CONTACTO

LA REBELDÍA VIVIDA

Yo no fui rebelde por el hecho de montar el BV-80 (abrir un garito de semilujo en 1981 en la calle Doctor Palomar no se puede declarar precisamente como un acto de rebeldía). Lo era ya de antes y lo retomé al darme cuenta de que mi conveniencia andaba reñida con lo que estaba por llegar: la imprescindible ruptura con el sometimiento a la dictadura del progre, de los que habían luchado contra el franquismo, que parecíamos ser todos y en escasos años ya desprendía un espeso hedor a rancio. Sublevación a la cual me apunté y promoví desde un BV-80 en el que a principios del 81 se escuchó la primera explosión punk de la ciudad en una fiesta de cuatro días con diferentes alienígenas y algunos de aquí, recitaron poetas locos, comenzaron a formarse, a ensayar y a tocar los primeros grupos de pop-rock de los 80 y a desarrollarse las compañías de teatro que después han sido y son la vanguardia de esta ciudad.Y es que todavía soy un rebelde, aunque quizá debiera ya dejarme dirigir por el bolsillo.
La rebeldía multiplicada anidó en el BV-80. Pajita a pajita la construyeron los picos de La Rocky: primer ser con espíritu y ánimos punkarras de Zaragoza. Llegó de Madrid a finales de 1980, donde se relacionaba con Alaska, Ramoncín y compañía, y al poco de comenzar el 81 formó el segundo grupo con pretensiones punkies de estos lares (el primero lo hizo varios años antes su cuñado Dionisio Sánchez): Ratas de Cloaca, que enseguida lo serían “del Huerva”, aunque de punk sólo tuvieran las ganas y la imagen de ella.
Jamás la escuché querer grabar un disco, pero sí llamar a Ramoncín “tarta de mantequilla” por prostituirse con las discográficas, o despotricar contra Alaska porque, aún siendo amigas, con tierna edad necesitaba ir todos los días a las mejores peluquerías para que la atusaran e hicieran la manicura.
Zaragoza comenzaba a ser una ciudad imberbe (nunca mejor dicho), mucho niño moderno de los que después llamarían posmodernos, pero ninguno tenía el desprendimiento social necesario para pertenecer a la movida que La Rocky soñaba (si Alma hubiese cumplido dos o tres años más…) y se nos fugó a Barcelona antes del Primer Concurso de Rock en el 82, quizá siguiendo a la cantante de mismo espíritu de uno de los grupos que nos visitó. Allí consiguió formar los que deseaba (entre ellos, Las Gambas) y alrededor de los treinta murió, seguro que con pena de no poder ir más allá sin necesidad de alcanzar la gloria.
Alma, más tarde La Coca, portaba alma rebelde antes de descubrir el punk. Eso fue en el BV-80 con trece o catorce años, de la mano de La Rocky y esa primera concentración punk ya mentada. Con Alma hablé a menudo en mi bar y en la casa donde vivíamos (fuimos vecinos). Se reía de los que hacían música por triunfar o ser famosos; sólo pretendía protestar por todo y ¿por qué no cantando?
Persiguió a los primeros “durillos” de la ciudad que se decían punkarras (aunque en la época los tachaban de heavies) a raíz de escuchar sus primeros conciertos en el BV: Cadáveres Aterciopelados, hasta conseguir “encontrarse”. Se apuntó a ellos, llamándose durante días Alma y los Cadáveres. Ya autoapodándose La Coca, su rasmia los desenarboló de tal manera que pasaron a ser Cocadictos (adictos a Alma), pues lo que es la farlopa, en aquellos inicios la cataban sólo los ricos, las putas caras desquiciadas de lujo o los caprichitos de los grandes camellos de giba y media.
Su descarado desprecio de lo establecido no quitaba para que fuese un primor, un dechado de amor. Su candor, su limpieza de espíritu, dejó que la sobrepasara ese otro ánimo falso de los que se aprovechaban de tal inercia para sobresalir, aunque sólo fuera de debajo de las alcantarillas, y murió por las mismas fechas y de igual manera que su maestra, La Rocky.
