CONTACTO

UN SALTO DEL 77

Recuerdo un día de los de la Transición. Imagino que seria en 1977 o 78. Yo tendría entonces pues dieciocho o diecinueve años. Nos encontrábamos en la Zona, bares de la zona universitaria de Zaragoza.

Debía de ser invierno, eran sobre las 8 de la tarde y ya había oscurecido totalmente. A lo lejos, sobresalía un rumor inteligible de entre el ruido urbano. Lo reconocimos enseguida.

Rápidamente salimos del bar y aceleramos el paso caminando en la dirección de donde provenía el sonido. ¡Venga, venga, vamos! Conforme nos acercábamos se comienza a distinguir un corte en el tráfico y unos setenta estudiantes en comando gritando: ¡po-li-cía a-se-sina!. Los gritos arreciaban. Ya nos unimos a ellos   ¡li-ber-tad, a-mnis-tia, es-ta-tuto de auto-no-mía!. El paso es rápido, aunque hay sonrisas y gestos de confianza, la tensión está presente en todas las caras. Delante de mí una pareja cogida con fuerza de la mano grita al unísono. La chica cimbrea su cuerpo con el puño en alto, siguiendo el ritmo de las consignas: ¡di-solu-ción de cuerpos represivos!
Ya llegamos a San Juan de la Cruz. Delante de nosotros, al otro lado del Puente de los Gitanos, se ven las luces azules intermitentes de la Policía Armada. Sin embargo continuamos por una bocacalle. Hay obras en el puente y solo queda un carril en el que hay dos containeres de escombros volcados. El caos del tráfico es el suficiente para detenerlos.

Un ruido de cristales rotos anuncia que, una vez más,  la cristalera del Banco de Madrid de la esquina ha caído. Sin libertad no hay paz.

¡Coche¡ grita uno de la construcción de la CNT que, como nosotros, se acaba de unir al cortejo. Enseguida, buscamos un coche con el motor trasero o sin el freno de mano. Le toca la china a un Seat 131 gris metálico. ¡Un, dos, tres, aaahora¡ ¡Un, dos, tres, aaahora¡ ¡Un, dos, tres, aaahora¡ Un poco más adelante han cruzado unas vallas de obra. La bocacalle queda cortada.

Salimos a una calle más ancha, Mariano Barbasán. Se pone a lloviznar. No me gusta. Ya están cruzando coches en esta calle. Me acerco con un amigo a una esquina a vigilar. No hacemos más que asomarme a la esquina y vemos un montón de policías que se acercan al trote. ¡Hijos de puuuta!, les tiramos cuatro piedras y a correr.

Rápidamente y sorteando los coches del atasco retrocedemos hacia el puente. Dos estampidos secos detrás de nosotros, ¡son pelotas! No las hemos visto bien. La mayoría de la gente que queda está cruzando vallas y cogiendo piedras en las obras del puente. Por suerte todavía se ven las luces azules atascadas enfrente, casi al final de la avenida. Sin embargo, el propio puente y, por la izquierda, Mariano Barbasán se están despejando. La policía se acerca a pie. Hay obras en todo el cruce y eso nos ayuda. Alguien, con un fuerte sentido épico, despliega una bandera roja y se encarama a uno de lo montones de rona de las obras. Empiezan a llover piedras hacia la policía que tiene dificultades para avanzar. ¡No son tantos, sólo una tocinera! se oye. Se escuchan los sonidos sordos de las piedras al caer contra el asfalto, cuando alguna acierta en la tocinera, el ruido metálico se celebra. Disparan cuatro o cinco pelotazos y botes de humo. Los cogemos con los guantes y los devolvemos. Yo miro a mi alrededor y me doy cuenta que he perdido a mis colegas. Los gritos de ¡policía asesina! arrecian.

Por un momento la policía retrocede y nadie grita o tira piedras. Sólo oigo el ulular de las sirenas y mi respiración. Sin darme cuenta estoy corriendo. Los tenemos encima ¿De dónde han salido? Corro primero hacia el puente y luego giro hacia la Uerba, he conseguido despistarme de la trayectoria general. Veo a otro chaval, de unos 16 años, que ha hecho lo mismo que yo. Caminamos junto al pretil que hay sobre la ribera del río. Vemos una lechera en la calle paralela. No nos han visto o eso parece. Estamos junto a unos bloques de viviendas militares. Le digo al chaval: ¡vente p´aquí! Y corremos hacia un pasaje entre dos de los bloques. La lechera asoma el morro detrás de nosotros, corremos por una rampa hacia una especie de aparcamiento repleto de coches de militares.

