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LA TAPIA DEL CEMENTERIO DE LA CARTUJA

The Runaways, Bikini Kill, Siouxie and the Banshees, The Mo-dettes, The Raincoats, Lene Lovich, Martha and the Muffins, y un montón de chicas más a las que quise imitar de inmediato.

La puerta de nuestro local daba al campo. Al cielo, a la tierra cultivada de Zaragoza.

Sin aceras ni rellano. La batería, el amplificador, el micrófono y las alcachofas. O la alfalfa, o las habas. Los cultivos en la puerta rotaban a la misma velocidad que los grupos en los locales de ensayo.
Todavía recuerdo la primera vez que escuché a El Regalo de Silvia en casa de un amigo. Sonaban en el programa de Cachi,  Sangre Española. No me lo podía creer. ¿De Zaragoza? ¿De mi barrio? Aún hoy es increíble. Lo del Regalo y lo de que sonaran en medio de radiofórmula.

Yo para entonces ya me había comprado la guitarra, la única vintage que encontré en la ciudad. Una imitación asequible que compré con uno de mis primeros sueldos. En mi barrio, a las chicas no nos llegaba para guitarras con las propinas.

Y un poquito de aprender. Un acorde. Dos acordes. Tres acordes. ¡Ya basta de blues!

Al poco tiempo de conocernos Silvia, Nines y yo empezamos a tocar en el local de El Regalo de Silvia.

1994. Un nombre. La Nube. Pues bien.

Pepe llegó enseguida, mejor dicho estaba, porque no se perdía ningún ensayo a hurtadillas, fue cuestión de días que pasara a ser “una más”. A medias piratas, a medias los grupos.

Pepe y Silvia hacían doblete, primero El Regalo de Silvia, después La Nube. Sesión continua para ellos,  terapia y desahogo para todos.

Por el local de ensayo pasaban lo mismo ratoncillos y lagartijas que Iguanas, Caracoles y Flores Venenosas. Y por encima de tanta naturaleza, el cielo y La Nube, a veces más pop, a veces más punk, como el tiempo.

En realidad el local no estaba en La Cartuja, sino en medio de ninguna parte entre Zaragoza y Alcañiz. En la carretera. Al final de la tapia. Veinte locales, treinta locales, todos iguales, todos diferentes. Ladrillo visto, puerta de chapa y uralita. Deluxe.

El nuestro estaba al final, el penúltimo en las afueras. La Moraleja.
En primera línea de campo. Marina D’Or.

Al volver la esquina amarilla, marrón y gris del continuo, como una tela de doble ancho. De cuatro o cinco filas, de muchas columnas.

Metros y metros de cuadros que acompañaban como pereza a la ida y las emociones al volver.

El camino, que la mayor parte de las veces hacíamos a pie, era interminable. Cansino los días de sol, en los que te fundías con las paredes de una tapia bien orientada al sur, y jodidamente frío las noches de invierno.

La tapia silenciosa del cementerio era un mar embravecido cuando el cierzo volteaba nuestras guitarras y, cuando llovía, mojarnos nos dolía en las fundas, que siempre nos acompañaban.

Mejor eso que dormir con inquietudes y darte cuenta, de un día para otro, de que no habían dejado en el local más que las canciones.

Tapia arriba, tapia abajo.

Desde el local un cuarto de hora a buen paso, un falso llano para empezar, la pared sin un cobijo, un puente sobre las vías y al final, junto a las cocheras de Tuzsa, la primera parada del 38. Sin marquesina.

De vez en cuando teníamos visitas, que eran como excursiones programadas porque casi nadie tenía coche. Amigos, colegas, sesiones de fotos… Concierto privado.

Un montón de decibelios a puerta abierta terminaban en silencio, sólo roto por algún armónico, algún redoble de última hora y unas risas.

Al principio, en los bolos,  escuchamos muchas estupideces acerca de las chicas y la limpieza de los locales, el peso de los amplis, de las guitarras, la manicura y “el botón de la distorsión”. En mi caso contestaba según lo aburrida que estuviera y generaba conversación o mala leche. Las más de las veces no había lugar a conversación.

Los grupos de chicas no eran muy comunes por estos lares. 1995. “Se parecen a Dover”… a ver, dime otro grupo de chicas que canten en inglés. Tic, tac, tic, tac.

Tapia arriba. Tapia abajo.

El primer concierto de La Nube, todavía trío, fue en el Piramys, de teloneras de Manolo Kabezabolo. Llenazo total. Y como hubo amigos que se quedaron fuera, tras la estrella, otra vez La Nube. Las cuatro canciones que teníamos. De tirón. Éxito de público y crítica. A ese concierto le sucedieron otros dos, allí mismo y en el Utopía (pequeño pero matón) teloneando a SpitBoy y Tribe 8, respectivamente. Por el Utopía también pasaron MDC (Million Dead Cops), punk y más punk. También los teloneamos. Lo más granado de  California en Zaragoza.

El punk y las Riot Girls pasaron por aquí. Y nos aprovechamos de sus amplis americanos. Doy fe.

Se acabó el concierto. A recoger. Tapia arriba. Tapia abajo. Tapia “de lao”.
Después, una mudanza, grabaciones, críticas, conciertos, ¡pipa! ¡manager!. Un local más amplio. ¡Sólo para nosotras! Más conciertos. Otro disco. Y fin.
Ganar un accésit del Villa de Bilbao, el primer Sonda, la edición del 97 del concurso de pop-rock de Uncastillo, salir de copas por Bilbao con Mamen de Las Vulpes, tocar en la Enbruto, la Multiusos, el Príncipe Felipe, en los conciertos de Radio 3, desde Girona hasta Murcia, en todas partes, el encuentro con Grabaciones en el Mar, las dos visitas a  la sala Maravillas de Madrid, las dos portadas de “El Pez que Todo lo Ve” y pasarnos a echar una cerveza al Isabelo en una limusina son sólo anécdotas.

En plena naturaleza, junto al cementerio de la Cartuja y las alcachofas. Tapia arriba, tapia abajo, hiciera frío o calor, todo eran satisfacciones.

Tres mujeres y un punki. Ésa es mi experiencia musical y vital de los noventa.

Cristina

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