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LA INSUMISIÓN, Y PARECE QUE FUE AYER

Ha pasado el tiempo, entramos en años, envejeciendo físicamente, aunque para mí, un rebelde nunca envejece, sigue siéndolo hasta el día que deje su hueco a otro ser en la tierra. Con el tiempo nos vamos acomodando en nuestras historias, bien en soledad, bien en compañía de la familia que hemos formado, buscándonos la vida como buenamente podemos para llegar a fin de mes, pero a pesar de todo seguimos retorciéndonos en nuestro sofá mientras asistimos al bombardeo informativo que cada vez nos abruma más y más con guerras, conflictos y el deterioro del medio ambiente, que asolan la mayor parte del mundo. Los insumisos y el fantástico movimiento que caminó con nosotros nos levantamos y luchamos contra todo esto, como antes habían hecho otros en 1909 y 1936 por poner dos ejemplos; luchamos contra la mayor expresión de lo que en el país que hemos nacido representa a ese mundo injusto que no nos gusta y en el que nos ha tocado vivir, la casta del ejército español. Un ejército todopoderoso, garante de los privilegios de los de siempre, del orden socioeconómico y de la territorialidad del intocable estado español. Un ejército heredero de la más rancia tradición militarista, colonialista y de la más larga y sanguinaria dictadura fascista que ha sometido a un pueblo europeo.

Cuando nos rebelamos contra el hecho de entregar un año de nuestras vidas a la obediencia ciega y absurda que supone la vida castrense, nos oponíamos a ser parte de la servidumbre a esa casta, acomodada en sus privilegios seculares, mediante ese deber conocido como servicio militar obligatorio, indigna tradición que de la noche a la mañana ha pasado al olvido. ¡Cuántas otras tradiciones y obligaciones sociales y morales deberían seguir el mismo camino que la mili! Resultó tan duro y tan sencillo a la vez.

“¡Has hecho veinte milis!”, me repetía la Toñi, mi madre, cuando me dejaba caer por casa, pero claro, la cuestión no era el tiempo que tuviéramos que estar obligados a prestar, un día o un año venían a significar lo mismo, sino el negarnos de hecho a realizar algún tipo de servicio obligatorio, militar o civil, a un estamento y a una sociedad que se resistían a dar el mínimo paso para adaptarse a la realidad de los tiempos y de las demandas de la ciudadanía, paradójicamente, o no tanto conociendo la historia del socialismo español, bajo un gobierno del partido socialista. Ahí radicó la importancia y la grandeza de este movimiento, que desde la calle y generando un amplio y diverso tejido social, con sus diferencias y contradicciones, con sus debates, encuentros y desacuerdos, supo seguir caminando y combinando las diferentes formas de vivir la estrategia de la insumisión, aglutinando en la diversidad, y conseguir con un derroche de ilusión y esfuerzo una victoria a la que la izquierda de este país no estaba acostumbrada; el viejo lema “derrota tras derrota hasta la victoria final”, lograba por fin su excepción a la regla.

Este camino que recorrimos y sentimos miles de jóvenes seguramente tendrá muchas experiencias, visiones y análisis diferentes. No fue lo mismo asumir la realidad de la cárcel y pasar por ella, que terminar en ella sin acabarla de asumir, bien por solidaridad con los compañeros presos, bien por la acción policial, o permanecer en rebeldía unos cuantos años con una orden de búsqueda y captura. Desde el principio y hasta el final todos y todas empujamos en la medida de nuestras posibilidades para que la insumisión lograra su objetivo final, en una lucha que no dejaba de ser una parte dentro del movimiento por la objeción de conciencia y el antimilitarismo, pues desgraciadamente el militarismo y el armamentismo siguen dominando la política internacional y sojuzgando países y economías.

¡Cuántos recuerdos, esfuerzos, viajes y energías derrochadas, desde los encuentros zonales para diseñar la estrategia de insumisión con cientos de personas reunidas, a las coordinadoras semanales, a las asambleas de los insumisos totales en las frías tardenoches que nos juntábamos los del CAMPI en la hoy desaparecida Casa Ocupada de la Paz.

