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LESBIANISMO en Zaragoza.

La energía feminista y la atracción por las mujeres o esa lesbiana que todas llevamos dentro.

Militaba en el Frente Feminista, estaba casada, tenía una hija y un hijo. Entonces sucedió lo impredecible: me enamoré de otra mujer que también se enamoró de mí. Y este hecho me llevo no solo a la separación y a emprender una vida juntas en el fragor de finales de los años setenta, también me llevó, de la mano de la ilusión, a proponer la creación de un colectivo de lesbianas dentro del Frente Feminista. Fueron años de descubrimientos múltiples; la política y lo personal se unían de manera natural, para luchar por las libertades democráticas y por la revolución, para rechazar y transformar los comportamientos machistas, para que las leyes cambiaran y no me acusaran de lesbiana quitándome la custodia de mis hijos. Y también desatando pasiones “prohibidas”, que no creías posibles pero que, como otros acontecimientos y vivencias de aquellos días, llegaron de manera sencilla y natural, enlazados con el deseo de cambiar las cosas, como me sucedió a mí.Corría el año 1986. Nos reconocimos varias mujeres que albergábamos deseos y amor por otras mujeres. Estábamos con la idea de crear un colectivo, y pensamos que lo mejor y más representativo para apoyar este proceso era contar con Empar Pineda; ella pertenecía al colectivo de lesbianas feministas en Madrid además de ser una dirigente del Movimiento Comunista y del Movimiento Feminista a nivel estatal. Tomamos la iniciativa de invitarla a que viniera a Zaragoza a la Librería de Mujeres, que entonces estaba en la calle Maestro Marquina, para que nos diera una charla sobre lesbianismo. En la trastienda de la librería, con un local abarrotado de mujeres, ella nos animó desde un principio a que nos organizáramos, a que creáramos un colectivo; y es así como nos pusimos manos a la obra y creamos, dentro del Frente Feminista, la Comisión de Lesbianismo.

En aquel momento, las primeras mujeres que integraron el colectivo salieron del Frente Feminista. Nos reuníamos los viernes en los locales de la Asociación de Vecinos de la calle San Vicente de Paúl.  Recuerdo que editábamos una revista en la cual escribíamos todas nuestras inquietudes y experiencias; evidentemente en aquel momento esto no era nada fácil, pero pudo ser posible gracias al apoyo económico y moral del Frente Feminista.  En aquellas reuniones era complicado ponernos de acuerdo debido a la diversidad política y de pensamiento de las lesbianas, ya que aunque nos unía nuestra condición sexual, cada una tenía sus propias creencias o ideales. A estas reuniones venían mujeres con muchos y diferentes problemas psicológicos, atiborradas de medicamentos prescritos por los psiquiatras, a las cuales intentábamos ayudar haciéndoles comprender que no estaban para nada enfermas, que eran normales.  Hay que tener en cuenta la mentalidad de la sociedad española del momento, después de haber vivido en represión bajo los cuarenta años de dictadura sufridos, en la que se pensaba que las lesbianas eran enfermas y para ello se aplicaban tratamientos de choque en los psiquiátricos. A través de nuestro colectivo muchas mujeres fueron avanzando y progresando poco a poco, hasta poder restablecerse emocional y psíquicamente en el camino hacia la normalidad. Por supuesto muchas otras acudieron al colectivo para conocer a otras mujeres, para relacionarse, para ligar, para disfrutar, para hacer cosas interesantes y emocionantes juntas; fue todo un proceso de desarrollo personal que queríamos que fuera también un hecho social, la normalización de la existencia lesbiana.

Trabajábamos, reivindicábamos nuestros derechos como mujeres lesbianas y el reconocimiento como tales, al tiempo que practicábamos nuestras dotes de seducción y cariño; entre manifiestos, manifestaciones, proyectos y debates teóricos, con fiestas improvisadas y cañas al finalizar las reuniones en el bar La Corrala, o celebrando por vez primera el 28 de junio, Día Internacional del Orgullo Gay,  en la Sala Metro en el año 1987, con llenazo total y actuaciones diversas que preparamos las mismas del colectivo. Después hicimos otras celebraciones del 28 de junio en los bajos del bar la Vía Láctea, en el Centro Cívico Salvador Allende, en el pub Rossé, en la sala Devizio…. Teníamos una imaginación y una creatividad desbordante para organizar actuaciones de cierta calidad estética y con contenido reivindicativo, que hiciera visible no solo nuestras  variopintas y extravagantes actitudes artísticas sino, sobre todo, nuestra opción sexual, como una opción libre y vivida en libertad.

Organizamos por primera vez unas jornadas en Zaragoza, a las que acudieron muchísimas personas, donde tuvimos el valor de pronunciarnos como lesbianas.  Fueron las realizadas en el Instituto Mixto 4, en la cual se dio por primera vez una charla sobre lesbianismo. Al final de la charla nos pronunciamos diciendo: “Yo soy lesbiana“.  Nos temblaron a todas las piernas y al día siguiente de este evento nos dimos cuenta de que no pasaba nada; y eso nos ayudó a seguir pronunciándonos, a seguir luchando por nuestra libertad de expresión, y a seguir dando la cara abiertamente.