Mauricio Aznar. No comenzó en la calle como muchos cantantes de metro, a ver si pegan el pelotazo y alguien los ficha; así le ocurrió a Pulgarcito o Mercedes Ferrer. Empezó de gallito, peleándose, queriendo destacar por esos “clubes” (como dice el Bunbury, como él), en el BV-80, en Santa Isabel y el Rincón de Goya durante el Primer Concurso de Rock. Se convirtió en rebelde después, tras conseguir el sueño (grabar) y percatarse de en qué mierda se había sumergido (las discográficas). ¿Para qué intentarlo de nuevo? Coreando el personal sus canciones e incluso interpretándolas los dioses “Héroes del Silencio”, se tiró a la calle a pasar la gorra después de cantar acompañado de su guitarra.
Cierto día, en pleno paseo Independencia, un amigo de mi amigo, tras escucharlo, le dijo: “Con lo conocido que eres ¿por qué no te buscas un trabajo decente en vez de pedir limosna? Cualquiera te lo dará”. A lo que contestó: “Yo ya tengo un trabajo, soy músico”.
[La fama emborracha]. Paco Cester, el cantante que hipnotizó a Bunbury y a los Valdivia en el BV-80 por medio de los Aborígenes del Cemento (gracias a lo cual existen hoy Héroes del Silencio), comenzó cantando canción protesta. No sé si por estar demodé y venirnos rebelde o por ganarse unos duros (¿por qué no las dos cosas?). Y continuó siendo rebelde al incluirse en el grupo cosobajero que yo había creado. Sólo pretendían hacer lo que les gustaba: alborotar a la peña con su música de llanos chicos de barrio, y lo consiguieron, viéndose rodeados de un sinfín de adoradores de su rienda suelta. Por aquel entonces sólo uno de ellos aspiraba a ganar dinero con tal cosa y los dejó, eso resultaba imposible. Lo sustituyeron por otro que no era de su cuerda (les advertí), venía del Aula de Barcelona con ganas de medrar y les vio posibles si daba calidad a su rebeldía (¿se puede dar calidad a la rebeldía? ¿eso no sale de las entrañas?) y se desmandó a libre albedrío.
En cuanto comenzaron a llamarlos a sus casas para entrevistarlos con diecisiete años y, tras llenar el Rincón de Goya con dos mil seguidores de su primigenio “rock cosobajero”, se les fue la pelota al tejado del nuevo. Fue el primer grupo de rock al que quiso grabar la EMI y la rechazaron. Ya no por rebeldía, sino porque intelectualizados (más su música y pretensiones que ellos) por el nuevo componente en jefe, perdida la inocencia y ya en una nube enturbiada de éxito, se presupusieron quizá dispuestos a más altas cotas celestiales (¿por qué no al Olimpo?) como para morir en una casa de folclóricas. Habían perdido el norte.
Mirándolo bien, el no querer vivir junto a Lola Flores o Sabina igual fue el último coletazo de esa rebeldía ya soterrada. Como les vaticiné, Aborígenes y su furia desaparecieron en seis meses.
Rebeldes fueron: Carlos Martín, Gaby Moreno, Balbino Lacosta, Pedro Rebollo, Lola Pina, Miguel Galbe…, y ahora viven del teatro, de la rebeldía primera a la que dieron escape libre en el BV-80 y a raíz de él. Salieron de la Escuela de Teatro. Supongo que fueron allí en busca de un camino por el que poder expresar algo. Ninguno tenía pinta de representar para alcanzar la divinidad que ahora, después de muchas hostias, seguramente pretenderán.
Se estrenaron en el BV-80 “destrozando” una obra clásica y les quedó cojonuda. Su ilusión máxima era divertirse satirizándola. Como primerizos, agradecían la anuencia de a quienes estaba dirigida. Tanto fervor vieron, que se preguntaron dónde había estado el fallo. Y se dieron cuenta de que lo que querían era provocar, remover las conciencias y las tripas, pero ya había un grupo en Zaragoza que lo llevaba a cabo disfrazados de clásicos. Era El Grifo (éstos llegaron a pensar de los susodichos que serían sus sucesores).
