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LA TRANSICIÓN POLÍTICA

Como sabéis en la transición política en nuestro país no hubo un proceso de airear los trapos sucios, al estilo de lo acaecido en Suráfrica con la Comisión para la Verdad. Los que llevaron la iniciativa en este proceso se preocuparon más bien de echar tierra sobre el pasado; implantaron la democracia  sobre la base del olvido. Ello comportó que la espina dorsal de la dictadura (sus instituciones represivas) nunca fuera desmantelada, manteniendo, cuando no promocionando a puestos de mayor responsabilidad, a muchos de sus miembros  más destacados. Es el caso de funcionarios de prisiones que terminaron de directores, o miembros de la Brigada Político-Social (la BPS)  o policía política de la dictadura, que siguieron ascendiendo en el escalafón.
El final de los setenta (pese a nuestra inconsciencia juvenil) lo recuerdo como años muy duros: estado de excepción en Euskadi, treinta o cuarenta muertos al año causados por la policía al reprimir manifestaciones de protesta (obreras, antinucleares, de profundización de la democracia, estudiantiles, etc); años que caracterizábamos como de los coletazos de muerte del fascismo, de ahí su virulencia.
Del comienzo de los ochenta recuerdo aquellos carteles de “La droga mata” a los que los grafiteros añadían: “…y el paro remata”. El auge del felipismo o del PSOE (renovado del Congreso de Suresnes), construido en cuatro días según se decía, a base de maletines repletos de marcos alemanes, trajo consigo la desmovilización social. Dado que ya estaban ellos en el poder (¡?) no sólo todos los demás sobrábamos, sino que los jóvenes de izquierdas eran tratados como desestabilizadores del sistema. Recuerdo de aquella época un cartel de presentación de un acto en la ciudad de varios poetas: el aragonés Ángel Guinda, Leopoldo Panero y un tercero del que no recuerdo el nombre que, con un fondo rojo y la imagen de un diablo en negro decía: “¡Más margen, malditos¡”. Esa frase creo que expresaba de modo bastante acertado las sensaciones que teníamos gente que nos considerábamos de izquierda, huérfanas de partidos o de instancias de representación.
El felipismo, que veía permanentemente a su izquierda a enemigos más que a potenciales aliados, actuó cual caballo de Atila contra los movimientos sociales, arrasando por allí donde pasaba o no dejando crecer la hierba  a su izquierda (a los que les llegaron las subvenciones bien pronto se las quitaron en cuanto empezaron a decir inconveniencias para el poder).
La función que desempeñó la masiva entrada de heroína en nuestro país, aparte de los análisis que en su día se hicieron, atribuyéndole fines claramente de  desmovilización social en entornos muy politizados como el de la juventud en el país vasco, creo que fue más sutil. La heroína, en ese contexto político, introdujo un elemento de ruptura en los procesos de reflexión y de transmisión de información intergeneracional: sobre las propias biografías en relación al poder, sobre las experiencias de luchas habidas, por ejemplo, a lo largo de la transición. En la heroína se hunden no sólo los jóvenes rebeldes de los barrios obreros, llevados a procesos delincuenciales (atracos a bancos o expropiaciones según término empleado por alguno de sus protagonistas) ante la falta de expectativas de inserción en el mercado de trabajo; también jóvenes luchadores universitarios, desilusionados ante la imposición de un modelo de democracia política no sólo light sino marcadamente excluyente. Pero, sobre todo, los que caen masivamente son una nueva generación, podríamos decir que los hermanos pequeños de estos jóvenes luchadores. Junto a la desmoralizante dinámica política, la destrucción física  de ésta, ahora llamaríamos población excedentaria, a lo largo de diez-quince años, es lo que provoca ese corte, esa discontinuidad, esa interrupción de transmisión de saberes y/o recursos para sobrevivir frente a los discursos del poder. Ahí se explica esa travesía en el desierto de la generación que ahora ha recogido el testigo.
La UVE responde a un nuevo modelo de control social y el término que me viene a la cabeza (recordando a Foucault) es el de contrarrevolución preventiva. Fuerza de choque del sistema  que pudiera mantener a raya cualquier foco contestatario sin importar los medios empleados. No es extraño, por lo que he apuntado antes, que este engendro surgiera del cacumen del socialdemócrata de turno metido a defensor del orden público. Estaba claro, dadas sus burocráticas mentes, que quisieran contar con cuerpos policiales propios (que pudieran controlar con prebendas desde su creación); lo que también podían haber previsto (dada la reconocida extracción barriobajera-macarril de muchos de sus miembros) que en su seno sugiera un nido de incontrolados reaccionarios, aunque no tan incontrolados si partimos de la ideología de la que hacía gala quien fue su superior jerárquico en todo ese tiempo, venido, como no, del estamento militar.
La respuesta juvenil y ciudadana a la UVE fue ejemplar y meritoria dado que la crítica a su despótico actuar se mantuvo constante durante todos los años que duró; hasta que, prueba de que el pulso lo ganó la ciudadanía, no les quedó más remedio que, cuando menos, si no disolverla sí cambiarles el nombre. Prueba de ese pulso fueron los incidentes del 30 de abril y 1 de mayo de 198.. y no me acuerdo, pero eso espero que lo cuente otro.

Pedro Santiesteve

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