En aquel momento salimos en la prensa, en televisión y en radio.  Rompimos moldes ocupando bares donde bailábamos entre nosotras, donde nos besábamos abiertamente dejando atónito o ciertamente desconcertado a todo aquel que nos miraba; pero aquello no nos importaba lo más mínimo.  En aquellos años ocurrió el tan traído y llevado suceso en la sala Malvaloca de la calle Mayor (ahora La Casa del Loco), donde quisieron expulsar a dos mujeres por besarse y bailar juntas.  Hubo pelea y golpes: una clara agresión a la libertad sexual de las mujeres que llevó a que organizáramos varias acciones de denuncia y que concluyó con un polémico juicio.

La apertura de La Pluma en el año 1987 supuso un empuje a la organización de lesbianas. Ya que fueron tres largos años en los que el bar La Pluma, en la calle San Lorenzo, entre idas, venidas, vaivenes e interferencias ambientales varias (eran años complejos, gente haciendo probatinas con las drogas que muchas veces degradaban el ambiente), funcionó como lugar y punto de encuentro para muchas mujeres afines, que si no se vincularon directamente en la acción política del colectivo o no se declaraban abiertamente lesbianas, estaban en ese entorno necesario de apoyo y sostenimiento. Participamos ese mismo año en el Tribunal contra las agresiones a Mujeres que se organizó dentro de los actos reivindicativos del 8 de marzo. Al año siguiente elaboramos una ponencia que presentamos en las Jornadas Estatales de Lesbianismo celebradas en Madrid en 1989.

Lo vivimos con alegría, con ganas de conquistar no solo nuestro entorno más cercano en el barrio de la Madalena, o en las zonas de “ambiente” del Paseo Teruel tan masculinizadas y superficiales a nuestros ojos; queríamos ganar para nosotras, nuestras vidas y nuestras manifestaciones, toda la ciudad y a plena luz del día.  Más tarde fueron surgiendo otros colectivos, poco a poco íbamos abriendo camino para las generaciones venideras y haciéndonos más fuertes día a día. La cosa se diversificaba, aunque es cierto que como colectivo de lesbianas, independientes de otros grupos feministas o colectivos mixtos, Zaragoza no ha tenido un grupo fuerte con poder reivindicativo y poder de convocatoria pública. Aunque los diversos actos hayan sido socialmente minoritarios pero muy activos y concurridos, el movimiento feminista de Zaragoza ha estado ahí para posibilitar nuestra visibilidad en acciones públicas.

Hoy nos sentimos orgullosas de que puedan existir colectivos como Towanda, de liberación sexual LGTB, es decir, de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales; estamos orgullosas de que existan lugares de “ambiente” en los cuales la gente vive su lesbianismo sin tapujos; y también nos sentimos orgullosas de que podamos celebrar un 28 de junio con total libertad, y la visibilidad y aceptación de mucha gente que admite que esta es una cuestión de derechos humanos como tantas otras. Somos conscientes de  que todavía queda mucho por hacer: a mis cincuenta años pasados aquí estoy como una más, viviendo, amando y luchando. No queremos tan solo tener lugares propios y especiales: la libertad es más bonita cuando se comparte en todos los ámbitos. Cuando llegue el día en que no tengamos que llamarnos lesbianas, entonces, ese día, nos sentiremos totalmente libres.

Concha Arnal

1 comentario

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  1. Mercede Tobalina Mateo junio 24, 2011 13:57

    Hola;me ha gustado mucho ler lo que has escrito Concha.Yo tambien supero los cincuenta hasta el punto de estár ya cerca de los 60.Me ha recordado los tiempos de los que hablas,el Frente Feminista,las reuniones semanales en S.Vicente de Paúl etc;pero sobre todo La Pluma donde he pasé raticos muy buenos y que,según mi punto de vista,era un ejemplo de espacio donde lo pasabamos bien y que no era exactamente de “ambiente” pero en el que tod@s nos sentíamos comod@s.Yo soy eterosexual,feminista y tengo varios amigos que tambien recuerdan con nostalgia ese lugar;gracias a la lucha de feministas y lesbianas,hoy en día,por lo menos en la Madalena,donde siempre voy cuando quiero tomar una caña entre amig@s,se respira un ambiente de libertad y,como tu dices,no necesita nadie decir si es lesbiana o no,porque en ese sentido,a nadie se le juzga por eso ni por ser anarkista como yo.Bueno,hay colectivos que supongo que no estarían muy bien vistos por los bares que frecuento.Te imaginas un grupo de maderos tomandose unas cañas en la Birosta jajaja;esos no creo que se sintieran muy comodos,la verdad.Un abrazo,seguro que nos conocemos,pero por el nombre…,mi memoria anda un poco tocada.

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