En los sótanos del BV comenzaron a experimentar. Un día encontré a los componentes de Yo Bufón medio desnudos, danzando en círculo sobre un gran charco de leche que Lola Pina les capuzaba por encima de sus cabezas, resbalando blanquecina por los torsos y harapos desgarrados anudados a las caderas.
Cuando dejé el BV se convirtieron en Acratea Anemosa y rompieron los cánones teatrales de esta ciudad y, por qué no, indirectamente  de España. Empezaron a usar materiales industriales, gorros de goma antiguos, gafas de soldador, cadenas, botas de caucho, y se pintaron los cuerpos al óleo de color naranja (iban por la vida con los poros anaranjados) o con betún o grasa de mecánico, pelos incluidos. Pero tuvieron que enfrentarse a nuestros políticos, y ahí se cagaron en su rebeldía. La Fura dels Baus (que se formaron a raíz de flipar con los Grifos en la rambla de Barcelona) los siguieron hasta la fuente, hasta Zaragoza, donde seguro vieron las performances que realizó Roberto Barra (nuestro “Boby” de El Grifo) en la Galería Caligrama, pues actuaron allí siendo Error Genético, o las que realizó por iguales fechas Acratea Anemosa en los bajos del Mercado Central.
Por supuesto, nuestros hombres o mujeres que eligen como profesión la política, que siempre piensan en lo de fuera como algo mejor, contrataban a La Fura, ya financiada, protegida y encumbrada por la pasta de la Generalidad y las televisiones fácticas. Los políticos, por medio de la desilusión, acabaron con esa rebeldía bruta y nuestros chicos se sobreintelectualizaron. Que no tiene por qué ser malo, sólo que aquí hablamos de lo que hablamos.
De los Grifos, coetáneos del grupo Forma, aunque nos sobrevivieron y compraron los derechos para publicar la revista de El Pollo Urbano, que permanece en su formato para la red, hablaré más tarde.
Los Forma rompi-mos-eron (está por estudiar, pues todavía no se ha aclarado si pertenecí o no -depende de quién lo cuente-, por supuesto en alma sí. Léase: Manifiesto del Pollo Urbano, procesos investigatorios hombre-arte-naturaleza, exposiciones fantasmas, arte-provocación en la calle, elucubraciones impertinentes en el estudio (lugar donde nacían y morían la mayor parte de nuestras astracanadas premeditadamente desintelectualizadas) y exposiciones oficiales documentadas)  con todos los parámetros de la ciudad establecidos para arte de vanguardia, e incluso se pudieron descuadricular los de España y los del mundo entero si los sanos celos inherentes a toda actividad compartida no hubieran encapullado, metamorfoseándose en protagonismo individualista. Ahí llegó la destrucción de la rebeldía y, por lo tanto, del grupo.
Fuimos los raros, las fuerzas preponderantes nos hacían vivir en una contradicción. No éramos antifranquistas oficiales, pero tampoco como encontrados a las izquierdas nos podían reconocer. Escapábamos a las entendederas de todos simplemente por joder mentes obtusas. La izquierda se arrimaba a nosotros para encaminarnos hacia su provecho, mientras el franquismo buscaba lo mismo permitiéndonos exposiciones y actos en galerías de arte, que ahora en tiempos socialistas se le censuraron en plena universidad a Manuel Marteles (miembro del grupo) y al Vaso Solanas. O nos patrocinaban exposiciones oficiales en fundaciones de rancio abolengo madrileño y otras ciudades. Querían encauzar lo que no entendían y les preocupaba. Y nos reíamos, nos reíamos mucho, aunque de nadie en particular. Era nuestra rebeldía troncada en la provocación por la provocación, que transmutaba en arte cuya esencia (nunca por esencia ha de ser lo mejor) colgaba ya en los museos. Teníamos de dieciséis a veinte años y aun así la historieta sería larga de contar, merece libro aparte, lo que traería el coñazo de extensos y sesudos estudios de análisis.
