra ciudad, a finales de la década de los ochenta, otros colectivos similares como la Imprenta Papelería Germinal o El Baúl, y,  con posterioridad, proyectos como Simbiosis Serigrafía Textil, Tiebel, Base Digital o, más recientemente, Birosta o Girasolar. Todos estos proyectos tenían, tienen, un denominador común: no solamente son espacios en los que las personas que los integran consiguen autoemplearse; además, son espacios con vocación y práctica colectiva de transformación, que caminan hacia esta otra economía posible.
Y a la vez que se iniciaban pequeños proyectos que construían alternativas desde lo económico, nos dábamos cuenta de que no sólo bastaba con tener en nuestras manos una parte de la producción de bienes y servicios. Es decir, producíamos con equidad y respeto arrebatando pequeños espacios al sistema, pero una buena parte de los beneficios obtenidos se los quedaba el banco con sus intereses. Igualmente, la financiación de nuestros proyectos dependía en gran medida también de éstos. Teníamos que continuar planteando alternativas y, por ello, se hacía necesario crear sistemas de financiación diferentes a la banca convencional.
Los bancos no dan dinero a quien lo necesita sino a quien tiene dinero, es decir, a quien tiene avales. Utilizan nuestro dinero para financiar aquellas cosas que combatimos en la calle: empresas de armamento, multinacionales que utilizan mano de obra infantil, empresas que perjudican gravemente el medio ambiente, especuladores de toda índole… Lo único que les importa es masificar el beneficio económico, a costa de lo que sea y de quien sea. Lo peor de esto es que, a menudo, somos cómplices los y las ciudadanas, pues les depositamos nuestros pequeños ahorros sin exigirles el uso que queremos que hagan del mismo. Y además, caemos también en ocasiones en su juego de buscar la máxima rentabilidad para nuestros ahorros. Rentabilidad que medimos sólo en términos económicos y no en términos sociales y/o ambientales.
La Asociación Financiación Solidaria, constituida a finales de la década de los noventa, y más recientemente Coop57 Aragón (Cooperativa de Servicios Financieros Éticos y Solidarios), son dos buenos ejemplos que creamos diversas personas y entidades aragonesas con el objeto de dar respuesta a las necesidades de financiación de los proyectos sociales, a la vez que nos permitían, como ciudadanos, recuperar un protagonismo en torno al uso del dinero que nos había sido arrebatado. A través de estas entidades recogemos el valor popular del ahorro de cientos de personas y decenas de entidades, que prefieren poner a trabajar a su dinero en sintonía con sus valores. Y este dinero se utiliza para financiar proyectos socioeconómicos con un alto contenido social, que promuevan el empleo, fomenten el cooperativismo y la solidaridad en general, sobre la base de principios éticos y solidarios. De esta manera, fomentamos el ahorro solidario y la inversión ética para desarrollar los proyectos de economía social y solidaria.
Algunas de las características principales de estos instrumentos de financiación solidaria son: que la propiedad de los mismos es colectiva (de las propias entidades y de las personas individuales que somos socias), que funcionan de manera democrática, transparente y autogestionada, que permiten compatibilizar el rendimiento social y la viabilidad económica, que tienen un desarrollo local, un alto arraigo social y que son un medio y no un fin en sí mismo.
Y así, pasito a pasito, hemos ido construyendo una red que abarca a empresas y entidades que, desde lo social, trabajamos por construir otro modelo económico. REAS Aragón (Red de Economía Alternativa y Solidaria) está conformada entre otras por todas estas entidades y, a su vez, está integrada en REAS Red de Redes, de carácter estatal y en similares de ámbito internacional. Como solemos decir en nuestra cooperativa: “Mucha gente pequeña, en muchos lugares pequeños, harán grandes cosas, que transformarán el mundo”
Quizá los pasos dados hasta ahora sean lentos. Tal vez, a menudo, tenemos que despertar de la planta de los sueños, seguro que tenemos cantidad de imperfecciones, pero es el modelo que vamos construyendo entre muchas gentes. Un modelo que camina hacia ese otro tipo de economía, de ese otro mundo posible, que no solamente tiene que ser posible, sino que, además, es necesario porque éste no hay quien lo aguante.
Esta es una de esas historias, de esas luchas, que no han hecho más que comenzar. No queremos que nos construyan el mundo, pues tenemos escasa confianza en que lo hagan para todas y todos. No queremos esperar a que cambien las reglas de poder económico, pues si lo hacen, serán para su beneficio particular. Así que hoy nos encontramos ya trabajando en nuestro siguiente desafío: la construcción de un mercado social que plantee, desde lo local, una alternativa global al modelo capitalista.
Pretendemos articular una red de producción, financiación, distribución y consumo de bienes y servicios que funcione con criterios democráticos, ecológicos y solidarios en nuestra región, y esté constituida por empresas sociales productoras de bienes intermedios o finales, empresas sociales distribuidoras (cooperativas de consumo, redes de intercambio, transporte y distribución, tiendas de comercio justo…) y consumidores responsables, tanto individuales como colectivos. El reto es crear un espacio común, donde la ciudadanía podamos ejercer nuestra opción de consumo y ahorro con compromiso social en los ámbitos del comercio justo, los productos ecológicos, los productos o servicios de entidades con compromiso social, así como el sector de las empresas de inserción y de las redes de economía solidaria.

¿Te animas?

Javier Ortega

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