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LA PRIMERA CINCOMARZADA

En noviembre de 1978 celebramos la Asamblea Constituyente de la Federación de Asociaciones de Barrio de Zaragoza. No se trata de una errata, se constituyó con ese nombre (y no “de Barrios”, como se cambió después) porque no todas eran asociaciones “de vecinos”. Legalmente creo que ninguna: éramos Asociaciones de Cabezas de Familia, acogidas a la ley de 1964, y una Asociación de Propietarios. Desde los primeros años de su aparición había funcionado una Coordinadora de Asociaciones de Vecinos sin personalidad jurídica, pero la evolución político-social iba demandando tener un estatuto legal que nos confiriese mayor y mejor entidad frente a la sociedad y frente a la administración.

Es interesante recordar algunos párrafos del preámbulo del Programa aprobado en aquella asamblea. Respecto al sentido del movimiento ciudadano se comenzaba diciendo:
“Los grandes capitalistas han encontrado en la ciudad, y más en particular en los barrios, un nuevo campo para obtener sustanciosas ganancias a costa del deterioro de la vida en la gran ciudad. El barrio se ha convertido para ellos en el final del ciclo de explotación que comienza en la gran empresa. Inmobiliarias, constructoras, empresas concesionarias de servicios (transporte, basura, abastecimiento) y grandes cadenas comerciales, tienen la ciudad como fuente de sus ganancias privadas.” ¿Son tan anacrónicas estas frases?

El primer Secretariado, órgano de gobierno de la Federación, estaba constituido por cinco personas: Ricardo Álvarez (Torrero), Ricardo Berdié (San José), Virgilio Marco (Picarral), José Luis Martínez Blasco (La Cartuja) y Santiago Villamayor (Almozara). El primero y el último eran independientes, ligados a grupos cristianos alternativos (Comunidades Cristianas Populares); el segundo y tercero pertenecían entonces al Movimiento Comunista; el cuarto era miembro del Partido Comunista de España.
Fue éste último, José Luis Martínez, quien, allá por el mes de enero de 1979 planteó la necesidad de recuperar la Cincomarzada. Algunos ni siquiera habíamos oído hablar de ella. Tuvo que empezar por explicarnos su historia, como celebración de la defensa que los ciudadanos hicieron de su ciudad en 1838 frente a una columna carlista, y cómo había cristalizado en una fiesta popular campestre en la Arboleda de Macanaz, fundamentalmente. Dado que la acción había tenido un franco carácter liberal (de izquierdas, diríamos ahora) al defender el orden constitucional vigente, la fiesta sólo se celebraba con los gobiernos liberales y era prohibida cuando subía al poder el partido conservador (la derecha). Es sabido que el bipartidismo español no es de hoy y que hasta los funcionarios cambiaban cuando cambiaba el gobierno, generándose la casta de los cesantes.

La iniciativa fue respaldada unánimemente por los demás miembros del Secretariado y así la transmitimos al conjunto de asociaciones de la Federación, que pusieron toda la ilusión política que llevaba asociada el evento. Era obvio el fuerte carácter político que siempre se trataba de dar a las reivindicaciones del movimiento ciudadano, tratando de poner de manifiesto las vinculaciones entre administración-falta de libertades y capital-explotación.

Hacía más de tres años que Franco descansaba (evocadora palabra) en el Valle de los Caídos, pero todavía la policía nacional exhibía sus grises uniformes. Así ataviados, y con varios caballos debajo, nos esperaban a las diez de la mañana del domingo más próximo al cinco de marzo del 79 en la Arboleda de Macanaz, sitio elegido para conservar las tradiciones interrumpidas desde la Guerra Civil del 36.

La negociación fue tensa (ya era un gran logro el poder “negociar” con las llamadas Fuerzas de Orden Público) pero era evidente que no iban a dejarnos tener la fiesta en paz. No faltaban los partidarios de mantener a ultranza la convocatoria, aun a costa de alguna costilla. Los propios del lugar, léase del barrio, dijeron entonces que en las proximidades (Parque del Tío Jorge) se jugaban los domingos varios partidos de fútbol y que siempre había mucha gente. Y, la verdad, a aquella temprana hora casi había más grises que vecinos junto al Ebro.

Con lo cual, la decisión que se adoptó fue la de recoger bolsas y garrafas y pasear en aquella soleada mañana (eso sí) hacia el parque próximo. Curiosamente, la transición debía de comenzar a hacer sus efectos, porque los grises se perdieron por el camino y ya no los volvimos a encontrar.

Fue la primera Cincomarzada del postfranquismo, cuando el cinco de marzo no era fiesta en ningún sitio (como ahora) y tampoco en Zaragoza. Y, como es obvio, en esa mañana de domingo no hubo en el Parque del Tío Jorge ni megafonía, ni escenarios, ni multitudes. Tan sólo un grupo de vecinos de las asociaciones con una pancarta, dispuestos a recordar una antigua tradición de la Zaragoza liberal que logró sintonizar en el imaginario colectivo, tal y como demuestra la evolución y pujanza de la fiesta hoy en día. Pero su carácter reivindicativo, que las asociaciones de vecinos han querido mantener,  ha tenido que dejar lugar, en conjunto, a otro más festivo y despreocupado.

Al año siguiente ya se consiguió involucrar al Ayuntamiento. Y a partir de ahí no faltaron nunca las “autoridades”, es decir, los “vulgares” (de vulgo, pueblo) colegas de la Federación del año anterior y que ahora eran nada menos que concejales, tan importantes y decisorios como una comunidad autónoma ante una multinacional. Llegaban, concienzudos y respetuosos, a ver, oír y… dejarse criticar, esa es la verdad, pues tenían muy claro a quien se debían, y si no ¡bueno era el movimiento vecinal entonces para recordarles que solo eran portavoces, que no se profesionalizaran y que en pocos años, fuera! ¡asamblea popular!. Era uno de los  momentos de simbiosis entre los partidos de izquierda y las organizaciones populares en un clima de ánimo transformador y de discusión ideológica tan frecuente en esos años de exaltación por el cambio democrático real.
En aquellos primeros tiempos llevaban fama las calderetas de la asociación del Arrabal. En general, los cutres garitos -meros tablones sobre caballetes y abundantes pancartas reivindicativas con los problemas del barrio, a ver quién la ponía más grande- trataban de atraer la participación, vía chorizo y longaniza a la brasa. Siempre había algunas asociaciones muy competentes y preparadas, como la del Picarral, que, aprovechando la proximidad, montaba verdaderas comilonas, con silla incluida, que posteriormente adquirieron el bouquet del servicio de hostelería del TOPI. En el pequeño garito de La Almozara no faltaba nunca la alusión a los malos humos y, tal y como hicieron en las primeras fiestas populares del Pilar, con una carroza imitando la Química y echando humo. Sus brasas siempre parecía que olían mal.

Una anécdota final de esa asociación. El año del tejerazo o 23-F, 1981, montaron una especie de caseta de feria en el que colgaron una teja con un par de puntiagudos bigotes y animaban al personal a tirar la pelota al grito de “¡tiro a la teja, tiro al… (Tejero)!” . Los premios no fueron sustanciosos pero el entretenimiento y jolgorio se pueden imaginar.

Ricardo Alvarez

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