Los Grifos… Bueno, ¡qué voy a contar de los Grifos que no se sepa! Sólo (por si esto lo lee algún crío) que incluso a mí, ya en el BV-80, intentaron abducirme para el Imperio. Porque el Grifo llegó a formar una corona imperial con emperador y todo (Eusebio I, primer vagabundo oficial de la ciudad), por supuesto, un títere; manejando los hilos de la gobernabilidad, y sigue al mando, Dionisio Sánchez, “Gran Visir de todos los morubes zaralonianos”, que continúan siendo muchos y poderosos. Léase historia del Grifo y, en cuanto se publique, “Las noches del BV-80”, para saber lo que vale un peine, el de la rebeldía descarnada por antonomasia.
Santiago Meléndez, quizá otro rebelde. Yo ya lo conocí triunfante. Conquistó el BV con la obra de cabaret más histriónica y disparatada (cojonuda) que se ha creado nunca: “Boulevard Magenta”. Fue director y actor con el grupo La Mosca, trabajando en un café teatro sólo por realizar a lo grande, sin pasar por el subvencionismo que encumbraba provincianamente, a base de millones de la época, a grupos caducos e inefectivos que jamás salieron de Aragón si no era con el teatro comprado. Dinero que podía haber ayudado a pasear triunfal por méritos propios a Teatro del Alba con su “Cantar de Bestias”, grupo y espectáculo que montó Santiago con María José Pardo con el dinero ganado a pulso, día tras día, en el BV-80, para acceder libre a los grandes escenarios. Como también a los Grifos, que no recibían un duro ni para maquillaje (no sé si por ello despotricaban contra los políticos, o no se lo daban por despotricar; yo creo más bien que su política fue no hacerse merecer y así poder seguir llevando a los políticos en candelero para su propio uso en el espectáculo). O a la propia Acratea Anemosa y otros con dignidad sobrada para mostrarse mostrándonos. Pero ¡qué joder!, a los pintores (por lo menos entonces) no nos daban ni para pinceles (¿acaso se podían pedir a alguien?). Debíamos robar todos los carteles de los circos encadenados a las farolas, para pintar sobre ellos.
Jaime Ocaña, que empezó en el BV-80 como músico absolutamente vocacional, tenía como única pretensión poder tocar y cantar con su grupo Stradivarius. Siempre estaba dispuesto, aun sin haber un duro de por medio. Aguantó años como músico formando diferentes grupos, creo que teniendo claro que jamás iba a comer bien de ello. Pero a Ocaña, ya en el BV le noté que la sangre que corría por su cabeza fluía rebosante de un humor emplaquetado, que tanto podía irse a lo trágico como a lo cómico. Y se demostró más tarde. Tiene don para la escena y nos regocijamos disfrutándolo en ella.
De esto se percató no hace más de pocos años Pedro Rebollo (que ya triunfaba como actor), invitándolo a realizar una obra juntos. Ahí se desvirgó y convenció de que lo suyo era el teatro, pero aunque todos lo reclamemos, los escenarios o los amigos, para lucimientos personales en actos semiprivados, él sigue haciendo exclusivamente lo que le gusta; incluso ha rechazado liderar programas televisivos de audiencia porque no le obliguen los guiones sin su aprobación. Todavía en el 2008 no se ha convencido de que para convivir en esta sociedad acelerada por la comunicación inmediata es necesario disponer de teléfono móvil.
Alfredo Sáez y Belén Pérez, personajes singulares donde los haya, empezaron en el BV-80. Él de profesor y ella de alumna, desarrollando teatro. He trabajado con ellos en obras de creación artística contemporáneas y no los conozco. Él dice que me admira y aprecia, sólo que estamos en dimensiones diferentes. Yo también los admiro y los aprecio, no sé si de igual manera, pues tampoco sé qué dimensión me asigna, pero respeto su comportamiento con respecto a mí, aunque me joda (esto se dilucida en “Las noches del BV-80).
