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CONTACTO

EL POLLO URBANO

Redacción del Pollo Urbano

Era 1977, un tiempo confuso en que un día el clima era el de la tragedia y el siguiente los vientos eran los de la fiesta y en esto que comenzó la publicación de El pollo urbano y aquellas páginas estaban de un modo decidido por la fiesta. ¿Podría haber sido de algún otro modo teniendo a Dionisio Sánchez en el impulso, la manufactura y la promoción de la revista? Bastaría para dar idea de cómo la pulsión de poner el mundo, o verlo, al revés recorría todo aquello el dejar constancia de que me nombró director (nunca dirigí nada). Cualquiera que hubiera tenido algún tipo de relación, incluida la de simple espectador -aunque no creo que del espectador en cuestión se pudiera decir que tuviera nada de simple- con el grupo de teatro El Grifo podía saber que no iban a ser las cosas de El pollo más que como fueron. A El Grifo, a Dionisio, se debe lo mejor de lo que en teatro sucedió en Zaragoza en aquellos 70. Cada uno de sus espectáculos fue un acontecimiento, sin más. Siendo así, El pollo urbano surgía camino de ser otro tanto y, estuviera o no previsto, cayó mal a casi todos: a los restos del sistema anterior y a todos quienes tenían como objetivo encontrar su asiento en el nuevo sistema que a duras penas se iba conformando (palabra esta de doble sentido). Sólo una anécdota -aunque, como se verá, va más allá de eso-. Cuando a los comiqueros del Colectivo Z se les dio la posibilidad de publicar sus trabajos bajo la cobertura editorial de El pollo y en efecto se publicaron, intervino el fiscal para ¡con la Constitución del juancarlismo ya vigente! actuar contra ellos nada menos que por escarnio de la religión católica. Instruidas las diligencias y celebrada la vista en el juzgado -no tengo palabras para narrar los pormenores de los interrogatorios-, acabó todo fatal. Allí estuvimos unos pocos, pero hasta donde recuerdo ni un solo partido político -y anda que había pocos en aquellas fechas-, ni un sindicato, ni una asociación de ninguna clase estaba allí ni de ellos llegó ni una sola palabra de solidaridad o apoyo y eso que los empapelaos ni siquiera eran gente de El Pollo. Todos culpables. Pero oficialmente a los culpables los vimos salir del juzgado en un furgón hacia la cárcel de Torrero.
El espíritu de la fiesta, del mundo al revés, que se encarnaba en El Pollo y que venía de un proyecto cultural -la palabra en la época era «contracultural»- que tendría por nombre vida no podía ser recibido de otro modo, para todos era un obstáculo, una palabra, una imagen de más y es que era el exceso, coincidiendo con ese presupuesto que El Grifo había hecho suyo. Para los que rivalizaban por instalarse en el nuevo sistema, que eran casi todos, El Pollo era, literalmente, un incordio, un papelín -el papelón quedaba para los otros- que les recordaba la posibilidad de lo imposible. En el exceso que le era propio encontraba su lugar todo lo que el sistema dejaba fuera de sí como resto problemático y en último término inaceptable, pues era el desorden. Se podría, o debería, invocar la vanguardia, la pulsión de insumisión radical del surrealismo o, más cercano, el situacionismo, pero eso, me parece, pertenecería a una mirada desde el ahora. Lo que se veía entonces era más sencillo, o mucho más complicado, y se podría resumir en la persecución del goce, eso que es precisamente lo perseguido, antes de aquello, entonces y ahora.

Tua Blesa

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