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LA VIDA ES UNA CACA DE COLOR NARANJA

Enfrentarme a un papel en blanco para transformar en “escrito” tantos sentimientos y vivencias ocurridos hace más de veinte años, me resulta muy complicado y laborioso; complicado porque la memoria se difumina con el tiempo y laborioso porque no tengo oficio de escribir y me cuesta dar forma a tantas cosas que quedaron dentro de mí y que forman parte, sin duda, de lo que ahora soy.
A comienzos de los años ochenta decidí presentarme a las pruebas de acceso de la Escuela Municipal de Teatro que en esos años se encontraba en el mismo edificio del Teatro Principal. (después pasaría a la calle Casa Jiménez). Cuando entré por la puerta, nerviosa a rabiar, ya todo era diferente, el olor, la gente y la mirada de una persona con la que desde ese mismo momento se estableció una complicidad y un afecto que nunca nos ha abandonado y tan importante ha sido, junto con otros compañeros de esos años, para dar forma a mi vida, a mis afectos, y a mi interés por todo lo que huele a teatro.
Estoy hablando de Chati, con ella superé mi primera entrada en ese mundo y fue…¡divertidísimo!, adjetivo que es el que caracteriza esos años donde, aparte de trabajar como “cosacos”, nunca en la vida me he reído tanto, me lo he pasado tan bien y aprendí que la risa y el “buen rollo”, es una de las cosas que más huella deja en la vida. Jamás olvidaré a los compañeros que vivimos juntos esos momentos. A algunos los veo constantemente, Carlos Martín, María López, Pepe Tricas, Alfonso Plou; a otros muy poco, a otros nunca, pero están “ahí”, siempre, no quiero que se olviden.
Tengo que decir que, en esos momentos, creo que en ninguno de nosotros era consciente, ni nos planteábamos, una actitud rebelde hacia las cosas, simplemente éramos así, jóvenes, muy jóvenes, en un momento político de cambio muy potente, que posibilitó crear una escuela donde había muchas ganas, y en una ciudad donde, a pesar de su poso provinciano, había mucho talento.
La escuela en esos años era estupenda, tenía algún que otro detractor, pero nosotros los alumnos casi ni nos enterábamos, y digo casi porque algo sí que, y valga la expresión, nos comíamos, dependía con que profesor nos tomábamos la última copa de la noche; entonces, en algún garito de la ciudad la movida podía ser morrocotuda. Pero esto formaba parte casi de las enseñanzas, creaba un vinculo difícil de explicar, por eso, personalmente guardo un recuerdo especial por el que entonces era el director de la escuela y aunque hoy nos separan algunas cosas, me lo he pasado tan bien con él, que sería injusto no valorar todo lo que en su momento nos aportó. Me refiero a Paco Ortega y como no, su inseparable amigo Miguel Ángel Encuentra, ¡qué tándem!.
Paco nos enseñó mucho, veía mucho teatro, le encantaba, y sobre todo nos dio la oportunidad de conocer a directores, actores y gente vinculada al teatro, y que sin él hubiera sido difícil llegar a esa proximidad.
Pudimos, en la escuela, hacer seminarios con Joan Ollé, Albert Vidal, Albert Boadella, etc…, cursos de realización audiovisual, talleres de mil materias, esgrima, historia del arte, en fin, que era un hervidero y encima debía haber “pasta”.
Hoy todavía me pregunto cómo no fue posible consolidar -y que sirva esto para hacer una crítica rotunda- una titulación que ha sido una reivindicación histórica, teniendo además en cuenta que la asistencia era obligatoria y se supone que su nivel de formación el necesario para que esto ocurra. Todo el mundo al que preguntas tira balones fuera. ¿Los alumnos preguntarán quién, quiénes y qué es responsable de esta situación? Me parece sencillamente una vergüenza después de tantos años que no se haya solucionado.
Con esta cuestión me entra mucha mala leche y espero y confío que la gente que esté en este momento en ella, no pare de luchar por el tema.
Casi todo el mundo que estábamos metidos en el mundo del teatro teníamos una vinculación con la escuela, directa o indirectamente, y de allí surgieron muchos de los grupos y de las iniciativas de ese momento.
