CONTACTO

REVOLVIENDO EN L.A.: EL KOLECTIVO ALTERNATIVO DE LA ALMOZARA


El Kolectivo Alternativo de La Almozara (KALA) aparece a finales de 1995, promovido por las inquietudes sociales de un grupo de jóvenes de poco más de veinte años. No es fácil definir en qué consistían esas inquietudes, frecuentemente descritas por nosotros mismos con vaguedades como “mover el barrio”, “hacer cosas”, “dar caña”, “acercar las luchas de Zaragoza al barrio”… Pese a que las referencias al barrio de La Almozara siempre ocuparon un lugar preferente en nuestro discurso, y nuestra práctica estuvo muy pegada a sus calles, la creación de un colectivo de barrio no se derivaba de una problemática específica. Se trataba más bien de encontrarnos en un entorno conocido y cómodo en el que poder desarrollar actividades que tenían por espejo a los movimientos sociales zaragozanos de la época.

El KALA no inventó nada, ni lo pretendió. Durante muchos periodos ni siquiera llevó a cabo campañas propias. Quiso ser un vehículo de participación, hecho a la medida de sus miembros, en las luchas sociales de la ciudad y en los asuntos del barrio. Podemos decir que aportó un par de elementos positivos en su tiempo, aunque de alcance limitado. El primero de ellos fue la apuesta por trabajar fuera de los círculos geográficos en que se estaba concentrando la actividad contestataria zaragozana (el “gueto de la Madalena”). Esto fue saludado como una buena noticia por todo el mundo, pero se ha revelado como una tarea muy dura; la experiencia almozarahui duró seis años, y en el resto de los barrios las cosas no han ido mucho mejor, con alguna honrosa excepción.
La segunda aportación fue su relativa indefinición ideológica, que aunque pueda parecer negativa en principio, trajo un poco de sentido común en unos momentos en que los colectivos y centros sociales de distintas tendencias caminaban por senderos de incomunicación, cuando no de enfrentamiento. El KALA, siempre desde una óptica antiautoritaria y subversiva, se entendió bien con todos los grupos anarquistas, autónomos, trotskistas, antimilitaristas, ecologistas, feministas, antifascistas o vecinales con los que tuvo contacto.