Alfredo consiguió crear un taller de expresión ultrarrevolucionaria en el año 81 en uno de los centros más clasistas de la ciudad: el Colegio Alemán, y sacar de sus entrealgodones a cuarenta y cinco críos y crías de ocho a dieciocho años, todos revueltos, a actuar a un garito de noche como el BV-80. Rompiendo todas las constantes, tanto escenográficas como “éticas”, fue el espectáculo que más ha impresionado mi vida. Del BV pasaron a realizar teatro de calle, alucinando al personal. Esta fase, de escaso año y poco de duración, tuvo merecido broche con una filmación llevada a cabo por el programa de tv sobre teatro de vanguardia “El Carro de la Farsa”, emitida por la 2 de TVE. Y ahí es donde vino la rebelión. Alfredo quemó los barcos, o sea, todo lo que tuviera que ver con el inicial taller. Con los alumnos que le echaron cojones u ovarios fundó la Compañía de Danza Dies Irae, siempre rompedora y espectacular.  Belén fue su estrella y comantenedora.
La audacia de Dies Irae ha ido casi siempre acompañada de la negra. Lo cual llevó a esa personalidad tan “en otra dimensión” a ir dejando detrás una auténtica rastra de enemigos o, cuando menos, de insatisfechos, con tal de seguir existiendo. Y existen a pesar de todo, y sobre todo, por encima de todo y del hambre. Dies Irae continúa por rebeldía. Contracorriente.
Javier Krahe y Joaquín Sabina presentaron sus primeros discos a nivel nacional en el BV-80. Actuaban en un garito llamado La Mandrágora de Madrid. De allí, la primera vez que salían a cantar fuera como es debido, con prensa especializada, en el momento influyente en las ondas nacionales, fue al BV-80, y la engancharon. Tola los había llevado a su famoso programa televisivo “Si yo fuera presidente” y armaron la de dios por la rebeldía que denotaban sus canciones, pero nadie apostaba por ellos. La CBS contrató a Sabina con idea de que escribiera letras destinadas a abastecer a su cuadra, visto el éxito obtenido por Pulgarcito con “Pongamos que hablo de Madrid” (el primer sitio donde se escuchó fuera de La Mandrágora de la voz de Sabina fue en el BV-80). Y a Krahe lo mismo.
Pero he aquí que el empeño de un vecino de la Magdalena, José Antonio Checa, en que se les escuchara en directo fuera de la Corte (junto a Kike Gallego, los trajo a mi garito) dio frutos. Igual que lo hacían en La Mandrágora, encandilaron a todos los presentes con sus canciones, y desde Zaragoza se les promocionó a nivel nacional, triunfando al poco en todas las Españas con su nuevo disco “La Mandrágora”. Tanto las letras como su manera de vivir rezumaban rebeldía, pero ya en el BV-80 se vio quién era el auténtico rebelde: Javier Krahe.
Aun con natural sonrisa y actitud permanentemente angelical, venía guerrillero, dispuesto a enfrentarse al principal crítico de la ciudad que días antes lo había puesto a parir por no sabe tocar la guitarra ni cantar (el resultado de esto más sus letras da poesía pura, ¿por qué, pues, ha de romper la fórmula?). Y lo hizo, saliendo al quite Sabina, por amistad o por si acaso de rebote le alcanzaba algún perjuicio. La crítica hecha por Matías Uribe de su actuación en el BV-80 fue favorable, tanto que, veinte años después, dicho crítico publico en Heraldo que el mejor directo que había visto en su vida fue en un garito “progre y cultureta de la Magdalena”. “Primer local alternativo de la ciudad” lo llama en su libro Polvo, viento, niebla y rock.
La postura de estos dos personajes cara a la vida quedó clara pocos años más tarde, ya gobernando Felipe González, con Sabina arrimando el hombro al ascua que más calentaba. Sucedió, ya deshecho el trío Krahe – Sabina – Alberto Pérez, en un concierto electoralista multitudinario del PSOE dado en un estadio, retransmitido en directo por TVE y con Sabina de protagonista, al cual se le ocurrió invitar a cantar a su amigo Krahe.
Lo vi hace escasos tres años, porque el directo retransmitido se censuró cortándolo en seco en cuanto Javier comenzó a cantar “Manitu” para que lo siguiera Sabina, al que no quedó más remedio (aunque sólo hay que ver su cara de circunstancias en el vídeo que él mismo rescató de las fauces de la televisión pública, conservándolo en secreto durante muchos años, y se creía perdido).
