CONTACTO

FIESTAS DEL PILAR 1977

Fiestas populares

En aquellos tiempos, las Fiestas del Pilar en Zaragoza consistían en poco más que la Ofrenda de Flores y la cena que organizaba el ayuntamiento para las fuerzas vivas de la ciudad, con asistencia de las Reinas de las Fiestas (hijas de concejales o industriales ricos), en la Lonja, un palacio situado entre el Pilar y el Ayuntamiento. No existían todavía lo que hoy conocemos como fiestas populares, pero se vivía un momento de eclosión de la vida democrática, repleta de grupos políticos todavía sin legalizar y de un movimiento ciudadano con gran capacidad de convocatoria que se vertebraba en torno a las asociaciones de vecinos. Estos dos elementos, partidos de izquierda y asociaciones vecinales, eran entonces el germen de casi todas las movilizaciones.

La necesidad de unas fiestas populares era algo patente que no podía sustraerse a esa vitalidad de la sociedad civil que todo lo invadía. Por ello, se convocó una especie de desfile festivo, cuyo comienzo fue en Torrero, y que pretendía llegar hasta La Lonja, para llamar la atención ante la cena de gala que todos los años convocaba “el búnker”, nombre por el que se conocía a la facción más franquista de entre los franquistas. No pretendíamos reventar nada, sino manifestar nuestra alegría y, de paso, fastidiar un poco, claro.

La marcha-desfile-manifestación estuvo encabezada por un bombo y un tambor. No había instrumentos de viento ni falta que hacían. Las alrededor de mil personas que allí acudimos no cesamos en el empeño de cantar a voz en grito las melodías festivas de toda la vida, aderezadas con aquel famoso “chss, chss, que vienen, que vienen”. Éste fue el principio de lo que durante tantos años hemos conocido como La Banda del Canal, y que hoy sigue siendo un símbolo festivo en Zaragoza.

Al acabar el recorrido, en la confluencia de la calle Don Jaime y la plaza del Pilar, nos esperaba una aguerrida compañía de grises formando una barrera infranqueable. Para nosotros este tipo de formación policial era totalmente novedosa, pues hasta entonces nos tenían acostumbrados a sorprendernos a traición, sin dejarnos andar más de cien metros y tapándonos las posibles escapatorias, convirtiendo cualquier movilización en una peligrosa encerrona en la que te jugabas la integridad física.

Nada más avistar el despliegue corrí a ponerme en la cabeza del grupo festivo para intentar negociar con los grises y evitar cargas con consecuencias no deseadas. No en vano hacía poco más de un año que había salido de la cárcel y tenía cierta familiaridad con el aparato represor heredado de la dictadura. Pese a mi buena voluntad, sinceramente, sólo me esperaba un porrazo y a correr; ante mi sorpresa, el oficial que mandaba las fuerzas me saludó educadamente y me comunicó que tenían órdenes de evitar que pasáramos de aquel punto; yo le contesté que si nos dejaban pasar hacia la plaza del Pilar no boicotearíamos la cena de la Lonja, pues sólo pensábamos cantar y bailar en la plaza, que para eso eran las Fiestas del Pilar. En ese momento, los más “valientes”, desde la cola de nuestro grupo, comenzaron a proferir gritos como ¡policía asesina! o aquel famoso ¡social, acuérdate de Portugal!, en alusión a la huída precipitada de los torturadores de la PIDE (Policía Internacional y de Defensa del Estado) portuguesa durante la Revolución de los Claveles. Al oír estas frases, y otras de mucho peor gusto, el que mandaba el grupo de grises se puso tenso y nervioso, se volvió hacia los suyos y mandó cargar; cuando dio aquella orden yo ya me encontraba a bastantes metros de aquel conflictivo lugar, pero no todos pudieron correr a la misma velocidad.

La carga fue brutal. Llegaron ambulancias y el caos se apoderó de la zona. En mi memoria ha quedado la cara ensangrentada de una joven de quince años que ni siquiera nos permitían auxiliar mientras yacía en el suelo semiinconsciente. La nota curiosa la puso Carmelo, de la Banda del Canal, disfrazado de preso, con un bombo corriendo delante de los grises. Cuando se hubieron marchado las ambulancias y el lugar quedó vacío y humeante, se dio una situación que jamás he llegado a comprender. Los “manifestantes” volvimos lentamente a la calle Don Jaime; sin saber cómo, nos encontrábamos caminando, silenciosos, entre los policías que nos miraban de reojo sin inmutarse, como el niño que ha hecho algo malo y teme que le regañen.

Cuando empezábamos a reaccionar ya estábamos en la plaza del Pilar. Fue entonces cuando recordamos para qué estábamos allí. Comenzamos a hacer corros mientras los tambores seguían sonando; cantábamos, bailábamos y hacíamos pequeñas torres humanas entre el regocijo general. Poco a poco fue llegando más gente que contribuía a crear un ambiente festivo inusitado, una extraña complicidad en una situación nueva para todos.

A partir de ese momento, la Banda del Canal, con el fin de hacer música, divertirse y divertir, inició una larga trayectoria que alcanza veintiseis años, participando a voluntad en las manifestaciones festivas de la ciudad, siempre de manera independiente y sin ánimo de lucro.

Esa noche trágica y mágica de los primeros días de octubre de 1977 fue la que nos impulsó a crear lo que luego ha sido la peña El Brabán.

El año siguiente nació la peña El Brabán, y, con la vocación de lograr para nuestra ciudad unas fiestas populares, fue la chispa que encendió los ánimos ciudadanos y vehículo de alegría y diversión.

del blog de Gorpik, octubre 2003

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