Sin local propio (1995-98).
La primera tarea fue buscar un local de reunión. Desde un primer momento se pensó en las instalaciones de la histórica Asociación de Vecinos Río Ebro, la que desde 1972 había liderado las luchas vecinales, viviendo momentos tan intensos como la pelea por la retirada de la contaminante Industrial Química de Zaragoza, con huelgas generales y enfrentamientos callejeros incluidos, y que se marchó en 1982. Estas luchas quedaron en nuestras retinas infantiles, y nos hacían considerar la asociación de vecinos como nuestro lugar natural. Sin embargo, la realidad en los noventa era bien distinta: las infraestructuras básicas del barrio ya estaban hechas, el aparente estado de bienestar llevaba a la desmovilización. La actividad de la asociación era escasa por falta de militantes, se centraba en tareas burocráticas y en litigios administrativos, y había abandonado la calle como escenario preferente. Algunas de sus líderes se habían marchado, y Encarna Mihi, su principal dirigente histórica, que aún controlaba la asociación, se había pasado al PSOE y poco después sería diputada autonómica.
No tuvimos ningún problema, sin embargo, para que nos cedieran un espacio en sus locales, e incluso para organizar actividades públicas en ellos. La relación personal con algunos miembros de la asociación fue muy cordial, pero nunca hubo una colaboración estable y de confianza a nivel organizativo. Estuvimos en estos locales tres años, hasta el verano de 1998.
Durante este periodo, nuestra actividad fue bastante en paralelo a la del resto de movimientos sociales del resto de la ciudad:
Participamos activamente en la PAZ (Plataforma Antifascista de Zaragoza), que precisamente se creó tras una agresión sufrida por dos chicas del KALA en el Coso, y en la organización de los actos cada 20-N. Al mismo tiempo, se hacía un trabajo más de calle, identificando y plantando cara a los nazis del barrio. Un aspecto que considerábamos muy importante era ganar la guerra de las paredes: borrar sus pintadas, hacer las nuestras, tener presencia. El tema de la “presencia” se ha revelado posteriormente como fundamental en la lucha antifascista. En contextos de bajo perfil ideológico, todo terreno abandonado por nuestros símbolos  es tarde o temprano tomado por los suyos, y después de eso van las ideas y los actos. Esto era más o menos lo que intuíamos.
El otro gran movimiento de esos años fue la insumisión. Poco después de crear el colectivo ingresó en prisión Javi Aguado, vecino de La Almozara que permanecería nueve meses en segundo grado y varios más en tercero. Durante este período, se llevó a cabo una intensa campaña de apoyo dentro del barrio, en la que promovimos la creación de una Coordinadora por la Insumisión que incluyó a nuestro colectivo, a la Asociación de Vecinos e incluso a la Casa de Juventud, de titularidad municipal. Charlas con notable asistencia, carteles, pintadas, contactos con Javi preso… fueron las principales actuaciones de esta coordinadora, que llegó a hacer aprobar en la Junta de Distrito, por unanimidad de todos los partidos políticos, una petición por la libertad de Aguado y de todos los insumisos, y por la despenalización de la insumisión.
Otros temas en los que estuvimos presentes fueron la coordinadora O Zapo contra el túnel de Somport, la jornada de lucha de junio del 97 convocada por CNT y la Intersindical contra la reforma laboral, las diversas convocatorias para el 8 de marzo, el programa en Radio Topo que mantuvimos durante seis años, el homenaje a Vicente Basanta (un obrero asesinado por la policía durante la transición por hacer una pintada en San José), la campaña por la  despenalización del cannabis que promovieron Rebel y Kontrakorriente, y todo tipo de conciertos, vermús, meriendas, farras y lifaras que requiriesen nuestra colaboración. En general, eran uno o varios miembros del colectivo quienes mostraban interés por un asunto en particular, se involucraban, nos mantenían al corriente y participábamos en momentos puntuales.
Además de esta participación en los movimientos sociales de la ciudad, también llevamos a cabo algunas iniciativas propias dentro del barrio. Nos propusimos empezar a tejer una red de apoyos y complicidades que nos permitiesen difundir inquietudes. La primera idea fue la elaboración de unas octavillas breves en las que exponíamos nuestra postura sobre asuntos de actualidad o aportábamos información para abrir debates, siempre con una perspectiva muy pegada a las calles, tanto en contenido como en tono y lenguaje. Hoy puede dar la sensación de que eran un poco ingenuas y con un puntillo tal vez pretencioso a veces (esa tendencia del iluminado a querer abrir los ojos a los demás), pero funcionaron bastante bien. Posiblemente había mucha gente inquieta en el barrio con ganas de ver qué hacían y qué les contaban esos chavales radicalotes. Estas hojas llegaron a estar presentes en diecisiete establecimientos, entre tiendas, bares y asociaciones.
El siguiente paso fue la preparación de una programación estable de actos a lo largo de todo el año. Lo llamamos Foro Libre de La Almozara, y durante tres años (del 96 al 98) fue el paraguas bajo el que incluimos charlas, debates y proyecciones de lo más variopinto, siempre en los locales que nos cedía la Asociación contra el Paro de la Almozara (ACOPAL), un centro sociolaboral con cuyos miembros manteníamos excelentes relaciones. Procurábamos que los actos de cada mes tuvieran un hilo conductor común, y así podemos citar ciclos de cortos, de cine gore, de humor, o conjuntos de charlas sobre sindicalismo, el conflicto vasco, las disidencias en Estados Unidos, las drogas, el movimiento vecinal, participación juvenil…
De nuestra implicación en los asuntos del barrio podemos citar dos casos representativos: la organización de las fiestas y las protestas en demanda de espacios para los jóvenes. Sobre las fiestas, siempre tuvimos gran interés en incorporarnos a la comisión de festejos para introducir eventos que recogiesen nuestros gustos e inquietudes. Fue totalmente imposible, sencillamente porque es un negocio demasiado jugoso como para dejar que merodeen por allí una cuadrilla de melenudos. Aún se deben de estar partiendo de risa desde que les propusimos que las barras de las verbenas las debían gestionar las asociaciones del barrio y no entregárselas a una empresa privada… Lo que hicimos fue organizar unas fiestas alternativas bastante modestas, pero que nos llenaban de orgullo. Solían incluir una exposición, una cena y una fiesta en algún bar afín, a veces con música en directo. Era una buena ocasión para juntarnos los del colectivo con amigos y simpatizantes, es decir, con la buena gente que nos rodeaba. Del resto de Zaragoza no bajaba mucho personal porque siempre coincidía con la Semana Cultural de la Madalena, a finales de junio.
En cuanto a la demanda de locales culturales para el barrio, anduvimos de la mano de la asociación de vecinos en las movilizaciones que convocó en 1997 porque nos parecía que siempre que hubiera movimiento en la calle era motivo de gozo, aunque éramos bastante escépticos a la hora de pedir un Centro Cultural manejado por funcionarios  municipales. Pero ahí estábamos, en los cortes de tráfico de la plaza Europa, gritando “si no hay solución, habrá okupación”. Curiosamente, esta disyuntiva se reveló equivocada en poco tiempo: quienes querían “esa” solución acabaron teniendo su flamante Centro Cívico, y quienes queríamos “otra” solución la buscamos en la okupación de las naves de la Miju. Pero eso fue después de comprobar que ni aun dentro de un local alquilado éramos libres para actuar.

