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CONTACTO

EL MOVIMIENTO DE LOS GAITEROS REBELDES (la Asociación de Gaiteros de Aragón)

Sábado de septiembre de 1991, 12 horas, pradera del Parque Grande de  Zaragoza, junto al Tren Chu-chú.

Más de cuarenta gaiteros, «armados» con dulzainas y tambores, ensayan pasacalles y bailes preparándose para las cercanas Fiestas del Pilar. Un grupo de paseantes, atraído por la música que se escucha a varias leguas a la redonda, contempla admirado el espectáculo. Entre ellos, algunos que vinieron a la ciudad desde pueblos aragoneses, recuerdan el viejo sonido de los gaiteros que creían casi desaparecido. ¿De dónde han salido tantos jóvenes con estos viejos instrumentos?

Parque Grande, Rincón de Goya, años 80

Una cuadrilla de jovenzanos, entre los que estábamos algunos flautistas como Eugenio Gracia (miembro luego de Ixo Rai o La Orquestina del Fabirol), Mario Gros (Biella Nuei, Gaitería Tremol) o yo mismo, nos reuníamos en el prado del Rincón de Goya. Era ese prau en costera un espacio de libertad donde nos mezclábamos parejas retozantes, incipientes músicos y jóvenes que ya en aquella época practicábamos lo que luego se llamó «el botellón». Allí, apartados del bullicio de otras zonas del parque, bebíamos cerveza, tocábamos flautas y dulzainas y «hacíamos el mandrias» sin complejos. También acudíamos allí a ver conciertos magníficos que se organizaba en primavera y verano. (Años después, los ediles de la ciudad encementaron la magnífica pradera para hacer un anfiteatro, porque era muy «cutre» eso de sentarse en la hierba, con lo que jodieron el bucólico ambiente; para colmo, dejaron de celebrarse conciertos poco después).

Ya en aquellos tiempos música y reivindicación iban de la mano. La gente joven que acudíamos al parque fuimos los que peleamos contra la entrada de los coches a esa zona (en aquellos tiempos se colaban coches hasta en el paseo central). Gaiteros y ecologistas nos unimos varias veces para bloquear con bicis las entradas al parque, lo que dio lugar a varias broncas. Hubo insultos de automovilistas energúmenos; incluso uno de ellos chafó con su coche la bici del amigo Eugenio… pero, tras polémicas y debates en prensa y radio, logramos expulsar a los autos locos. Después de esta victoria nos sentíamos con ánimos para llevar nuestra música y nuestras ideas a las calles de la ciudad.

Calles del Casco Viejo, años 90

Todo parecía suceder muy deprisa. Los músicos de grupos folk de Zaragoza como Cornamusa, Biella Nuei y la Crica Fol Ban (germen de la Orquestina del Fabirol y de Ixo Rai por otra parte) y otros como el mítico y entrañable Taller de Música Altoaragonesa de Binéfar, reunidos en Sabiñánigo para un concurso organizado por la DGA en el que se pretendía seleccionar al representante aragonés para unos premios del Ministerio de Cultura, boicoteamos el acto y denunciamos la penuria con que se trataba a la música aragonesa de raíz popular: nos negábamos a competir cuando lo que más se necesitaba era una acción conjunta en defensa de nuestra música. Realizamos una asamblea, de madrugada en la calle, en las escaleras del Casino de Sabiñánigo tras echar unos tragos, y decidimos que fuera al festival del Ministerio el grupo que más le apeteciera (resultó ser Cornamusa, y ganaron ese año el premio a todos los grupos del Estado).

Algo ya se estaba moviendo por Zaragoza esos años. Estos mismos grupos habían organizado durante varios fines de semana unos encuentros de música popular en el Oasis (cuando era un teatro de butacas para Variedades) con participantes de Aragón y de otras comunidades; o le habían conseguido arrancar al ayuntamiento un rincón en un solar al lado del bar El Luthier, en el Casco Viejo, para programar folk un par de noches en las Fiestas del Pilar. Y todo esto con media docena de gaiteros (literalmente) y media docena de gaitas hechas por nuestras propias manos.

Todos parecíamos desear crear una asociación que defendiera la verdadera música aragonesa, alejados de la jota coreográfica y franquista.

Con el lema «Ninguna fiesta sin gaiteros» nace poco después, en 1990, la Asociación de Gaiteros de Aragón, a la que se suman rápidamente alumnos de dulzaina y tambor de la Escuela de Folklore de Zaragoza, donde por esas fechas dábamos clase Fernando Gabarrús y un servidor. Se nombran como miembros honoríficos a los viejos Dulzaineros de Alcañiz y a Blas Coscollar, pionero defensor de estos instrumentos. Y se consigue convencer al ayuntamiento de que la comparsa debe ir acompañada por collas de gaiteros, como se documenta desde hace siglos, y no por una banda de música como sucedía desde que se iniciaron las fiestas populares en la transición.
Era mucho el tajo por hacer, pero pronto, en 1993, la mecha de la rebelión se prendió con una arbitraria decisión de la Concejalía de Festejos de Zaragoza que amenazaba con acabar, de nuevo, con la participación de los gaiteros en la Comparsa de Gigantes y Cabezudos de Zaragoza, con una bajada sustancial del presupuesto. Ese año la música que iba a amenizar la comparsa, si no había acuerdo, era la de la Banda del Canal.

Se realizaron asambleas y se designó una comisión negociadora. La postura era inflexible: o se salía en las mismas condiciones que el año anterior (dos dulzaineros y tamborilero por cada pareja de Gigantes) o no se salía. Idas y venidas y finalmente el Ayuntamiento no cedió. Nosotros/as tampoco.

La movilización se organizó rápidamente. Durante las fiestas, día tras día, acudimos los gaiteros de la asociación al recorrido de la comparsa a reivindicar el uso de los instrumentos tradicionales para su acompañamiento musical: tocábamos nuestras dulzainas y tambores, flanqueados por una gran pancarta, lanzábamos octavillas e informábamos al público de la importancia de mantener la música tradicional. Los músicos de la Banda del Canal estaban asombrados y avergonzados y nos apoyaron finalmente, negándose a tocar para las próximas fiestas. Entre la gente se comentaba con simpatía el singular movimiento de los jóvenes gaiteros y, tras alguna algarada con los políticos de turno, el ayuntamiento cedió y nos concedió el acompañamiento musical para las siguientes fiestas.

A partir de entonces la asociación ha continuado con un serio trabajo de investigación y actualización de la cultura popular de nuestra tierra: se sigue editando la Revista de Gaiteros de Aragón, única en su género en todo el Estado, se recuperaron los bailes de gigantes y cabezudos de Zaragoza, el dance del barrio de las Tenerías, se realizó un inventario de gigantes y cabezudos de la comunidad y un Protocolo de la Comparsa de Zaragoza; una comisión de maestros y músicos elaboró tres impresionantes tomos de Unidades Didácticas sobre la Cultura Popular Aragonesa… Y, a pesar de los años, todavía podemos gritar que seguimos existiendo: ¡Ninguna fiesta sin gaiteros!

1 comentario

1 Commentario realizado

  1. Alparzero septiembre 09, 2010 18:03

    Desde luego, no hay nada como hacer las cosas teniendo detrás una razón (muchas, realmente) que sustente las acciones.

    AGA (Asoziazión de Gaiters d’Aragón) supo entender el pasado de la música popular aragonesa, el presente de la sociedad y cuál debía ser el futuro al que debíamos dirigirnos.

    Hoy AGA continúa en esa tesitura, un poco más relajada, que el ayuntamiento ya sabe que existimos los de la música popular.

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