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HAY UNA CENA DE GUILIGUILIS

“Hay una cena de guiliguilis”. Eso me dijo mi madre aquel febrero de 1994.
A  mi madre decir “gay” le suponía enfrentarse con un vocablo tan extraño como desconocido, “homosexual” demasiado culto y fuera de lugar, y “marica” demasiado hiriente para una madre amante de su hijo, así que prefirió inventarse el término que aún hoy utiliza, a pesar de las horas de conversaciones tenidas sobre la importancia de las palabras, los símbolos, los significantes y los significados.
De cualquier forma, mi madre me estaba echando un cable en ese proceso de socialización que todos los distintos hemos tenido que reiniciar, como si por ser diferentes tuviéramos que pasar una reválida.
Así conocí la asociación Lesbianas y Gays de Aragón (LYGA). Asociación con frecuencia criticada por su escaso activismo, pero que gracias a una cena en Casa Emilio y su oportuno anuncio radiofónico me permitió, con el aviso de  mi madre, contactar y comenzar mis primeros pasos como gay desarmarizado.
Aquella asociación me ayudó a crecer como persona, a fortalecer  mi propia identidad, a repensarme como individuo, como colectivo y como sociedad, integrado en un grupo en el que nos unía, (más allá de planteamientos políticos, religiosos, profesionales, status social), el punto común de ser personas cuyo deseo sexual y afectivo está orientado, según decían otros, hacia la “otra acera”, o mejor, es inclasificable por diverso de lo aparentemente normal, y es libre de etiquetas, incluso fluctuante. Y que por tanto, molesta a esta sociedad piramidal y machista basada en la hegemonía de unos valores (?) dudosamente enriquecedores y siempre reticentes a la diferencia, peor aún, represores de la diferencia: ser macho y parecerlo, no demostrar atisbo de flaqueza, ni feminidad, ni pluma, o ser mujer y parecerlo, nítidamente, según los mandatos implícitos de la moral sexual cultural que nos envuelve y que con nuestra diversidad sexual parecemos poner en peligro, (parece mentira, esto aún suena demasiado reciente, pregunten a parte de la cúpula católica…)
Inolvidables los debates de los lunes: los partidos políticos y su posición frente a los derechos de gays y lesbianas; la masculinidad y la feminidad; la pluma; las religiones y la cuestión homo; la transexualidad; la visibilidad lesbiana; la erótica; el sadomasoquismo; el sexo seguro… allí teníamos la oportunidad de reflexionar sobre los temas que más nos afectaban o interesaban, de intercambiar datos para formarnos cada cual nuestro juicio, de debatir con semejantes y no tan semejantes, de acostumbrarnos a sentirnos en nuestro derecho a reunirnos fuera de contextos ocultos o distintos a los garitos de ambiente, hasta entonces lo único posible para contactar con iguales…
Inolvidables las amistades (sigo repudiando a algunos gays “del ambiente”, que lo ven todo desde la barrera y que nos criticaban como patio de colegio donde sólo nos reuníamos a ligar: por sus derechos muchas personas han dedicado horas de su tiempo, no se han ocupado de intereses personales, han descuidado incluso su economía o su  salud…). Inolvidables las excursiones, los talleres de sexo seguro, el teléfono de información sobre el SIDA, los puestos informativos en la calle o los testimonios ofrecidos en los institutos a los que nos invitaban. Eso sí, casi siempre nos tenían que invitar, pues éramos tan políticamente correctos, tan apolíticos y aconfesionales… que la presencia en los medios y en la calle tenía más que ver con que nos convocaran que con propuestas firmes lanzadas desde nuestro grupo. Recordar también que cuando la militancia consolidó su presencia se contempló como algo básico llamar a las puertas del medio educativo, exigiendo la visibilidad del hecho LGTB  y proponiendo materiales didácticos que han conformado una línea de trabajo actualmente.
No puedo dejar sin nombrar el apoyo de la Federación de Asociaciones de Barrios, prestándonos generosamente y casi sine die el espacio físico, y el caminar cercano con la gente de Jóvenes contra la Intolerancia, hoy derivados en Iniciativa Ciudadana Convive.
La asociación LYGA, Lesbianas y Gays de Aragón, criticable por ombliguista, poco solidaria, poco presente en los foros sociales, alternativos, revolucionarios, sin embargo hizo un trabajo rico con las personas que allí participábamos, como autoayuda y en nuestro entorno inmediato, además de ser durante tiempo el único interlocutor reconocido ante los medios de comunicación y las instituciones, cosa que otros colectivos por ser más radicales, o anti-sistema, rehusaban (o eran marginados por eso mismo)… Hoy en día creo que los estilos han evolucionado y, además de la crisis participativa y de contenido, se han limado rigideces y ganado en pragmatismo, y de una forma u otra, muchos adaptan lenguajes o formas para conseguir algún dinero a través de tal o cual subvención…
Ha pasado el tiempo. Se han logrado avances en las leyes y en las mentalidades, pero queda mucho por hacer. Aquellos que participamos en aquella movida hemos evolucionado con diferentes “envejecimientos”, unos volcados en sus intereses personales, otros aún sentimos que hay camino por recorrer, pero no cabe duda de que nadie somos ahora como somos si no hubiéramos participado en aquella cena de guiliguilis.

José Manuel Lobán Iza

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