En el Centro Social Revolucionario (1998-99).
La actividad del KALA se desarrolló hasta mediados de 1998 con los altibajos propios de las circunstancias personales de quienes lo formábamos. Para esas fechas, éramos de la opinión de que la carencia de un local propio era uno de los factores que lastraban la consolidación del proyecto. Por eso, en junio de ese año alquilamos un local en la calle Padre Landa nº 6 que, tras un verano de reformas un tanto atolondradas, abrió sus puertas en septiembre, con un aire entre centro social y peña de pueblo que iba a marcar su devenir.
La intención declarada era que sirviese como punto de encuentro entre todo lo disidente que hubiese o pudiese haber en La Almozara, y tampoco ocultábamos que pretendíamos contagiar a quien se acercase de nuestros principios y formas de hacer. El problema fue que esos principios y formas no estaban muy definidos. El propio apellido “revolucionario” del centro social denotaba más voluntad de acción que otras posibilidades como “alternativo”, pero evitaba mencionar ideologías.
Estas indefiniciones posiblemente también tuvieron su influencia en los problemas de gestión cotidiana del local. Hubo una considerable euforia inicial, motivado por la incorporación de bastantes personas nuevas, la mayoría de ellas adolescentes del barrio que veían en el centro social un lugar adecuado para hacer lo que, al fin y al cabo, proclamábamos: reunirse al margen del sistema.
Cometimos una serie de errores en nuestro afán por crecer, y no fue el menor el ser incapaces de transmitir nociones mínimas de respeto por lo colectivo a muchos de nuestros nuevos compañeros. Se sucedieron  episodios de irresponsabilidad con cierta frecuencia, que causaron una sensación por parte de quienes habíamos puesto en marcha el proyecto, de que éste se nos iba de las manos, y un progresivo goteo de militantes que abandonaban impotentes.
Un problema asociado a éste fue la apertura y financiación. En principio, las cuotas voluntarias, algunos conciertos en otros centros sociales y los ingresos de la barra cubrían justito los gastos del local. Abríamos casi todos los días mediante turnos. Sin embargo, hacia mediados del 99, un bajón de compromiso para estos turnos nos llevó a tomar la decisión de encomendarle a una persona la apertura y gestión del local, a cambio de los beneficios de la barra. Esta decisión provocó una polémica encendida, similar a la que por aquel entonces se vivía entre el resto de centros sociales de la ciudad sobre modelos de gestión. En el CSR, este asunto provocó la baja de más compañeros; fueron momentos dolorosos pero perfectamente evitables, ya que a los cuatro meses habíamos vuelto al sistema inicial de turnos.
En cuanto a la actividad que desarrollamos en este periodo, podemos citar la continuación del Foro Libre, con charlas y proyecciones frecuentes y naturalmente en nuestro local; la celebración de comidas populares los domingos; la recopilación de una incipiente biblioteca; el acogimiento de eventos de grupos afines, como el 1º de mayo libertario de 1999, el encuentro anarcopunk en otoño de ese mismo año, una asamblea extraordinaria de Radio Topo, y cómo no, la fastidiosa preocupación antifascista.
En esta época, los nazis tenían un local en la calle Montecarmelo, que está entre las Delicias y la Almozara, y se dejaban ver bastante por los altos de la Aljafería, intimidando y agrediendo, por lo que convocamos un par de concentraciones justo en las zonas donde más presencia tenían. Después de una de ellas, un numeroso grupo de personas se enfrentó con los fascistas en la propia calle Montecarmelo. Se tuvieron que encerrar en su propio local, que estuvo a punto de ser asaltado. La inminente llegada de la policía lo impidió.

