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CONTACTO

VENAS DE AGUA

Venas de agua. En el subsuelo del barrio de San José viven acequias de agua vieja, traicionada. Sepultaron su luz, sus huertos, sus campos de labranza.
El barrio de San José no era ciudad. Era “el camino”, tierra de paso al convento del que tomó su nombre. Camino del Junco, Camino Miraflores, Camino Cabaldós… camino.
Mas parcelaron las fincas de recreo, derribaron las torres señoriales, sucumbieron los perfiles burgueses de sus antiguas casas. Y el agua de Canal  saltó al vacío para infundir aliento a nuevas fábricas, vanguardias de una industria que el implacable avance tecnológico iría velozmente despojando. Fábricas de licores, de harina, de telas, de jabones, de cerveza… Hoy ya sólo resisten con orgullo, últimos vestigios de aquel florecimiento fabril, la centenaria Zaragozana y el altivo faro de La Chimenea.
Habitaron el barrio obreros curtidos en el tajo y en la huelga, en la vencida esperanza libertaria. Comenzó un tiempo de insurrección. En las nuevas calles del barrio hubo barricadas, clases de esperanto, banderas insumisas, cooperativas obreras,  fe en la redención de los de abajo, asambleas heridas de utopía.
Las venas de agua oculta recibieron más tarde, con tristeza, la sangre que brotaba de una guerra fraticida.
Después vino el silencio (enmascarado en himnos de glorias imperiales), el sí obligatorio, la elocuencia macabra de los trajes militares, el aterido vaho  del franquismo inundando las calles de una niebla espesa que  parecía no iba a levantar jamás.
Pero bajo las rectas avenidas y las sinuosas calles seguía corriendo un agua que ahondaba más allá del olvido y, aun enterrada viva, no cesaba de cantar. Décadas después, hizo verdad su palabra en Ángel, Teodoro, Luisa, Antonio, Ricardo, Isabel… y en tantos nombres ocultos en el anónimo decir de los humildes. Personas que sabían que incluso en el lugar más asfaltado de la inercia es posible decir no.  Y se pusieron a levantar un esforzado andamio de reivindicaciones colectivas. Desde nuevas ventanas imprevistas, volvieron a oírse algunas voces arrancadas en 1936. Voces que proclamaban “Apiádate de un barrio sin olor a tomillo ni a la dulce fragancia de la higuera”. Alzaron por el aire “un ámbar de octavillas enlutadas y dulces”. Pintadas en los muros que clamaban: “Levantad el asfalto. Debajo están las huertas”.

Fue fecundo su esfuerzo: La plaza Mayor con su flamante Centro Cultural, el parque y complejo deportivo de La Granja, los huertos revividos en el Jardín de la Memoria… los talleres ocupacionales, la radio independiente, la asociación juvenil Pandora…
Hoy, en esa dualidad de agua y hormigón, de pasado agrícola y presente comercial y residencial, de soledad en multitudes, de periferia y centro, de lentitud y frenetismo urbano… bien se ve quién ha ganado la partida. Apagada la estación de Utrillas, hay demasiados autobuses de paso, comerciales de paso, furgonetas de paso, transeúntes de paso… un depósito de pasos,  un andén extendido hacia los cuatro puntos cardinales, un tránsito de tránsitos al perfume de los tubos de escape.
Al barrio de San José le falta espacio, no le queda cintura, hierba libre. Hay habitaciones vacías, sí, mas huyen los jóvenes de su piel absorta, adormecida, a la oferta de pisos con ascensores, de mansas hipotecas infinitas, a los tempranos arrabales lejanísimos.
Sin el campo que fue, un barrio sin bosque,  en su crecer por crecer, pide sembrar más parques, más aceras, más luz, más cohesión social, más escuchar el agua y sus porqués.
Aunque le hayan quitado los ojos, el agua que fluye bajo el imperio del asfalto no ha cesado de oír ni susurrar… Escucha el dolor de los euros ausentes, la roja monarquía del semáforo, la falaz democracia mercantil, el nuevo silencioso clamor de los emigrantes…
Tiene el agua el don de la entrega y resuena en los sótanos nocturnos, en la hora del sueño, al liberado rescoldo de las televisiones apagadas. Proclama que en el barrio hay horizontes con puntos de fuga aún sin definir, cemento de promesas incumplidas (terrenos por recuperar a la especulación de la tierra, acceso a los jardines de Quinta Julieta, zona wifi en los parques…). Proclama que no sabe mentir la libertad a quien la busca, que el son del agua subterránea del barrio de San José coincide con el pálpito invisible de la vena solidaria de sus gentes.

Pedro Emilio Gómez

1 comentario

1 Commentario realizado

  1. el Piragüísta abril 01, 2010 19:08

    Era fantástico en verano bañarse en la acéquia trasera de la estación de Utrillas.
    Bucear por el agua fangosa apartando el pan de rana.Ojos herméticamente cerrados y procurando cerrar bien la boca para tragar la menor cantidad de agua posible. Sentir el roce de las ranas en la cara, para después a tientas,salvar por debajo la gigantesca tajadera medio abierta…….
    Indescripible y fascinante para un niño de nueve años.¿ Era eso la Naturaleza?

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