Carlos Martín, Eusebio Gay, Gabriel Latorre, Montse Alentar, Isidro Ferrer, Balbino Lacosta etc. etc. etc., entramos a formar parte de la compañía de Francisco Ortega, fuimos su primer núcleo y los artífices del primer montaje importante, El Amor Médico de Molière y de la compañía Nuevo Teatro de Aragón.
Todavía no habíamos acabado la escuela y ya andábamos haciendo carretera por mil y un pueblos de la comunidad y con todas las peripecias que podían pasarnos.
Pero nosotros necesitábamos algo más nuestro, no es que no nos gustara Molière, nos encantaba, ese sí que era un rebelde, pero urgía hacer nuestras historias, nuestras pesadillas y nuestros sueños y así formamos Akratea Anemosa, aglutinando dentro del grupo a todos los amigos, músicos, pintores, escritores y técnicos que quisieran embarcarse en este viaje. Montamos La Reina Madre, a la que siguieron montajes como La Vida es una Caca de Color Naranja, Bengale a Zambiala, etc.
De la cuestión musical era responsable José Luis Romeo y de todo lo referente al maquillaje, que era parte importante de la estética del espectáculo, Carlos Foradada.
Nuestros locales de actuación eran el KVM, el Modo, el BV80. Nuestros contratantes Teles, Valtueña etc… Algunos eran relaciones públicas de discotecas, Teles, por ejemplo era un tipo especial, un personaje muy popular que allí donde estaba reventaba la sala.
La experiencia fue fantástica, muchas horas de trabajo porque a pesar de la juventud nos lo tomábamos muy en serio, todo tenía que salir perfecto, todo medido, casi nada improvisado. Carlos Martín era nuestro director, ya lo llevaba en la sangre, y yo su ayudante de dirección, seguimos así muchos años más hasta que nació mi hija María y ya no pude acompañarle en su camino, pero es mi hermano del alma y para más “inri” mi cuñado.
Esto años de Akratea fueron absolutamente creativos, la compañía en sus inicios estuvo formada por diecisiete personas y uno de nuestros objetivos era hacer teatro con la estructura de un concierto de rock; alejarse de un teatro formal y huir de las bases dramáticas habituales, por ejemplo, en La vida es una Caca de Color Naranja prevalecía un carácter onírico donde la música tenía el mismo protagonismo que la labor interpretativa.
Éramos amiguísimos de Doctor Simón y los Enfermos Mentales y con ellos hicimos varias colaboraciones, pero recuerdo una en especial, en la plaza de toros con el nombre ¿Qué es el Optimismo? Esa noche murió en accidente de coche viniendo al concierto Eduardo Benavente, del grupo Parálisis Permanente, esta putada nos dejó muy tocados, nos encantaban.
Hacíamos lo que se nos ocurriera: fiestas en discotecas, actuaciones como grupo de animación, el primer festival de rock ciudad de Zaragoza donde estuvimos veinticuatro horas sin parar; locuras que, vistas hoy en día, parecen infantiles, pero en ese momento eran muy corrosivas. Un ejemplo de esto es un trabajo que hicimos junto a Joaquín Carbonell. Se trataba de un documental de treinta minutos sobre moda aragonesa, Buscando a Charli Desesperadamente, rodado por Monegros y Belchite durante cuatro días con un cerdito al hombro con modelos y gente de teatro. Un documental de promoción donde no se hablaba ni una sola palabra, era todo música. Cuando la directora general de moda vino a la presentación del video que se hizo en KVM, no daba crédito de lo que vio y se fue alucinada a Madrid, no pensaba que en Zaragoza se hicieran esas cosas.
En fin, no me quiero extender más, siento una ligera nostalgia y este es un sentimiento que digiero muy mal. Podría estar contando anécdotas hasta cansarme, cuando recuerdo, muchas vienen a mi cabeza inmediatamente, todas ellas envueltas en música de Radio Futura, Más Birras, Enfermos Mentales, Parálisis Permanente y sobre todo de los Madness, noches y días enteros de música, amigos y teatro donde a todos nos hubiera gustado morir como murió Molière, con la cara destrozada por el maquillaje.

Lola Pina

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