Ahí comenzó el declive de Krahe y lo hizo a sabiendas. La canción se metía descaradamente, ante miles de miembros del partido y simpatizantes, con el que “pagó la fiesta”, con el que (como la mayoría de los políticos) piensa que el dinero público sale de sus bolsillos: Felipe González. Gracias que mentes lúcidas lo rescataron del ostracismo y Javier Krahe ya lleva años embelesando a intelectuales, universitarios y gentes de frente despejada.
Vicente Sáez y Cristina, de igual apellido y cuna, fueron tanto monta, monta tanto, pero me voy a centrar en el que ya murió hace dos años de una enfermedad degenerativa, la misma que la mantiene a ella condenada a una silla con ruedas, auque su mente siga volando. Continúa, ahora dirigiendo cortos e incluso actuando en ellos.
Vicente, ya escribiendo guiones con tierna edad, fue más genial interpretándolos en el BV-80. Un genio de la improvisación y el absurdo. Con lo único conocido que lo podría comparar es con Dionisio Sánchez, pero él nos hipnotizaba a pelo, sin gasolina. Llevaba el teatro en las venas y lo desarrollaba por pura necesidad vital, por sobrevivirse, aunque nunca a sí mismo (como los que soñamos la divinidad).
Les perdí la pista durante años y me sobrecogí cuando, al regreso de mi huida hacia la costa, reencontré tanta energía postrada en sendas sillas de ruedas. Pero me alegré viendo que su rebeldía no había sido vencida. Seguían creando con ilusión desde ésa, para mí, nueva posición.
Santi Ric. ¡Coño con el muchachito! Dice que en tiempos del BV, e incluso después de la Muestra de Pop-Rock, no sabía qué era. Ahora sí: punky.
Nació a la vida musical en el BV-80. Sus primeros conciertos los escuchó en él. Creyó haber encontrado su camino punkarra a raíz de ver allí a los Cadáveres Aterciopelados. Seguidor de Aborígenes del Cemento, al igual que los Valdivia, Enrique Bunbury y tantos, se hizo gran amigo de los que tenían su misma edad, alrededor de los quince. Eran los Rebel Waltz, nombre del grupo con el que Sanjo Pérez, Rafael Ortiz de Landázuri, Ángel Bailo y el propio Enrique, realizaron en el BV-80 su iniciación musical bajo la tutela de otro chaval de igual edad que, como amigo, sin tocar ni cantar en ese momento, no les podía hacer más que de representante: Alfonso Macarro (al poco entró como cantante Daniel Sanz).
Santi, por amor a la música (aunque yo diría más bien: a la movida del BV-80), se nos convirtió en el periodista musical más joven de la historia conocida. Con catorce años ya preparaba su fanzine The Cachirulo Sound, siendo el informador mejor informado de la ciudad, sólo que hasta meses más tarde no pudo sacarlo por no tener el dinero para las fotocopias con las que se realizaban. También, por amor a la movida ya zaragozana o quizá por rebeldía, fue miembro muy activo (como el setenta por ciento de los hijos del BV-80 que lo compusieron) del GOM (Grupo Organizador de la “Muestra de Pop, Rock y otros rollos”, la revolución alternativa del año 1984 más gorda que se ha hecho en esta ciudad y posiblemente en España: cincuenta y siete grupos de música y multitud de actividades culturales y artísticas desfilaron por la antigua Feria de Muestras en tres días).
Pero el acto más puro y bello de rebeldía jamás llevado a cabo fue que, chicos como Macarro, Santi y otros, educados y fustigados mentalmente en colegios de curas, resultaran capaces de ir en busca de una segura excomunión sólo por poder ver a sus amigos, a Enrique Bunbury, tocar en el BV-80.
Santi continúa loco por el mundo acompañando al cantautor más loco de España: Manolo Cabezabolo.
Y yo, aquí se ve, sigo con mi comportamiento de siempre. Así que… ¡Vamos! ¡Censuradme, cabrones!

Valtueña

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