Cuando recuerdo, hablo, o en este caso escribo de la insumisión y de los insumisos, me refiero no sólo a quienes nos afectó directamente esta situación, sino al movimiento que este hecho generó a nuestro alrededor. Dos fueron los hitos que creo que marcaron este camino. El primero, más espontáneo, más inesperado y el más sorprendente fue el de nuestras madres junto con algún padre, los menos, que se organizaron, denunciaron y movilizaron como creo que nadie nos lo hubiéramos imaginado cuando todo esto empezó. De nuevo la Toñi me advertía amenazante, “¡el día que vayas a la cárcel, en mi familia no queremos saber nada!”. Desde luego en aquellos momentos era lo que menos me podía importar, las advertencias caseras se diluían entre el frenesí de reuniones, papeles, comunicados y movilizaciones, pero llegó el momento que para mí supuso un punto de inflexión en esta lucha, el día que la esperanza y la confianza en el triunfo de nuestra causa se me confirmó: mi madre, la Toñi, junto con otras madres, estaba allí, ¡increíble!, en el cruce de la Avda. Sagasta y Tenor Fleta, en mitad de una manifestación por la libertad de Antonio Oriol. Aquello acabó como el rosario de la aurora, pero ahí estaban ellas, las madres de los insumisos, y de verdad hasta el final, pues cuando apenas nos quedaban energías para continuar, ellas seguían empujando, juntándose y movilizándose.

El segundo fue, por un lado, el de los autoinculpados -desconocidos para nosotros en la mayoría de los casos- que ofrecían su compromiso de verdad para lo que pudiese pasar, y no como aquellos insignes profesores de reconocido izquierdismo del Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza que, tras una reunión con un grupo de sus ilusos alumnos, nos negaron el pan y la sal en los albores del movimiento, no les fuera a salpicar a su preciado estatus. Estos autoinculpados, en principio anónimos, asignados a cada insumiso, supusieron una dimensión social con la que no contábamos al inicio de la lucha. Por otro lado cabe reivindicar el papel fundamental que jugaron los grupos de apoyo de cada insumiso, dando eso, sencilla y llanamente, su aliento en todo momento y lugar, algo fundamental para no decaer en el día a día de cada insumiso, estuviese preso o clandestino.

En la memoria permanecen muchos momentos y muchas personas, como el portero de casa de mis padres, Carmelo, siempre vestido con su mono de trabajo azul; me decía cuando iba muy de vez en cuando a verlos: “¡Cuida, ha estado la policía a buscarte, han preguntado por ti y yo les he dicho que no sabía nada, que yo no sé de la vida de los vecinos, pero que eras un chico muy majo y que no te metías con nadie!”. Claro, lo que no podían imaginar los secretas de turno es que las hijas de Carmelo también acudían las manifestaciones de los insumisos y, por cierto, hasta las de nuestro vecino guardia civil, y su hermano.

También recuerdo la anécdota de aquella mañana en que fueron de nuevo a buscarme al trabajo pretendiendo detener a otro joven al que confundieron conmigo; mientras trataba de explicarles que él no era yo apareció su gemelo y a los policías se les caían las fotos y papeles al suelo ante la evidencia de su metedura de pata. Ahora estaban ante tres sospechosos a los que detener, pero se fueron con las manos vacías.

Menos agradable fue el encuentro con la Guardia Civil, años después de prescrita la orden de busca y captura contra mi. Corría 2004, circulábamos por el Pirineo con unos compañeros de trabajo tras una dura jornada en una obra, cuando nos fue requerida la documentación del vehículo y la de todos los ocupantes; nos dejaron marchar sin más, pero, pocos minutos después, dos coches de la benemérita nos interceptaron de nuevo por ambas direcciones y, con las metralletas en sus manos, preguntaron por mí: tenía una orden de búsqueda; la tensión se deshizo con mi irónica sonrisa y mi orgullo de haber sido aún en esos momentos, un peligroso insumiso. Su despedida fue: ”¡Por esta noche no les molestamos más!” Evidentemente para ellos, sumisos impositores del viejo orden establecido, la mancha de ser insumiso, como antaño lo fue para el Quijote de Cervantes la mancha de ser converso en una sociedad dominada por los cristianos, era y es evidencia de rebeldía y peligrosidad permanentes.

Mi recuerdo también para los que nos dejaron en el camino, como los insumisos Fernando, el Bólido: él, que acostumbraba a ir en bici, murió en un accidente de circulación; a Joanvi Llopis, de Benissa, que se suicidó estando clandestino en Zaragoza; a Quique Mur, que agonizó en una inmunda celda de tercer grado de la cárcel de Torrero de Zaragoza ante la pasividad de los funcionarios de turno; a Zalo al que un cotidiano accidente laboral, ¡qué sarcasmo!, arrancó de nuestro lado; y a Eduardo Langarita, quien, a pesar del cáncer, luchó y anduvo hasta el final, como lo hizo en la marcha contra el polígono de tiro de las Bardenas, de donde yo le recuerdo por última vez. Y como se reescribe el viejo verso de Machado, “insumisos no hay camino, se hace insumisión al andar”. Nos encontramos en los caminos, salud a todos y a todas.

Raúl Mateo Otal

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  1. Ronald abril 19, 2012 15:59

    Hola he visto los videos y se me han saltao las lagrimas.

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