-¡Corre chaval, aquí!- le susurro desde debajo de un  Seat 1430 azul aparcado al fondo.

Allí estábamos los dos junticos, temblando por el miedo, la carrera y la excitación del momento. Maniobro a rastras para poder abrir un poco mi campo de visión, no me gusta lo que veo, lo poco que veo: ¿están bajando la rampa un par de grises?, eso parece por los zapatos. El tiempo vuelve a detenerse, los grises se quedan en un extremo del aparcamiento, por suerte son de los de aquí y no deben de tener muchas ganas de trabajar. Nosotros ni respiramos. Las piedras que llevo en el chambergo se me están clavando, pero no me atrevo a sacarlas. Cansinamente, los policías, empiezan a caminar y a registrar entre los coches, hablan pero no entiendo lo que dicen. Los estampidos de las pelotas de goma vuelven a oírse, los pies de los policías retroceden y, por fin, desaparecen, parece que hay otro salto….

Dejamos pasar el tiempo sin saber que hacer, – ¿salimos?- me dice el chaval y yo, que no sé qué decir, ni qué hacer, me veo saliendo de debajo de aquel coche y quedándome en cuclillas.
-¡Pssst!- el corazón me da un salto, alguien nos está llamando
-¡Psssssst¡- insiste. Veo una luz antigua, en una puerta que se ha abierto en la pared, cerca de nosotros
–¡Por aquí!- me dice, forzando el tono del susurro, la figura que distingo en el marco de la puerta. Me acerco ¿qué puedo hacer?
Lo que veo no deja de sorprenderme: una mujer joven, de unos 25 años, vestida con todos los atributos de las gentes de orden: jersey Pulligan rosa de cuello de pico, una blusa blanca inmaculada, pantalones de tela gris (muy coquetos eso si), zapatos Castellanos burdeos con flecos y un pañuelo de seda con ribetes dorados al cuello, no lleva maquillaje, sólo los ojos con algo de sombra y la línea marcada. Lo cierto es que no me hubiera sorprendido verla en un acto de Fuerza Nueva, pero una sonrisa franca y un consejo: -no salgáis por la salida del aparcamiento, está toda la policía ahí parada- me deciden
-¡Venid por aquí, vamos!- se gira y comienza a bajar unas escaleras y luego a caminar por un pasillo de los sótanos del edificio, donde se encuentran las calderas y los cuartos trasteros; las paredes son de hormigón y huele a esa mezcla de gasoil y humedad que se siente en algunas viejas estaciones de metro.
-Estaba estudiando en mi habitación y os he visto esconderos en el aparcamiento del patio.
No decimos nada, tenemos miedo, estamos dentro del edificio de los militares y la paranoia nos domina, o al menos a mí. Ya estaba pensando en lo tonto que había sido y en las hostias que nos iban a dar al salir, cuando ella, después de subir otras escaleras, abre la puerta al final del pasillo y aparece el portal de la casa de los militares en penumbra y vacío.
Salimos. Ella se queda atrás y, desde allí, nos advierte:
-Hacia arriba, hacia Fernando el Católico.
-Muchas gracias- contestamos.
Entonces, iluminada por la bombilla del sótano y con un gesto teatral, levanta el puño y se despide:
-¡Adelante y a por la democracia!
Demasiado para mí. No sé qué cara puse, ni qué contesté. Tuve un cortocircuito neuronal. Lo siguiente que recuerdo es caminar por Mariano Barbasán, con paso continuo pero tranquilo, las manos en los bolsillos apretando las piedras, tratando de disimular el bulto que hacían. Camino hasta la esquina de Goya con Fernando el Católico y veo pasar dos tocineras más hacia el puente.
-¿Me han mirado?- todavía no asimilo la situación.
Decido caminar hacia un piso de colegas en la avenida Madrid. Todavía puedo grabarme una cinta de Patti Smith en su equipo, la cinta virgen estaba allí, en mi bolsillo interior, ahora me daba cuenta de que había estado sonando con su ruido de caja vacía todo el tiempo.
Entrecierro los ojos y desenfoco la vista, dejando que las luces de Zaragoza llenen el cuadro y  hormigueen por mi cuerpo. Acelero el paso.
Me olvido de Franco,  de Suárez, de la policía y de  la madre que los parió.

Mariano Alfonso

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