No tuvimos tanta suerte nosotros una madrugada de domingo, cuando el CSR fue atacado por un grupo de nazis, que forzaron la persiana y destrozaron lo que encontraron dentro hasta que, probablemente, el estruendo causado por ellos mismos al reventar un monitor de televisión les hizo huir. La denuncia ante la policía cayó en saco roto, pero no así la denuncia social. A la semana siguiente se convocó un pasacalles en el que se visitaron las viviendas de los tres nazis más conocidos del barrio, para señalarles públicamente ante sus vecindarios. El asunto no apareció en los medios pero fue muy comentado en plazas y mercados. Lo cierto es que en los meses siguientes estos individuos fueron sometidos a una presión constante que tuvo como resultado la práctica eliminación de la presencia nazi en La Almozara durante varios años.
Sin embargo, no fueron los problemas internos ni la ultraderecha quienes acabaron con el Centro Social, sino la Policía de Barrio del Ayuntamiento. Instalada en la Almozara desde el año 98, nuestro local fue, desde el principio, un punto de atención preferente de sus actuaciones. Hasta cincuenta y dos veces en un año acudieron al piso de arriba a medir los decibelios, consiguiendo en cuatro de ellas los niveles necesarios para denunciarnos. A esto se añadieron los problemas para conseguir la licencia de apertura, ante una normativa que dificulta en extremo el caso particular de las asociaciones sin ánimo de lucro. La actitud  de los agentes contribuyó a provocar más de un altercado en sus frecuentes visitas, lo que incluso nos llevaría a hacer una interpelación al comisario en la Junta de Distrito. Éste despertó nuestro sentido de la vergüenza ajena al informar de que tenía constancia de que nuestro local era “un centro de reunión de ultras”, y confundir, por ejemplo, símbolos como la cruz céltica y la A de anarquía. La prensa local incluyó nuestro cierre en la campaña contra los ruidos de los bares…¡del Casco Viejo!
Fue en diciembre de 1999 cuando nos llegó la orden de desalojo, que hicimos efectiva sin más, porque ya andábamos preparando lo que iba a ser al mismo tiempo solución práctica y respuesta política: la okupación de las naves de la Miju, abandonadas hacía unos veinte años, que se llevaría a cabo tres meses después.

Loren

No hay comentarios

No hay comentarios todavia. Puedes dejarnos el tuyo.

Escribe tu comentario: